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Vivió en un país casi perfecto, hoy elige Italia, y se pregunta cómo hubiera sido quedarse en Argentina: “¿Peor o mejor?"
El verano europeo del 2026 está en su apogeo. Desde su kayak, Gustavo puede ver su casa y los alrededores de la región de Italia que hoy habita. El lago se transformó en el patio trasero de su hogar, y el deporte acuático, en su actividad preferida. Estar rodeado de naturaleza y agua lo relaja, pero, sobre todo, lo ayuda a ver su vida y sus interrogantes desde otra perspectiva. Interrogantes tales como: `¿Qué hubiera pasado si...?´Cuestionarse la vida fue algo que hizo desde que tiene memoria. Y una de las primeras preguntas se convirtió en obsesión: `¿Qué habrá del otro lado del Atlántico?´ La curiosidad de Gustavo Barach emergió en sus días de infancia, a través de imágenes e historias acerca de otros países y sus culturas, ventanas que lo invitaban a soñar otras vidas en un planeta que se sentía inmenso.Apenas tenía 21 años cuando decidió que era tiempo de partir. Él no deseaba escapar de nada, Argentina lo había tratado bien y con sus padres mantenía una relación entrañable. No, Gustavo no anhelaba huir, él deseaba ir al encuentro de aventuras y explorar con todos sus sentidos la vida más allá.Su mamá y su papá comprendieron, aunque la tristeza en sus miradas era innegable: `Los padres quisieran que sus pichones estén siempre a su lado, en el nido, pero llega un punto que el pichón quiere volar y es justo que lo haga´, le dijo su padre.Y así sucedió, Gustavo despegó del suelo argentino sin saber si su travesía duraría un mes o si el tiempo se extendería hacia otros límites: “Al final nunca volví; ya pasaron varios años”, releva. “Los acontecimientos me atraparon”.Italia, amor y una mudanza hacia un país casi perfecto: “En Alemania aprendí cosas para toda la vida”Gustavo aterrizó en Italia y se hospedó en la casa de una amiga en Bracciano, provincia de Roma. Exploró aquel suelo con una mirada casi extrañada, absolutamente todo era nuevo y le resultaba fascinante; ante sí tenía un país por descubrir, impregnado de historias que podía respirar en cada rincón, de costumbres que encendían sus sentidos: “Estaba maravillado y me invadía un interrogante junto a una excitación acerca de lo que sería mi vida lejos de mis padres, y de mi futuro”, rememora Gustavo.El curso de su destino comenzó a delinearse al poco tiempo, cuando conoció a la mujer que se convertiría en su primera esposa. Se casaron en septiembre del 85, épocas en las cuales él ya había comenzado a trazar un camino en el mundo de la gastronomía. Siguiendo el consejo de su mujer emigraron a Alemania, donde ella aseguraba que tendrían mejores oportunidades: “Alemania, Múnich, me entusiasmaba, pensaba en la final de fútbol que vi por tv en 1974, me parecía otro mundo”.Gustavo divisó por primera vez los paisajes bávaros en el 86 y por los siguientes meses Múnich se transformó en su nuevo hogar, ahora compartido de a tres, tras el nacimiento de su hijo Danilo. Ya corría su segundo año en Europa y fue entonces que lo atrapó una profunda tristeza por primera vez.“Comencé a sentir angustia, extrañaba mucho a mis padres, a Buenos Aires, seguramente porque el invierno alemán era duro. Por un lado, me gustaba el hecho de que nevara tanto, era una novedad para mí y estaba fascinado con el silencio que se creaba en el ambiente, con el cielo gris y los contornos congelados. Pero físicamente y en el alma estaba poseído por la desazón. El idioma, a su vez, era un muro muy alto”.“Pero, por lo demás, fue una gran experiencia. Me resultaba increíble la seriedad de las personas, la precisión de los trenes, la eficacia en todo. En Alemania aprendí cosas que me sirvieron para toda la vida, como el orden, el pragmatismo, el no tocar bocina mientras se maneja. No he advertido cosas negativas en mis ocho meses allí. Hoy represento a una empresa alemana en Italia en el área de venta de carne argentina, y puedo reafirmar que los alemanes son serios y respetuosos. Es un país al que vuelvo seguido con mucho placer. Me encanta”.Regreso a Italia y una oportunidad en un país que enamora: “Si Alemania me parecía otro mundo, Tailandia me parecía otra galaxia”La tristeza pudo más. Entre la nostalgia y el frío, el matrimonio de Gustavo no funcionó, al igual que Alemania. Regresó solo a Italia, un nuevo comienzo en una atmósfera conocida. Ahí tenía amigos y se sentía `en familia´, necesitaba estar con gente con rostros y conversaciones cercanas, precisaba compartir parte de sus horas con otros argentinos residentes en aquella tierra: “Me reconducían a Argentina afectivamente, sumado a que en Italia era un poco como estar en mi país, si lo comparás con Alemania: las costumbres son muy similares y el idioma es más cercano al nuestro”.En Italia, Gustavo le dio impulso a su carrera laboral. Trabajó en restaurantes y aprendió sobre técnicas, sabores y calidad, y, finalmente, abrió su propio establecimiento. Tiempo después, sin embargo, surgió una oferta imperdible: trabajar de cocinero en un restaurante italiano en Bangkok, Tailandia.“Vendí mi restaurante que tenía en Bracciano y me fui a trabajar en abril del 99″, cuenta Gustavo. “Si Alemania me parecía otro mundo, Tailandia me parecía otra galaxia. Vi con la simpleza que vive la gente, con cuan poco; vi vidas muy difíciles, con penurias económicas, pero gente con mucha dignidad, siempre con una sonrisa que en muchos casos esconde una aflicción, un dolor del alma”.“Me fui de Tailandia con tristeza, el país me había conquistado con su gente, sus olores, la gastronomía. Lo triste de allí es que es un país excelente para extranjeros, pero ofrece muy poco para el pueblo, y menos que menos para las mujeres, a la merced de los hombres extranjeros para asegurarse un poco de dinero y conseguir una quimera de bienestar”.
Fuente: La Nación