Mi primera jefa

Hace veintitrés años conocí a una mujer. Llevaba el cabello castaño cortísimo, apenas ondulado, tenía ojos redondos y marrones, y una boca sin particularidades que casi siempre pintaba de algún color: el preferido era el rojo. Era el verano de 2003. Caminaba por el pasillo de la empresa del microcentro porteño en la que trabajaba con zapatos de taco alto y delgado que comandaban el resto del look. Sus medias negras de lycra, su falda tubo que le ajustaba la cadera, su camisa de poplín con tres o dos botones sin abrochar, según el caso, su cartera. Después se metía en la oficina, era la secretaria del dueño, y se ponía a trabajar. Lo hacía con elegancia y altanería. Pagaba al proveedor de servilletas y papel higiénico, negociaba descuentos con la empresa de la máquina de café, le daba las órdenes del día al motoquero y también a mí: cargá las rendiciones de gastos, pasá los cheques al Excel. Yo tenía 19 años, ella 29. Me decía Chipi o parecido. Ese tono lo usaba solo conmigo. No quería que nadie se le acercara mucho, no quería que nadie la tratara de modo coloquial. “Hola señor”, “Buenos días señor”, “¿Va a querer su desayuno hoy señor?”. Nunca le devolvían el gesto. Ella luchaba igual.Exigía a empleados, a gerentes, a quien sea, que golpearan la puerta para entrar y solo lo hicieran cuando ella lo autorizaba. A veces vencía. Hablaba en inglés, hablaba en francés, hablaba en portugués. Hablaba muchas veces con desprecio. Decía que en la ropa también está la ambición y que hay que vestirse para el puesto que se quiere tener, no el que se tiene. Movía su cuerpo con intención. Lo utilizaba. Alardeaba de su instrucción, de sus modales. Era pretenciosa y al tiempo parca y envidiosa y cruel y sagaz. Un fin de año su jefe le regaló una computadora portátil y yo le dije qué bueno, qué suerte y ella me respondió que no, qué suerte no, y me pidió que mirara mejor. No tenía la autoridad que pretendía pero se aferraba con las uñas a construirla. Le gustaba ser esa. Ser una mujer que busca. Conmigo hablaba de películas, de música, de libros. Me mostraba su vida. Se iba de vacaciones sola y regresaba con un puñado de historias. Me hacía ver imágenes de lugares, de cosas, de gente. Ella viajaba lejos y yo esperaba el verano para irme a Pinamar. Me enseñaba todo lo que llevaba en la cartera. Llevaba tanto que yo no entendía. Tomaba fotos de su cuerpo y me preguntaba si yo lo hacía, si me conocía. Estaba enamorada de un hombre con el que se peleaba y se amigaba, se peleaba y se reencontraba, y salía con todos aquellos que pensaba dignos de la oportunidad porque no quería parar. Yo apenas salía del secundario e iba los fines de semana al mismo bar, a ver las mismas caras. No contaba mucho de sus padres, de su infancia, pero sí de un amigo que había muerto. En eso también me hizo pensar, en la muerte. Cambiaba constantemente: de parecer, de humor, de gustos. Yo tenía en la cabeza que lo duradero era una virtud. A los 15 ya me había obligado a elegir un perfume para usar de por vida, para que me reconocieran por él. Ella probaba todo lo que podía y al otro día venía y me decía “lo tenés que probar”. Hacía deportes con la misma prestancia con la que atendía el teléfono y antes que nada decía su nombre completo para que nadie se equivocara jamás. Le importaban los detalles. Tomaba clases de baile del caño. Una vez hizo un show y me invitó a verla. Una amiga suya presentaba su marca de accesorios sexuales y ella bailó toda vestida de negro. Fue elástica, fue firme, fue sensual. Cuando la saludé para felicitarla y avisarle que me iba me dio un regalo. Fueron pocos los años en que trabajamos juntas. Creo que no llegaron a tres. Del microcentro yo me fui a una editorial chiquita en Montserrat. Ella se alegró por mí. Hace veintitrés años conocí a una mujer.

Fuente: La Nación