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La disputa entre la Argentina y Brasil, una rivalidad que se apoya en una premisa falsa
Abordo un tema delicado -y tal vez reiterativo-, pues a menudo me he referido a él con la autoridad de quien negoció el fin de las relaciones distantes y frecuentemente conflictivas entre Brasil y Argentina.Actualmente asistimos -tras un periodo de progresivo distanciamiento entre nuestras dos naciones- a una serie de exabruptos indignantes por parte del presidente de la Argentina, Javier Milei, dirigidos a su par brasileño Lula y al magistrado Alexandre de Moraes, del Supremo Tribunal Federal de Justicia, que han traspasado los límites de la civilidad, como lo señaló el Presidente del tribunal, Edson Fachin, empleando un lenguaje apropiado que se ajustaba al tono neutral y formal característico del discurso oficial.Este artículo se enmarca también en el contexto de una excelente carta enviada por la Diputada argentina Marcela Pagano al presidente Lula da Silva, en la que apela a la benevolencia de Brasil y solicita, en efecto, que se pasen por alto y prácticamente se perdonen las desastrosas intervenciones del señor Milei. Debo reiterar las palabras de la diputada Pagano, que reflejan a la perfección la trascendencia de la figura de un Jefe de Estado: “Un Estado no es un gobierno; no es un solo hombre. Las naciones son entidades históricas: trascienden los mandatos, las circunstancias cambiantes y, ciertamente, los arrebatos impulsivos. Lo que se dijo no representa a la República Argentina”.La premisa que se construyó y desencadenó la rivalidad entre nuestros dos países era y sigue siendo absolutamente falsa: la idea de que quien controlara la cuenca del Río de la Plata dominaría América del Sur o, más precisamente, el Cono Sur. En aquellos tiempos de leyendas fantásticas se llegó a imaginar que el Reino del Preste Juan se encontraba en las fuentes del río, un lugar donde los lagos albergaban aguas de oro. Se hablaba de una creación que ni Dios había hecho en la Tierra: ríos y lagos de oro.Pero volvamos a la actualidad. Hace poco, con motivo de la firma del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, escribí en LA NACION que nada se habría logrado sin la Argentina, sin Raúl Alfonsín, el gran estadista de las Américas y sin Roque Sáenz Peña, gran amigo de Brasil, quien formuló el verdadero principio rector –“Todo nos une, nada nos divide”-, que debe configurar y orientar la diplomacia de ambas naciones.Todo en el mundo puede cambiar, excepto la geografía. Nuestras fronteras compartidas dictan que no podemos separarnos. Estamos unidos para siempre. Miguel Torga, el gran intelectual y poeta portugués, define en su poema “Fronteira” cómo una frontera puede preservar el sentido de patria sin dividir el sentido de unidad. Escribe: “De un lado tierra, del otro lado tierra; / de un lado gente, del otro lado gente; / […] Pero una fuerza que no tiene razón, / que no tiene ojos, que no tiene sentido, / pasa y parte el corazón / del más pequeño arbusto de aulaga dormido."La frontera existe para unirnos mientras compartimos la misma tierra, los mismos árboles, los mismos problemas, alegrías y penas, sin socavar la unidad de nuestros pueblos.En aquellos acontecimientos -aún frescos en nuestra memoria-, Alfonsín fue el gran arquitecto de esta unión. Sin él, no existirían el Mercosur, el Acta de Iguazú, ni el tratado que puso fin a la carrera armamentista nuclear; un tratado que hizo realidad la visión de la investigación nuclear para la paz, dedicada exclusivamente a fines pacíficos y civiles y al bienestar de los pueblos.Cuando me reuní con Alfonsín en Foz de Iguazú en 1985 y nos estrechamos la mano comenzaba un nuevo tiempo en Brasil -la Nueva República- para beneficio de la humanidad, pues desde ese momento América del Sur surgió como el único continente del mundo libre de armas nucleares. Allí propuse a Alfonsín iniciar una nueva era para América del Sur, basada en una política de cooperación entre nuestros países, en lugar de la confrontación: una era de integración. Debo reconocer también a Julio María Sanguinetti, entonces presidente de Uruguay, quien creyó en nuestro proyecto y fue el primero en apoyarlo.Me dirijo ahora a la brillante diputada Marcela Pagano quien señala que los dos presidentes de aquella época -la de la Declaración de Foz de Iguazú- ya no viven: “Ninguno de los dos está vivo”. Estoy aquí, diputada Pagano, para reiterar lo que siempre digo: fui el presidente brasileño que más amó a Argentina. Y añado esto: apoyé a la Argentina y sufrí con ella durante la Copa del Mundo. Y no soy un fanático del fútbol. Compartí esta historia de mi amor por la Argentina con toda mi familia, que se unió a mí para animar a su país: ¡yo mismo, a mis 96 años, junto con mis tres hijos, 15 nietos y 23 bisnietos!...Gonçalves Dias, el mayor poeta brasileño, fue dado por muerto en Europa en una ocasión. Se celebraron misas en Río de Janeiro, incluida una organizada por el Instituto Histórico y Geográfico Brasileño. Al enterarse, escribió una carta manuscrita que decía: “¡No he muerto! ni muero.” Yo no hago tal afirmación. Simplemente pido que no olviden esa labor en favor de la paz, emprendida por Alfonsín y por mí. Por lo que hemos hecho. Recuerden lo que logramos: el Mercosur, la prohibición de armas nucleares entre Brasil y la Argentina, convirtiendo a América del Sur en el único continente del mundo libre de esa amenaza de destrucción.Un símbolo de esta amistad inquebrantable fue mi invitación a Raúl Alfonsín para inaugurar la Planta Secreta de Aramar, donde se realizaba el enriquecimiento de uranio. Una invitación inmortalizada en la placa allí colocada: “Esta planta fue inaugurada por el presidente de argentina Raúl Alfonsín”.Este gesto se considera un ejemplo para el mundo. Solo pudimos alcanzar estos objetivos porque Alfonsín y yo fuimos los presidentes que instauraron la democracia tras la dictadura y el régimen autoritario. Ahora, siempre juntos, jugando en el mismo equipo: Pelé y Messi, Maradona y Ronaldo Fenômeno, Sarney y Alfonsín, Argentina y Brasil.
Fuente: La Nación