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La Argentina low cost: postales de un descenso silencioso
En una cuadra de La Plata cerró un restaurante tradicional, pero abrió un pequeño café que funciona en una ventana, con despacho al paso, sin mozos y sin mesas. A pocos metros, en una esquina, se ve envejecer, casi sin mantenimiento, un edificio de departamentos que conoció épocas de brillo y esplendor: marcos y ventanas lucen oxidados y la fachada acumula grafitis y pintadas futboleras. En la otra manzana, el local de una antigua mueblería se ha reconvertido en una feria americana: abre los fines de semana con puestos de emprendedores que venden desde ropa cosida en talleres artesanales hasta tortas y mermeladas caseras. Una peluquería del barrio se ha transformado en un negocio multirrubro: también vende zapatillas, ollas e insumos de electricidad. Y una gran superficie, en la que funcionaba un gimnasio, hoy es una especie de shopping de artículos importados, en el que cientos de personas hacen cola todos los días para comprar productos chinos a bajo precio.Son postales fragmentarias, pero retratan una suerte de descenso estructural que hoy atraviesa a ciudades alejadas del boom de la minería, la energía, el petróleo y la agroindustria, los polos de desarrollo que dinamizan regiones del interior.Si combinamos datos duros con un ejercicio de observación urbana, nos encontramos con un fenómeno silencioso, pero bastante evidente: el deslizamiento de vastos sectores de la Argentina hacia una suerte de “vida low cost”, en la que el consumo, el trabajo y el comercio resignan calidad y tienden a la precarización.Los datos de la consultora Scentia indican que el consumo masivo bajó casi un 3 por ciento en junio y acumula siete meses de caída. Pero detrás de esos números se observan otras tendencias. Un sector de la clase media se aleja del shopping y de la tienda tradicional para volcarse a plataformas como Temu y Shein, donde se ofrece un universo infinito de chucherías importadas de China a precios muy reducidos. El volumen de esas compras creció, en el primer trimestre de este año, un 118% interanual, según cifras oficiales. Es una especie de nueva era del “todo por 2 pesos”, en la que la propuesta de la baratija deja de ser marginal para empezar a ser dominante.Aparece, así, una transformación en los hábitos de una clase media empobrecida: la ropa migra a la feria americana o al outlet; crecen las segundas marcas; se resigna calidad. En ciudades del conurbano, las ferias barriales de fin de semana, en las que se venden desde enchufes y portarretratos hasta carteras, plantas y velas, se han convertido en los paseos más convocantes. Son uno de los formatos comerciales que más han crecido, algunos con habilitaciones municipales, otros en una zona de legalidad difusa.En segmentos premium, incluso, los negocios tienden a achicarse en superficie y en servicio. Un modelo típico es el de los cafés de especialidad, que se reproduce ahora en otros rubros, como los de heladería o repostería gourmet: locales diminutos con un despacho a la calle, instalados con estética palermitana, pero con mínima inversión; operados por no más de dos personas, sin servicio de mesa y con vajilla descartable.Detrás de muchos locales que cierran, se produce una mudanza a canales informales de venta a través de redes sociales: cada vez se ofrecen más bienes o servicios por Instagram o por WhatsApp; crecen las ventas de garaje y el emprendimiento familiar bajo el paraguas del monotributo. También se expanden la “moda circular”, los showrooms y los negocios “pre owned” (dueño previo), todo un circuito de ropa de segunda mano que recoge una tradición muy arraigada en Estados Unidos y Europa, pero que en la Argentina se desarrolla, en buena medida, al amparo de la informalidad y en detrimento del comercio establecido.Ninguno es un fenómeno nuevo. De hecho, muchos de estos formatos de comercio “sui géneris” empezaron su auge durante el kirchnerismo, cuando se exaltaba la llamada “economía popular”, que era una forma de enmascarar y revestir de una retórica amigable la informalidad y el comercio “en negro”. Otros tuvieron una expansión durante la pandemia, cuando muchas familias tuvieron que encontrar “rebusques” y alternativas para reemplazar ingresos que se habían evaporado. Lo que se observa ahora es una especie de consolidación estructural de esas tendencias, en el marco de una economía pantanosa que parece ofrecer estabilidad, pero con indicadores de crecimiento mediocres y con salarios reales estancados.La precarización del comercio se articula directamente con categorías más frágiles en el mundo del trabajo. Hoy, la informalidad lidera la creación de empleo. Según un estudio de Roxana Maurizio, investigadora del