Adelia Harilaos de Olmos fue la mujer más rica de su época y legó su hogar, un imponente palacio porteño, al Vaticano

En la intersección de la avenida Alvear y Montevideo se alza uno de los edificios más emblemáticos del paisaje porteño: el Palacio Fernández Anchorena. La magnífica construcción fue encargada en 1907 por el matrimonio de Juan Antonio Fernández y Rosa Irene de Anchorena al arquitecto francés Édouard Le Monnier.“Encargaron la construcción y compraron todo el mobiliario en Francia. Pero nunca llegaron a habitarlo, ni siquiera lo conocieron, porque vivían en París”, cuenta el escritor Walter D’ Aloia Criado, biógrafo de Adelia Harilaos de Olmos, autor de “La Nunciatura Apostólica en la Argentina” (2010) y “El Infierno y la gloria de Adelia María Harilaos de Olmos” (2012).“Su intención era inaugurarlo en 1910, para el centenario de la Revolución de Mayo. Y, si bien se terminó en 1909, Juan Antonio tuvo un problema de salud y el matrimonio nunca más regresó a Buenos Aires”, agrega.Durante trece años, hasta 1922, el palacio estuvo habitado únicamente por su servicio doméstico. Rosa Anchorena llevó las riendas de la mansión “a distancia”, a través de un administrador, a quien daba instrucciones por correo.“En aquellas cartas, el administrador daba cuenta del estado del edificio pero también relataba intimidades y amoríos del personal doméstico. ‘Cuando dejas las cosas en manos del servicio es normal que pasen cosas así’, llegó a escribir Anchorena. Ella, que era la dueña de la fortuna, quería vender la propiedad. Pero su marido siempre se opuso. Para colmo, los cuatro hijos del matrimonio evitaban el palacio cuando viajaban a Buenos Aires por que preferían hospedarse en el hotel Plaza”, cuenta D’Aloia, que tuvo acceso a la correspondencia.La llegada del presidente En octubre de 1922 el palacio fue alquilado y, finalmente, habitado. Su primer inquilino fue Marcelo Torcuato de Alvear, amigo del matrimonio Fernández Anchorena, que acababa de ser elegido presidente de la Nación.Alvear, que había pasado los últimos años en París, cumpliendo funciones como embajador argentino en Francia, decidió no “inaugurar” la Quinta Presidencial de Olivos. Al mismo tiempo, descubrió que la Casa Rosada se encontraba en malas condiciones. Fue entonces cuando decidió usar el Palacio Fernández Anchorena como residencia presidencial. Pero la propiedad le resultó “demasiado suntuosa” y, apenas un año más tarde, se mudó con su esposa, la soprano Regina Pacini, a un hogar más modesto en Belgrano.“Allí entró en escena su segunda inquilina, Adelia Harilaos de Olmos, una de las mujeres más ricas de la época, que vivía justo enfrente, en un petit-hotel que ya no existe más. Adelia era viuda del comerciante y terrateniente Ambrosio Olmos, quien fue dos veces gobernador de la provincia de Córdoba. Era, además, muy amiga de Marcelo Torcuato de Alvear, así que conocía el palacio. En 1925, lo alquiló”, explica D’ Aloia Criado, actual vicecónsul honorario de España y presidente de la Asociación Amigos del Museo Fernández Blanco, quien se interesó por la vida de Harilaos de Olmos durante la etapa de investigación para su libro sobre el Nuncio Apostólico.Un amor no correspondidoAdelia nació el 16 de junio de 1865 en una familia adinerada pero “venida a menos”. Cuando aún era chica, su padre partió a Europa para intentar recuperar su fortuna. Llevó consigo a sus tres hijos varones y dejó a su mujer, Carolina Senillosa Boret, junto a su única hija, Adelia, en un modesto departamento de Buenos Aires.En 1895, el destino cruzó a Adelia con Ambrosio Olmos. El poderoso cordobés quedó deslumbrado por la muchacha, veinte años menor, y la cortejó durante años. Pero nunca fue correspondido. Devastado, se embarcó rumbo a Francia. Ya se hacía dado por vencido cuando recibió una “ayuda” inesperada: su futura suegra, Carolina Senillosa Boret, inventó una excusa para viajar a Europa y juntar a la pareja en París. Sus intenciones eran evidentes: quería asegurar el bienestar de su hija.Finalmente, Adelia se casó con Olmos el 2 de mayo de 1902. La boda fue en París, pero causó gran revuelo en Buenos Aires. “En el periódico porteño El Diario, Lucio Victorio Mansilla escribía sobre la vida de los argentinos en París. Eran noticias que, por cuestiones del correo y distancias, llegaban a conocerse un mes después. Pero la boda de Adelia con Olmos ameritó un telegrama: al día siguiente todos en Argentina sabían que ella finalmente le había dado el sí”, describe D’Aloia Criado.El matrimonio fundó su hogar en las lujosas suites del hotel Le Meurice. Aquellos años también están rodeados por mitos y leyendas. “Se dice que durante la estadía en Francia, madre e hija compartieron suite, mientras que el esposo ocupaba otra habitación. Por eso muchos suponen que el matrimonio no fue consumado”, detalla. Carolina Senillosa Boret murió el 27 de febrero de 1904. Su hija y su yerno regresaron a la Argentina para darle sepultura. Se radicaron en Buenos Aires, ajenos a los rumores que los perseguían desde su boda. Eran la comidilla de la ciudad: todos sabían que Ambrosio había intentado conquistar a Adelia durante años y veían con sospecha que ella recién hubiese aceptado casarse cuando él, enfermo y débil, redactó un testamento en su favor.