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A 50 años de un momento escalofriante en la F1: el día que Niki Lauda se transformó en una antorcha humana
El circuito de Nürburgring siempre tuvo algo de leyenda y algo de tragedia. Veintidós kilómetros de asfalto serpenteando entre bosques, niebla y montañas alemanas. El escocés Jackie Stewart, tricampeón mundial, lo había bautizado “El Infierno Verde”. Los pilotos lo respetaban. Algunos lo temían. El austríaco Niki Lauda, quizás el más cerebral de todos, lo consideraba una locura.Y fue allí, el 1° de agosto de 1976, donde el tricampeón del mundo se convirtió en una antorcha humana ante los ojos del automovilismo. El lugar donde perdió parte de su rostro, casi pierde la vida y terminó construyendo una de las historias de supervivencia más extraordinarias de la historia del deporte. En ese entonces, tenía 27 años.Antes del accidente, Lauda ya era una rareza. Andreas Nicholas Lauda había nacido en 1949 en una acomodada familia de banqueros de Viena. Los Lauda imaginaban para él una carrera empresarial, no una vida arriesgando el cuerpo en circuitos europeos. Cuando anunció que quería correr, la familia le cerró la billetera y prácticamente le dio la espalda.La respuesta de Niki fue muy propia de él. Pidió préstamos bancarios usando su apellido como garantía, se endeudó hasta el cuello y compró su entrada al automovilismo. No era un prodigio romántico ni un artista del volante como muchos de sus rivales. Era un obsesivo. Mientras otros hablaban de pasión, Lauda hablaba de números. Mientras otros describían sensaciones, él describía décimas. Su talento consistía en entender exactamente qué necesitaba un auto para ir más rápido.Recomendado a Don Enzo Ferrari por Clay Regazzoni, cuando llegó a Maranello en 1974, luego de experimentar en March y en BRM, la escudería del Cavallino Rampante atravesaba años difíciles. Dos temporadas después ya era campeón mundial y el piloto más dominante de la Fórmula 1. En 1976 lideraba cómodamente el campeonato y parecía encaminado a conseguir el bicampeonato. Tenía cinco victorias: Brasil, Sudáfrica, Bélgica, Mónaco y Gran Bretaña. Entonces, llegó la décima carrera de la temporada: Nürburgring.La ironía de la historia es que Lauda había intentado evitar aquella carrera. Días antes del Gran Premio de Alemania, reunió a los pilotos y propuso boicotear la prueba. Argumentó que el circuito era demasiado largo para contar con medidas de rescate eficaces y que, si ocurría un accidente serio, la ayuda tardaría demasiado en llegar. Tenía razón. Pero la mayoría votó por correr.El campeonato siguió adelante. Y el destino preparó una de las escenas más terribles de la historia de la Fórmula 1. La tarde era cambiante. Llovía en algunas partes del circuito y en otras no. Los pilotos dudaban sobre qué neumáticos utilizar. Lauda salió con gomas para lluvia. Transcurría apenas la segunda vuelta. A la altura de Bergwerk, una de las zonas más rápidas y alejadas de los boxes, la Ferrari 312 T2 perdió estabilidad. Nunca se determinó con absoluta certeza qué provocó el accidente. Se habló de una rotura en la suspensión trasera. También de una combinación entre velocidad y condiciones cambiantes de adherencia. Lo cierto es que la Ferrari salió despedida contra las barreras de contención. Rebotó, volvió a la pista y explotó. De repente, todo era llamas. El auto quedó convertido en una hoguera.Para colmo, segundos después, el Surtees de Brett Lunger chocó contra la Ferrari prendida fuego. Lauda permanecía atrapado en el cockpit. Inconsciente, respirando el humo. Durante años se dijo que Niki Lauda había sobrevivido.En rigor, sobrevivió porque cuatro pilotos decidieron detenerse y correr hacia el infierno. El británico Guy Edwards fue uno de los primeros en llegar. Décadas después recordaría: “No había nadie allí inicialmente. Estábamos nosotros y algunos comisarios. Finalmente conseguimos sacar a Niki”.Junto a Edwards llegaron el estadounidense Brett Lunger, el austríaco Harald Ertl y, sobre todo, el italiano Arturo Merzario, que conocía las Ferrari porque había corrido para la Scuderia. Sabía cómo liberar los complejos cinturones de seguridad, que era lo primordial en ese instante. Mientras las llamas envolvían el coche, se lanzó hacia el interior del habitáculo. Otros pilotos lo sostuvieron físicamente para que no cayera dentro del fuego. Entre todos consiguieron desenganchar a Lauda y extraerlo cuando ya llevaba al menos un minuto expuesto a temperaturas extremas y a humo. Muchos años más tarde, Lauda resumiría la escena con una frase sencilla: “Merzario saltó al fuego y me sacó. Me salvó la vida”.Paralelamente, la vida personal de Lauda tenía una protagonista esencial: Marlene Knaus. Ella fue una de las personas que atravesó el drama más íntimo de aquella tragedia. Marlene y Niki se habían casado apenas unos meses antes. Eran una de las parejas más fotografiadas del paddock: ella, de origen chileno-austríaco, elegante, reservada y alejada de los focos; él, como piloto top y dominante de la Fórmula 1 de mediados de los setenta. Nadie