¿Elixir de la juventud? El boom de la testosterona preocupa a los especialistas: quiénes pueden consumirla y quiénes no

La testosterona pasó de ser un tratamiento destinado a personas con un déficit hormonal comprobado a convertirse ―al menos en las redes sociales y algunos consultorios― en una promesa de más energía, mayor masa muscular, mejor rendimiento físico y sexual, e incluso una forma de retrasar el envejecimiento. El fenómeno impulsó un fuerte aumento de las consultas médicas y, en algunos casos, el inicio de tratamientos por fuera de las indicaciones tradicionales.Los especialistas consultados por LA NACION coinciden en un punto: la testosterona no debe demonizarse. Por el contrario, afirman que es una terapia de reemplazo hormonal muy eficaz cuando está correctamente indicada. El problema, advierten, aparece cuando se la utiliza como un suplemento para usos con escasa evidencia científica disponible o como un supuesto “elixir de la juventud”, etiqueta con la que se la suele promocionar en redes. El debate se instaló en las últimas semanas en los Estados Unidos, luego de que funcionarios de la administración de Donald Trump impulsaran medidas para facilitar el acceso a la prescripción de testosterona en hombres. En ese contexto, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, anunció que los militares estadounidenses de 30 años o más serán sometidos a controles anuales para detectar un eventual déficit hormonal, con la posibilidad de acceder a terapia de reemplazo cuando exista una indicación médica. La iniciativa fue presentada como una estrategia para mejorar el rendimiento y la preparación física de las tropas, aunque también reavivó la discusión sobre los alcances y los límites de este tratamiento.En la Argentina, la testosterona es un medicamento de venta bajo receta archivada y su prescripción es legal cuando existe una indicación médica. Desde el punto de vista científico, las principales guías internacionales respaldan su utilización principalmente en hombres con hipogonadismo confirmado, es decir, síntomas compatibles junto con niveles bajos de testosterona comprobados en al menos dos análisis realizados por la mañana, y, en mujeres, para el tratamiento del trastorno de deseo sexual hipoactivo durante la posmenopausia. “En los últimos años aumentó la cantidad de consultas por testosterona, especialmente entre varones de mediana edad que buscan una explicación para síntomas como cansancio, disminución de la libido, menor rendimiento físico o dificultades para ganar masa muscular”, señaló Ramiro Heredia, médico clínico del Hospital de Clínicas José de San Martín. Según explicó, muchas de esas consultas están impulsadas por recomendaciones de influencers, entrenadores personales o clínicas de “optimización hormonal”. Heredia explicó que esos síntomas son frecuentes y pueden obedecer a múltiples causas, como obesidad, trastornos del sueño, estrés, depresión, enfermedades sistémicas, algunos medicamentos o incluso al propio envejecimiento. Por eso, sostuvo que antes de pensar en un tratamiento hormonal es indispensable realizar una evaluación clínica completa y confirmar el diagnóstico mediante estudios adecuados. Posibles riesgos“No es correcto indicar testosterona únicamente por síntomas o por un único análisis alterado”, afirmó. A su vez, recordó que el uso sin una indicación respaldada por la evidencia puede aumentar el riesgo de complicaciones cardiovasculares, metabólicas y oncológicas.En la misma línea, Lucrecia Mutti, integrante del Servicio de Endocrinología, Metabolismo, Nutrición y Diabetes del Hospital Británico, hizo una aclaración que considera central: “La testosterona no es un suplemento, es una terapia de reemplazo hormonal”. Explicó que el tratamiento solo cuenta con respaldo científico en hombres con hipogonadismo orgánico confirmado. Además, aclaró que la terapia no está exenta de riesgos y puede asociarse con eritrocitosis, infertilidad y un posible incremento del riesgo cardiovascular.Respecto de las mujeres, Mutti explicó que la única indicación respaldada por la evidencia es el tratamiento del trastorno de deseo sexual hipoactivo durante la posmenopausia. El diagnóstico, aclaró, no se realiza mediante un análisis de testosterona, sino a partir de una evaluación clínica integral, y las formulaciones recomendadas son las transdérmicas.El aumento de las consultas no refleja necesariamente una mayor cantidad de pacientes que requieran tratamiento, destacó Nicolás Villasante, jefe de la Sección de Andrología, Cirugía Reconstructiva y HPB del Hospital Alemán. Según estimaciones, apenas alrededor del 6% de los hombres presenta hipogonadismo. Cuando el diagnóstico es correcto, el tratamiento puede producir una mejora muy importante. “El tratamiento de reemplazo con testosterona es una herramienta terapéutica fantástica y transforma la calidad de vida cuando está bien indicado”, resaltó el especialista. En esos pacientes, la testosterona mejora la vitalidad, el estado de ánimo, la función sexual, la fuerza muscular y la salud ósea. “El problema no es la testosterona en sí, sino a quién y cómo se le prescribe”, resumió.El especialista también alertó sobre los riesgos del uso inapropiado. Entre ellos mencionó, además de la infertilidad, la disminución del tamaño testicular, el aumento de glóbulos rojos —que incrementa el riesgo de trombosis y accidente cerebrovascular—, sumados a posibles efectos sobre la próstata, el acné, la retención de líquidos y el empeoramiento de la apnea del sueño.Desde la perspectiva femenina, Alejandra Belardo, jefa de la Sección de Climaterio del servicio de Ginecología del Hospital Italiano, coincidió en que, si bien algunas pacientes que utilizan testosterona para el tratamiento del trastorno de deseo sexual hipoactivo refieren sentirse con más energía, vitalidad o mejor descanso durante el tratamiento, aclaró que esos efectos todavía no han sido demostrados de manera consistente en estudios clínicos de calidad. Por ese motivo, sostuvo que la indicación debe limitarse a los escenarios respaldados por la evidencia científica y no extenderse a usos para los que aún no existen beneficios comprobados.

Fuente: La Nación