Las películas y series que reviven el espíritu de Gaudí, el gran arquitecto catalán

Existen ciudades que el cine utiliza como un simple escenario y otras que terminan convirtiéndose en un personaje más. Barcelona y su arquitectura claramente pertenecen a esa segunda categoría. Porque por dentro de ella existe otra ciudad, menos evidente, pero tan pretensiosa y mucho más poderosa, la Barcelona de Antoni Gaudí. Una urbe hecha de curvas imposibles, piedras vivas, cerámicas que parecen derretirse bajo el sol y edificios que desafían la lógica racional. Es que tal vez el mentado catalán no haya diseñado simples edificios, sino imaginado escenarios. Y por eso, a un siglo de su muerte, el cine continúa regresando una y otra vez a sus creaciones como si en ellas encontrara algo imposible de construir en un estudio de filmación. Las curvas de la Casa Batlló, las formas ondulantes de la Casa Milà (también conocida como La Pedrera), las excéntricas verjas de Casa Vicens, los mosaicos del Park Güell o las agujas de la Sagrada Familia simulan poseer cualidades excepcionales. Respiran, sienten, laten. Son espacios que transmiten emociones. Donde otros ven monumentos, los directores descubren planos y contraplanos capaces de dotar de misterio, sensualidad o melancolía a cualquier historia. Tal fascinación se pone de manifiesto en Ciudad de sombras, la nueva miniserie de Netflix basada en la novela El verdugo de Gaudí, del escritor Aro Sáinz de la Maza. El thriller policial sitúa una sucesión de crímenes en el corazón de la Barcelona modernista y convierte la obra del arquitecto catalán en el escenario entre idílico y poético, donde se cometerá cada próximo crimen. La ciudad parece observar a los investigadores desde sus fachadas de piedra, sus escalinatas y sus torres. Gaudí reaparece así como un protagonista invisible cuya arquitectura condiciona el clima emocional de la narración. A lo largo de los seis capítulos, sus investigadores, Milo Malart (Isak Férriz) y Rebeca Garrido (Verónica Echegui), deben articular los indicios que unen los crímenes con su autor, siempre bajo el marco místico que ofrecen las creaciones de Gaudí. Yendo a un pasado no tan lejano, Woody Allen fue uno de los realizadores que mejor comprendió ese potencial visual. Cuando filmó Vicky Cristina Barcelona (disponible en Prime Video), en 2008, no utilizó la capital catalana como una simple postal turística, sino que la convirtió en el territorio donde sus personajes descubren el deseo, la incertidumbre y la libertad. La historia de las dos jóvenes estadounidenses, Vicky y Cristina (Rebecca Hall y Scarlett Johansson), que llegan a pasar un verano a España y terminan envueltas en una sofisticada e intensa relación con el pintor Juan Antonio (Javier Bardem), encuentra en la geometría de Gaudí un reflejo de sus pulsiones más íntimas. Allen hace que los personajes recorran la ciudad casi como si siguieran un itinerario sentimental. La escalinata del Park Güell, presidida por la célebre salamandra de cerámica, es escenario de uno de los diálogos decisivos entre Juan y Vicky. Las curvas del parque parecen acompañar las vacilaciones afectivas de sus personajes. Más tarde, la Sagrada Familia aparece como un espacio de contemplación donde las dos amigas descubren un edificio que desafía cualquier idea convencional de belleza. La terraza de la Casa Milà, con sus célebres chimeneas escultóricas y la silueta de la basílica asomando en el horizonte, termina de consolidar esa Barcelona soñada que el director norteamericano filma con una mezcla de fascinación y licencia poética. En su universo, Gaudí representa el deseo de abandonar toda rigidez para dejarse llevar por lo inesperado, papel que se representa en toda su fuerza por Penélope Cruz. Muy diferente es la mirada de Pedro Almodóvar en Todo sobre mi madre (Mubi y Prime Video). Cuando estrenó la película en 1999 sorprendió al trasladar, por primera vez de manera decidida, el centro de su cine desde Madrid hacia Barcelona. Pero la elección respondía a una necesidad dramática. Manuela, interpretada por Cecilia Roth, llega devastada tras la muerte de su hijo. Necesita una ciudad capaz de acompañar el duelo sin caer en el sentimentalismo. Y Barcelona ofrece precisamente eso. Distracción, pirotecnia, deslumbramiento, diversidad. El conservadurismo en ninguna dosis. Pero Almodóvar, a diferencia de todos los directores que decidieron filmar en Barcelona, evita convertir la arquitectura modernista en una exhibición pregnante. La integra con naturalidad al recorrido emocional de los personajes. La Sagrada Familia aparece casi como una presencia silenciosa, un edificio todavía inacabado que simboliza la posibilidad de reconstruirse después de la pérdida. La Casa Ramos (diseño del arquitecto Jaume Torres i Grau), el Palau de la Música Catalana (obra de Lluís Domènech i Montaner), las avenidas arboladas y la luz mediterránea completan una ciudad donde el dolor se vuelve protagonista tácito, en perspectiva indeleble. Nadie lo pretende ocultar pero el film intenta mostrar