El parque nacional en altura con cientos de aves y sectores solo aptos con guía

A medida que avanzamos, el verde se hace más verde, los árboles cobran altura y las plantas adquieren dimensiones gigantescas. Nos estamos acercando a Cochuna, uno de los cuatro accesos al Parque Nacional Aconquija, en Tucumán. Desde la ciudad de Aguilares tomamos la RN 38 hacia el norte. Una vez en Concepción –el último lugar para cargar combustible– nos adentramos por la RN 65 hasta Alpachiri. Ahí se termina el asfalto y también la señal de Internet. Atrás quedan los campos cultivados de arándanos, papa y maíz que dan cuenta de la riqueza de la tierra, lo mismo que las grandes extensiones pobladas de limoneros que se adivinan detrás de las cercas de cañas y son el oro tucumano.Nos acompaña el guía Leonardo González de Cochuna Trekking, que además es fan de las aves; en el parque se encuentran 260 especies de las 500 registradas en toda la provincia: un paraíso para los amantes del avistaje.Luego de hacer unos 50 km desde Aguilares llegamos al parque, una región de casi 94.000 hectáreas en el sudoeste tucumano. Nació en 2018 sobre la base del Parque Nacional Campo de Los Alisos, un área protegida desde 1995. La explotación ganadera, maderera y agrícola había puesto en jaque a la región, un ecosistema que conjuga yungas y altos Andes. El naturalista tucumano Miguel Lillo (1862-1931) había visto la necesidad de proteger la zona hace ya varios años. El tucumano Orlando Bravo comenzó la lenta lucha por crear una zona preservada por ley: ese fue el germen de todo.“Aquí se busca proteger la biodiversidad, pero también las fuentes hídricas, ya que la mayoría de los ríos en la provincia nacen en el cordón del Aconquija que oficia de límite oeste del parque”, señala Leonardo. Preserva, además, un increíble tesoro arqueológico, La Ciudacita, Patrimonio de la Unesco, que forma parte del Qhapaq Ñan (Camino del Inca). Se cree que fue un centro ceremonial y de observación astronómica. Llegar a este sitio, ubicado a 4.200 metros de altura, requiere emprender una expedición de varios días, no solo por la distancia a recorrer sino para lograr una correcta aclimatación del cuerpo. Es obligatorio ir con guía de alta montaña y es preciso acampar, ya que no hay servicios. La travesía ingresa por Catamarca, por la zona de la estancia El Tesoro. Solo se puede acceder en determinadas épocas del año. Llegar desde Tucumán es dificilísimo y el sendero fue cerrado hace ya mucho tiempo.CochunaHoy el parque cuenta con cuatro accesos: Cochuna, Campo de los Alisos, Piedra Labrada y Escaba. En total, ofrece 11 senderos de diferente grado de dificultad: todos autoguiados excepto La Ciudacita y el Campo de las Azucenas, que requieren guía obligatorio. Nosotros empezamos por Cochuna. Leonardo viene revisando los pronósticos desde hace varios días y nos sugiere empezar por Mirador La Banderita: ahora está despejado, por la tarde anuncian nubes y posibles lluvias. Allí vamos con vehículo. Son unos 11 km de camino. Se llega por RN 65 que atraviesa todo el parque y concluye en Aconquija (Catamarca), que está ahí nomás (ver LUGARES 363).A los 1846 metros de altura, en la Cuesta del Clavillo, aparece el mirador, que fue un antiguo puesto de policía construido en piedra. Desde lo alto, los Nevados del Aconquija se observan imponentes con sus glaciares de nieves eternas. Un mar de nubes bajas se entrelaza sobre la copa de los últimos árboles de la yunga antes de desaparecer en un paisaje de Altos Andes. Abajo, el río Cochuna se deja ver entre alisos, horco molles y nogales criollos.Desde el ingreso del portal parten varios senderos. Nosotros optamos por el que va al Calao, que llega hasta el arroyo del mismo nombre y nos resulta de cuento de hadas. Pura yunga que avanza entre los árboles vestidos de musgos colgantes y helechos: aquí se han descubierto diez variedades. Las mirtáceas abundan en este sendero; son parientes del arrayán patagónico y muy perfumadas. Un güilli colorado pone en evidencia esta característica cuando friccionamos sus hojas, que despiden un perfume exquisito en nuestras manos. También están las bromelias, que funcionan de bebedero para los pájaros, y atractivos hongos, que obligan a detenerse por el placer de mirar sus peculiares formas y colores.Las aves “Aquí, el mejor momento para el avistaje es la primavera porque se da el pico de actividad. Las aves que emigraron, regresan y las que cambiaron de hábitat –suelen bajar por falta de alimento– vuelven a su área natural”, cuenta Leo. El otoño también tiene lo suyo: hay menos follaje y las aves se ven con mayor facilidad. Durante el otoño-invierno, como ahora, se detectan bandadas de especies mixtas. “Hay poco alimento y los pájaros están más expuestos a los depredadores, por eso es necesario trabajar en equipo”, apunta nuestro guía. Después nos regala la clave mágica. “Hay que venir dispuesto a escuchar más que a ver”, un consejo que apacigua la ansiedad y cultiva la paciencia, sobre todo en los primerizos. Urracas, chuñas de patas rojas, calacante cara