“Adelia, que tenía pánico a los hombres, evitaba quedarse sola con Olmos. Por tal motivo, invitó a una de sus sobrinas, Lía Harilaos, a vivir con ellos. Sin embargo, en 1905 algo sucedió: Olmos deseaba viajar a Córdoba pero la sobrina se negó a acompañarlos ya que tenía un festejante en Buenos Aires, un joven llamado Ezequiel De Elía con quien terminó casándose. Adelia viajó sola con su marido a la estancia El Durazno y, en la primera noche del matrimonio ‘a solas’, sucedió algo que marcaría su vida: tuvo un brote psicótico, comenzó a decir barbaridades y, de pronto, se olvidó de dónde estaba”, cuenta el autor.El proceso se fue agravando. Los delirios se volvieron cada vez más frecuentes. Para tener más espacio y privacidad, Olmos alquiló una quinta en Olivos. Se instaló allí con su esposa y dos mucamas. Comenzó una etapa que fue un infierno. Aislada, Adelia solo encontraba consuelo en la oración. Para colmo, Ambrosio Olmos sufrió una hemorragia estomacal y murió el 30 de abril de 1906. Tenía 60 años. Adelia quedó sola con un testamento que la convertía en dueña de una de las grandes fortunas del país.El infierno de Adelia MaríaAdelia estaba en su mundo, ni siquiera se enteró de la muerte de su marido. Un juez la declaró insana, y su hermano mayor, Horacio, se hizo cargo de su patrimonio.Sus tres hermanos resolvieron llevarla de regreso a París e internarla en la clínica de un prestigioso psiquiatra. Con el correr de los días, Adelia recobró conciencia y comenzó a pedir, de todas las formas posibles, que la sacasen de allí. “Sus cartas son dramáticas”, describe D’Aloia.Convenció a Raúl de que la llevase a su casa. Su cuñada, Magdalena Bosch, casada con Felipe, consiguió que dos médicos viajasen desde Buenos Aires para revisarla. A pesar de que la Justicia la había declarado insana, ellos la estudiaron y dictaminaron que estaba bien. En 1907 Adelia María volvió a la Argentina y recuperó las riendas de su fortuna: 300.000 hectáreas en Córdoba y cientos de miles de vacas. Ya viuda y sin ataduras, Adelia revivió. “Ella fue siempre muy católica, pero no quería ser monja. Tuvo muchos pretendientes, incluso un Grande de España (máxima dignidad de la nobleza española, inmediatamente por debajo de la Familia Real), pero ella no quería saber nada con ningún hombre”, relata D’Aloia.Vivió entre París y Buenos Aires, donde se instaló definitivamente en 1911. Nunca se volvió a casar. La sociedad seguía hablando de ella: “Había muchos rumores sobre su locura y, sobre todo, sobre la muerte de Olmos. Su vida encontró un rumbo cuando cuñada la hizo ingresar a la Sociedad de Beneficencia, donde Adelia conoció las necesidades del pueblo más humilde. Ella, que necesitaba reconocimiento y afecto, trabajó codo a codo con las obreras. Les creó un sistema jubilatorio privado y la primera colonia de vacaciones para sus hijos en una propiedad que tenía en Quilmes. Donó mucho dinero e hizo construir iglesias”.En 1925, Adelia María alquiló el Palacio Fernández Anchorena. Tomó posesión a lo grande: se mudó justo el día que el príncipe de Gales (luego rey Eduardo VIII) llegó de visita a Buenos Aires. El heredero al trono británico se alojó enfrente, en el Palacio Ortiz Basualdo, donde hoy está la embajada de Francia. La viuda organizó una velada para “inaugurar” su nuevo hogar, a la que asistió la esposa del presidente, en la que el principal atractivo era espiar al príncipe desde la ventana.Invitó a los cinco hijos de su sobrina Lía Harilaos, que había fallecido joven, a vivir con ella en el palacio. Pese a su enorme fortuna, seguía siendo inquilina. “Estaba enamorada del lugar, pero los Fernández Anchorena se negaban a vender. Llegó un punto en que le pareció ridículo que una señora de su categoría viviera alquilando. Por eso, en 1927, cuando muere Teodolina Alvear de Lezica, presidenta de la Sociedad Argentina de Damas de Beneficencia, decidió comprar a sus hijos el Palacio Casey, justo en diagonal, en la esquina de Alvear y Rodríguez Peña, donde hoy funciona la Casa de la Cultura. Comenzó las reformas e incluso construyó un oratorio en la casa. Pero cuando los Anchorena se enteraron que iban a perder a su inquilina, bajaron radicalmente el precio del alquiler y la convencieron de quedarse. Así fue como el Palacio Casey quedó vacío durante años. Adelia solía prestárselo al Gobierno Nacional cuando venía algún presidente extranjero o figura importante”.Adelia recién pudo adquirir la mansión cuando murieron sus dueños, en 1942. Compró el palacio de 5000 metros cuadrados a los hijos Fernández Anchorena.La relación con la Iglesia“Esa casa fue durante décadas el centro de la vida social, benéfica y religiosa de Buenos Aires y de la Argentina”, describe D’Aloia Criado. Adelia fundó la Liga de Damas Católicas y su aporte fue fundamental para la construcción de iglesias como Nuestra Señora de

Fuente: La Nación