Conicet, el 43 por ciento de las personas ocupadas desarrollan su actividad en condiciones irregulares. Pero ese indicador roza el 70 por ciento si se mira el segmento joven.Entre los sub-30, el trabajo va hacia el cuentapropismo, el empleo de plataforma, la changa como sustituto del puesto formal. Baja, incluso, la oferta de servicios que requieren mayor capacitación técnica (como los de electricidad o plomería) y sube la de servicios personales: peluquería, manicuría, estética en general. Algunos economistas hablan del reemplazo de empleos por “refugios”: ocupaciones de subsistencia que tienden a expandirse al ritmo del deterioro que registra el mercado del trabajo en la Argentina. Son retratos de una precarización silenciosa del vínculo laboral.Crecen flagelos como la ludopatía y la venta de drogasEsa fragilidad tiene aristas dramáticas en los sectores más vulnerables. Allí crecen flagelos como la ludopatía y la venta de drogas, pero también otros fenómenos menos visibles, como la oferta sexual a través de plataformas digitales, los sistemas barriales de apuestas y la proliferación de “prestamistas” que ejercen la usura por TikTok.Un informe de la UBA acaba de revelar que casi la mitad de los jóvenes de entre 18 y 29 años se encuentra en situación de vulnerabilidad social. Un tercio de esa población se define como “Triple Ni”: ni trabaja, ni estudia, ni busca trabajo. Vive en un “modo supervivencia” o “rebusque”. Entre los que sí tienen trabajo, solo el 18,9% accede a un puesto registrado o parcialmente registrado.Un informe de la consultora EcoGo confirma que los jóvenes de hasta 24 años son los más afectados por las deudas, con niveles de morosidad que duplican los de las familias, que ya se encuentran en un nivel récord de casi el 16%. El Banco Central detectó, además, un fenómeno de endeudamiento creciente entre los empleados de apps de delivery, que toman préstamos para consumo en esas mismas plataformas o en billeteras virtuales. Hoy deben, en promedio, un millón de pesos cada uno a tasas muy elevadas: no se endeudan para adquirir bienes durables, sino para satisfacer necesidades básicas.Según la consultora Equilibra, el dinero que les queda a las familias después de cubrir los gastos fijos volvió a caer en mayoSon datos que riman con otros: creció la morosidad en las expensas y, según la consultora Equilibra, el dinero que les queda a las familias después de cubrir los gastos fijos volvió a caer en mayo y acumula el quinto mes de retroceso consecutivo.Tal vez eso explica lo que se ve en muchas ciudades: un deterioro en el mantenimiento de los hogares que las estadísticas no llegan a capturar, pero que se refleja en un paisaje urbano cada vez más degradado. Hay un dato del mercado inmobiliario que también explica estas tendencias: “Lo que se vende hoy es lo que está en los extremos, propiedades de lujo en los countries o unidades muy económicas; en el medio está todo parado”, dice un operador fuerte en el conurbano sur.Todo remite a una especie de adaptación degradada. Hay un amplio sector de la sociedad que no se rebela ni colapsa: se reacomoda hacia abajo; normaliza estándares menos ambiciosos; baja uno o dos escalones e intenta mantenerse a flote. Si hubiera que definirlo en términos cromáticos, es una Argentina “gris”, tiznada por una pátina opaca de estancamiento y decadencia.El lenguaje público –teñido de insultos y desmesuras del poder– también exhibe un marcado empobrecimientoEs un paisaje social y cultural en el que se combinan factores virtuosos, como la resiliencia y la creatividad para el emprendimiento y el rebusque, con otros que tienen que ver con la resignación y la pérdida de expectativas.Casualidad o no, el deterioro en la vida material hace juego con una devaluación en la calidad de la vida cívica, donde el lenguaje público –teñido de insultos y desmesuras del poder– también exhibe un marcado empobrecimiento que podría definirse como una institucionalidad low cost.Una pregunta central subyace detrás de esta escenografía: ¿vemos una foto en transición o es la imagen de una sociedad que tiende a cristalizarse en esta especie de mediocridad que atraviesa al consumo, al trabajo y hasta la convivencia en amplias zonas urbanas? ¿Vamos hacia algo distinto, a través de un desarrollo expansivo y una reconversión productiva, o nos estancamos en un modelo de fuertes asimetrías con una gran parte del país achatada y oxidada, como se ve en otros países de Latinoamérica? Hay respuestas optimistas, pero también pesimistas. El futuro no se construye de un día para el otro, por supuesto, aunque el peligro de un declive silencioso, pero persistente, está ahí. Lo vemos a simple vista al caminar por la ciudad, donde asoma en cada cuadra un retrato de esa Argentina low cost.
Fuente: La Nación