roja y picaflor cometa abundan en la zona. También variedades de loros: el alisero y el hablador. Al cruzar el río vemos varios patos de los torrentes. “Son un bioindicador que nos dice que el agua está en buenas condiciones”, apunta Leo. El parque es tierra de osos meleros, pecaríes de collar, pumas y yaguarundís, especies difíciles de ver. Lo mismo ocurre con la taruca, pariente del huemul, que vive en la altura y es Monumento Natural.Campo de los AlisosSon unos 17 km desde el Portal Cochuna. Para llegar hay que salir del parque, volver a pasar por Alpachiri y tomar la RP 330 por tierra. Aquí el único problema es el cruce del río Jaya, por eso se sugiere ir en 4x4. Leonardo se baja a constatar que el cruce esté accesible. La opción con auto bajo es dejarlo del otro lado del río, cruzar a pie y caminar unos 2 km. Es importante constatar el clima antes de avanzar porque las lluvias lo convierten en intransitable, especialmente en verano. En general, el paso abre de otoño a octubre. Además, es importante ver qué pasa en la altura, aunque el tiempo se presente bueno abajo. Recomendación: consulte siempre con la oficina de parques local y sus redes sociales.Hoy, a principios del invierno, el cruce es relativamente sencillo, aunque hay que sortear grandes piedras. Enseguida llegamos al centro operativo Santa Rosa. Allí hay un camping agreste y cuatro senderos. Elegimos la Selva Misteriosa a modo de despedida. De regreso pasamos por la casa de Antonia “Kica” Rodríguez que forma parte de la Cooperativa Agroforestal de Piedra Grande, un grupo dedicado al cultivo del tomate chilto, una planta autóctona que da un tomatito pequeño, dulce, suavemente cítrico con el que se elabora mermelada y escabeche de tomate. La ciudad y la religiónEn Aguilares nos alojamos en la posada La Casona, una construcción de 1920 que fue la vivienda de la familia Simón, los primeros dueños del ingenio Aguilares. Con el tiempo, el ingenio y la casa se vendieron. Los nuevos dueños convirtieron esa residencia en hotel. La ciudad está muy vinculada a la actividad de la industria azucarera. Sin embargo, cuenta con una singular propuesta de turismo religioso que se une al circuito Cinco Siglos de Fe que enlaza construcciones vinculadas al catolicismo desde Famaillá a La Cocha. La ruta que avanza por el sur de Tucumán fue iniciativa de Verónica Peláez, actual directora de turismo de esta ciudad.Aquí, frente a la Plaza 25 de Mayo, está la iglesia Nuestra Señora del Carmen. Hay que entrar para descubrir su secreto: los frescos del techo, inspirados en la obra de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. La idea nació del padre Rodolfo Apud y fueron realizados por artistas locales. Luciano Reynoso y Angelita Malica pintaron en las alturas durante tres años. Luego, un artista de apellido Carreño hizo las uniones entre paneles.En otro sector de la ciudad está el monumento presentado localmente como el más alto del mundo dedicado al papa Francisco. Tiene 9 metros y está hecho en cemento. Ya en clave profana, la plaza principal cuenta con una escultura de Juan Carlos Iramain que reproduce en versión local al Manneken Pis de Bruselas. Aquí se la conoce como “el changuito meón”.Los Túneles La última parada de nuestro paso por el sur tucumano es Rumi Punco. Vamos hasta allí para seguir la historia del proyecto ferroviario que quedó abandonado en la década de 1950 y pretendía unir por tren Catamarca con esta provincia. En un viaje anterior visitamos los túneles catamarqueños. Aquí está su continuación, a 18 km del otro lado de la sierra y en medio de la selva tucumana.En el pueblo nos espera Cristina Díaz para contarnos la historia y llevarnos a ver los dos túneles. El tercero fue diseñado a modo de gran alcantarilla. ¿Por qué el proyecto quedó trunco? Es una pregunta que arrastramos desde la visita anterior. “Existen varias teorías: una dice que el estudio técnico no estuvo bien planteado, aquí hay muchas vertientes y al dinamitar el terreno empeoraba el accionar de esas aguas sobre el terreno”, cuenta Cristina. Otra apunta hacia el poder central de Buenos Aires. “Esta red ferroviaria buscaba unir la región con Chile. De este modo, la producción no pasaría por Buenos Aires”, concluye la mujer.La caminata se interna por la selva hasta el primer túnel de hormigón, una mole de 10 metros de alto. En la fachada está la fecha de finalización, 1952. El segundo túnel es muy similar, también lo cruzamos de lado a lado. Las vías ya no están; se las llevó la gente. El sendero nos conduce hasta dos cascadas que forman parte de la presa de Rumi Punco. Bellas, pero sin protección alguna, da vértigo mirarlas desde el borde de la sierra.De regreso, Cristina nos cuenta de su pasión por la selva y de sus largas caminatas. Confiesa que más de una vez ha escuchado a la Salamanca (un espacio mítico donde el diablo y las brujas se reúnen para celebrar pactos mágicos). Entonces, ella acelera el paso y reza con intención un padrenuestro, hasta que el sonido desaparece en el verde. Datos útilesAguilares Posada

Fuente: La Nación