imaginaba que aquel matrimonio recién comenzado iba a ser puesto a prueba de la manera más brutal imaginable. El enemigo invisibleLas fotografías del momento mostraban un rostro quemado. Pero las quemaduras no eran lo peor. Los médicos descubrieron rápidamente que el verdadero peligro estaba en los pulmones. Durante casi un minuto había inhalado gases tóxicos y humo ardiente. Sus vías respiratorias estaban gravemente dañadas. Durante varios días, el riesgo principal era que sus pulmones colapsaran. En el hospital de Mannheim, la situación fue tan crítica que un sacerdote acudió para administrarle la extremaunción porque los médicos consideraban que sus posibilidades de sobrevivir eran mínimas. Marlene vivió toda esa incertidumbre posterior. Fueron horas en las que nadie sabía si el campeón del mundo volvería a despertar. Durante aquellos días, Marlene permaneció prácticamente en silencio. Era una característica que mantendría durante toda su vida pública: nunca buscó protagonismo ni convirtió el sufrimiento familiar en un espectáculo. Las fuentes coinciden en que estuvo constantemente al lado de Lauda durante la hospitalización y la convalescencia, acompañándolo mientras los médicos luchaban contra las infecciones y las complicaciones respiratorias provocadas por el humo inhalado.Daniele Audetto, director deportivo de Ferrari, recordaría años después que, al ver a Lauda cuando lo subieron en camilla al helicóptero de salvataje, lo primero que creyó fue que jamás volvería a verlo con vida. El propio Lauda relató tiempo después: “Mi cerebro seguía funcionando, pero sentía que mi cuerpo estaba abandonándome”. La recuperación fue impactante. Las llamas envolvieron especialmente el lado derecho de su cabeza. Su casco se desprendió parcialmente durante el impacto, dejando expuestas zonas del cuero cabelludo y del rostro. Las quemaduras, de tercer grado, alcanzaron la frente, las mejillas, las orejas y parte del cuello. Perdió buena parte de la oreja derecha. Recién cuando lograron estabilizarlo comenzó el trabajo de los cirujanos plásticos. Las quemaduras profundas habían destruido parte de la piel de su cabeza y de su cara. Algunas zonas cicatrizarían por sí solas, pero otras necesitaban múltiples procedimientos reconstructivos y tratamientos dermatológicos durante años. Le extrajeron piel de distintas partes del cuerpo para realizar los injertos, especialmente de las extremidades inferiores. Posteriormente comenzaron las intervenciones destinadas a mejorar la movilidad de los párpados, reducir retracciones de las cicatrices y reconstruir parcialmente las orejas.Las cicatrices permanecerían para siempre. Aquí aparece otro rasgo característico de Lauda: nunca intentó ocultarlas. No se sometió a largas reconstrucciones cosméticas para borrar completamente las marcas. Para él eran “heridas de guerra”. Aceptó su nuevo aspecto como una consecuencia de seguir vivo. “Las cicatrices están ahí. Son parte de mi vida”, resumió con la frialdad que siempre lo caracterizó.Durante los primeros meses después del accidente utilizaba una gorra para proteger el cuero cabelludo, extremadamente sensible al sol y al frío. Con el tiempo ese gorro pasó de ser una necesidad médica a convertirse en una poderosa herramienta comercial. La empresa Parmalat aceptó patrocinar esa gorra roja, que Lauda llevaba prácticamente en todas sus apariciones públicas. Él mismo reconocería años después que había convertido una consecuencia de sus quemaduras en uno de los acuerdos publicitarios más rentables de su carrera. El accidente de 1976Por otra parte, las reacciones de la Scudería no se demoraron. Mientras Lauda luchaba por respirar y por su vida, Ferrari actuaba. Daniele Audetto recibió la orden de buscar un sustituto. Quedaban seis carreras y había un enemigo concreto: el inglés James Hunt, de Mc Laren. El playboy de la categoría, hombre de la noche, bebedor, fumador y eternamente mujeriego. Todo un personaje. Precisamente en la competencia en Alemania casi fatal para Lauda, Hunt había conseguido su tercera victoria del año. Don Enzo creía que Lauda nunca volvería a subirse a la Ferrari, una conclusión lógica considerando que Lauda había estado a punto de morir. Entonces, contrataron a otro de los pilotos más cerebrales de la categoría: el santafecino Carlos Reutemann. Para Lole era una chance inmejorable. Haría dupla con Regazzoni. Nadie imaginaba lo que vendría después…El accidente ocurrió el 1° de agosto. Hubo dos carreras, en Austria y en Países Bajos, ganadas por John Watson (Penske) y por Hunt (McLaren). La 13ª competencia era nada menos que el Gran Premio de Italia, en Monza, el 12 de septiembre. La primera vez que se escuchó el rumor de que Lauda volvería a correr todos pensaron que era imposible. Lauda insistió en regresar. Los médicos no podían creerlo, y los periodistas italianos tampoco. Marlene fue testigo de esa obstinación casi incomprensible.Insospechadamente, ese domingo 12 de septiembre, es decir, 42 días después de estar envuelto en llamas, Lauda apareció en Monza y muchos quedaron impactados. Vo
Fuente: La Nación Deportes