Las copas mundiales de Wall Street: la vieja Europa denuncia y amaga separatismo

El ataúd de Pelé, marrón brillante con detalles dorados, permaneció abierto. Banderas de Brasil y del Santos, en cuyo estadio de Vila Belmiro se celebró el velatorio el 2 de enero de 2023. Rostro manso, cubierto con un velo blanco trasparente. Camisa blanca y manos cruzadas sobre el pecho. Entre los dedos, un rosario católico dorado y marrón que puso la viuda, Marcia Aoki. A sólo un metro del féretro, Gianni Vincenzo Infantino en plena selfie. Aclaró luego que estaba satisfaciendo el pedido de viejos amigos del exrey del fútbol mundial. Exjugadores que buscaban fotografiarse con el nuevo rey. Rey, emperador y ahora vendedor de la pelota global. Su audaz e inesperado proyecto anunciado ayer, de poner a la venta el veinte por ciento del negocio de los Mundiales, bajo amenaza de cisma europeo, confirma el desembarco definitivo de la nueva era del fútbol made in USA. Y la marca del apellido Trump en el negocio. Salario anual de 6 millones de dólares, jet de Qatar, agenda y selfies con los principales líderes del mundo, y más de cuatro millones de seguidores en Instagram, Infantino, un hijo de italianos que se sintió discriminado de niño en su escuela suiza, confirmó su proyecto llamado FIFA Forward Enterprises (FFE). Es una sociedad entre la FIFA y el fondo inversor Thrive Capital de Joshua Kushner (hermano del yerno de Trump), a través, entre otros, del banco JP Morgan. Falta la aprobación de las 211 federaciones afiliadas a la FIFA, a las que Infantino promete unos 80 millones de dólares para cada una en los próximos diez años, el triple del dinero actual. También deberá aprobarlo el Consejo de la FIFA, de 37 miembros. El dinero de Arabia Saudita (sede del Mundial 2034) y el apoyo político de Estados Unidos sostienen a Infantino, además del voto masivo especialmente del Tercer Mundo. Enfrente, y dividida, la vieja Europa denuncia que Infantino no es el dueño del fútbol y no es quién para venderlo. Y amaga separatismo. “Imposible que suceda”, dicen muchos. Pero este mundo es cada vez más extraño. “Quiero ser el presidente de todos vosotros”, proclamó Infantino en 2016, cuando asumió la presidencia de la FIFA, prometiendo “democracia y trasparencia” tras el escándalo de corrupción del FIFAGate impulsado por el FBI y las filtraciones (¿del propio Infantino?) a fiscales suizos que precipitaron las caídas de Sepp Blatter y de Michel Platini. Camino allanado para Infantino, que fue reelegido sin necesidad de votación en 2019 y también en 2023 en Kigali, Ruanda, donde afirmó que multiplicó por siete los ingresos de cada federación. Y que por eso debería ser votado hasta la eternidad, como el hombre que sonreía a su lado, Paul Kagame, el exmilitar que lleva cuatro períodos seguidos como presidente de Ruanda, con el 99 por ciento de los votos en su última reelección. El suizo celebró en febrero pasado sus diez años de mandato con el logotipo “Infantino 10”. Diego sabrá comprender. Infantino, 56 años, siete idiomas y cuatro hijos, que será reelegido seguramente en 2027, ocuparía en el nuevo esquema también la titularidad de FFE. Según The Times, multiplicaría por diez su actual salario anual y pasaría a ganar 64 millones de dólares, equivalente al de Roger Goodell, el comisionado de la National Football League (NFL), la patronal del fútbol americano, una liga de franquicias controladas por magnates y sin descensos, deporte made in USA. ¿Así será el futuro? La FIFA insistió en destacar ayer que el nuevo proyecto (una apertura a inversores privados que ya fue realizado por ligas nacionales como las de España y Francia y también por otros deportes) no implicará cesión alguna como organizadora del espectáculo, copas mundiales de selecciones y de clubes incluidos. El Mundial reciente en Estados Unidos (visados selectivos, entretiempos, pausas de hidratación y hasta la presión política para indultar a un jugador suspendido) no es el mejor comienzo. El domingo pasado, tras una primera semana post-Mundial dominada por rumores que ponían bajo sospecha la final España-Argentina, Infantino dedicó una publicación en su Instagram a los que se perdieron la fiesta del fútbol. “A aquellos que, detrás de sus plumas y papeles, detrás de sus pantallas, difunden odio y rumores falsos, quiero decirles que, mientras ustedes están sentados atrás, nosotros en la FIFA estamos en primera línea organizando, trabajando duro y ofreciendo el mejor espectáculo del mundo”. Fueron días de “El algoritmo del odio”, como tituló Irina Sternik su artículo de Letra P sobre la fábrica de fakes que alimentó el negocio de las redes. La alianza entre el juguete rabioso de Elon Musk (Twitter, ahora X), más el juguete irrompible de Infantino (los Mundiales). Y el nuevo hincha que podrá pagar boletos de mil o diez mil dólares. Cuentan que bufetes de Estados Unidos los buscan para demandar a la FIFA por una final que, según dicen, fue una “defraudación”. Recién llegados a la pelota, desconocen que el fútbol verdadero, justamente, condena al hincha de siempre, muchas veces, a la defraudación cotidiana. Incertidumbre pura. Sin garantías de Wall Street. Que nadie pide.

Fuente: La Nación Deportes