una revalidación por la vida, por los que quedan. En el cine de Almodóvar, Gaudí deja de ser un espectáculo visual para convertirse en una metáfora de la resiliencia. Sus edificios, levantados a partir de la imperfección de las formas naturales, parecen recordarle a Manuela que también las heridas pueden dar origen a una nueva belleza. Mucho antes, en 1975, Michelangelo Antonioni ya había descubierto el extraordinario volumen cinematográfico de la arquitectura gaudiniana. En El reportero (puede verse en Xiclos.com), Jack Nicholson interpreta a un periodista desencantado que decide asumir la identidad de un hombre muerto para escapar de su propia existencia. Es una película atravesada por la soledad, la incertidumbre, el vagabundeo y la búsqueda de una nueva identidad. Cuando el recorrido conduce a Barcelona, Antonioni encuentra en la terraza de la Casa Milà el escenario perfecto para expresar ese estado interior. Las famosas chimeneas de La Pedrera, que hoy reciben diariamente a miles de visitantes, aparecen entonces casi desiertas, ásperas, todavía ajenas al turismo masivo. Y filmadas por Antonioni, adquieren una dimensión inquietante. Más que esculturas, parecen figuras humanas observando silenciosamente al protagonista. Ningún decorado habría podido transmitir esa mezcla de belleza, lejanía y extrañeza que define buena parte del cine del director italiano. La arquitectura se convierte así en una prolongación del conflicto existencial de David Locke (Nicholson), que a su vez, encuentra en la belleza de una intrigante mujer (Maria Schneider), argumentos para no padecer del todo una ciudad que lo asfixia. La capacidad de Gaudí para transformar el espacio en emoción explica que su obra haya atravesado géneros completamente distintos. La comedia generacional Una casa de locos, del realizador francés Cédric Klapisch, convierte el Park Güell y las torres de la Sagrada Familia en escenarios del descubrimiento personal de un grupo de estudiantes europeos que llegan a Barcelona gracias al programa Erasmus. Allí, las curvas del banco ondulante diseñado por Gaudí acompañan el nacimiento de amistades, romances y decisiones que marcarán el futuro de los protagonistas. En Tardes de Gaudí, Susan Seidelman propone un recorrido completamente diferente. La directora estadounidense utiliza Barcelona como escenario de una intriga donde la detective interpretada por Judy Davis se mueve por una ciudad en la que las construcciones modernistas parecen ocultar secretos detrás de cada fachada. La propia arquitectura aporta al relato un aire lúdico y enigmático que convierte a Gaudí en una presencia constante, aunque nunca explícita. Pero también Hollywood con su algoritmo mainstream recurrió al poder simbólico de la Sagrada Familia en Bird Box (Netflix). Basta una breve aparición de la basílica para que la cinta protagonizada por Mario Casas logre transmitir la dimensión universal de un mundo devastado. En pocos segundos, el edificio sintetiza la idea de que incluso los grandes íconos de la civilización pueden quedar atrapados en el caos. Por el contrario, adquiere un tono mucho más sombrío en la película La tabla de Flandes, inspirada en la homónima novela de Arturo Pérez-Reverte, donde el patrimonio artístico y los enigmas históricos conviven con una trama policial. La relación entre Gaudí y el cine, sin embargo, no se limita a las grandes producciones internacionales. Desde comienzos de la década de 1960, numerosos realizadores comprendieron que esa burbuja modernista podía aportar una identidad visual imposible de encontrar en otro lugar. En No temas a la ley (YouTube), de Víctor Merenda, la Casa Milà aparece integrada a una trama policial cuando todavía no era el ícono turístico que es hoy. Poco después, España otra vez, de Jaime Camino, y Biotaxia, de José María Nunes, incorporaron sus fachadas y terrazas como parte de una Barcelona todavía cotidiana, lejos de la ciudad plural que emergería décadas más tarde. Una de las películas más singulares de ese período fue El hombre desconocido de Shandigor, dirigida en 1967 por el suizo Jean-Louis Roy. Concebida como una delirante parodia de las historias de espionaje en plena Guerra Fría, encuentra en el Park Güell, la Sagrada Familia y, especialmente, en la azotea de la Casa Milà, un paisaje casi distópico. Las chimeneas de Gaudí dejan de ser elementos necesarios para la ventilación y eliminación de toxinas de cualquier edificio para transformarse en guardianes de un universo fantástico donde espías, científicos y organizaciones secretas se persiguen entre formas que parecen llegadas del futuro. Roy comprendió que la arquitectura gaudiniana podía sugerir un mundo imaginario sin necesidad de recurrir a escenografías del estilo de Georges Méliès. Algo similar ocurre en Vértigo en Manhattan, de Gonzalo Herralde. Antes de viajar a Nueva York para reencontrarse con un antiguo amor, la protagonista vive en la Casa Milà. El director establece un delicado paralelismo entre las ondulaciones de sus paredes y el estado emocion

Fuente: La Nación