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Investment grade
¿Anhelo quimérico o vara bien alta para lograr de manera realista uno de los objetivos más importantes en la historia argentina? En la presentación de su programa financiero para los próximos años, el equipo económico anunció que trabaja para que el país alcance la categoría de grado de inversión (investment grade) en 2031. Nunca la Argentina estuvo en ese lugar.Llegar al grado de inversión significa que la deuda pública de un país tiene bajo riesgo de incumplimiento. A mayor seguridad para quienes le presten dinero a la Argentina, aumentará la cantidad de interesados, que incluso estarán dispuestos a aceptar menores rendimientos. Un movimiento de ese tipo tendría consecuencias muy favorables para el país. No solo porque el Estado podría financiarse a valores muchísimo más convenientes que los actuales, sino porque las empresas también podrían acceder a tasas más baratas que fomentarían las actividades más competitivas de la economía e incluso favorecerían directamente la situación crediticia de las familias.La Argentina cuenta con una tradición productiva, recursos agropecuarios, energía, minerales y capital humano que deberían facilitar el recorrido hacia el grado de inversión que implica, en términos prácticos, que la deuda pública de un país tiene bajo riesgo de incumplimientoSería la puerta de entrada a una Argentina que nunca existió. La afirmación anterior se basa en hechos. Un trabajo del FMI sobre 35 países emergentes entre 1997 y 2010 encontró que la condición de investment grade estaba asociada, a igualdad de otros factores, con spreads soberanos un 36% menores. Es un resultado econométrico, no una predicción de cuánto bajarían hoy las tasas argentinas. Pero en ningún caso se trata de una distinción meramente nominal.Del otro lado de la euforia por el futuro aparece el costado ignominioso de la historia económica argentina. Después de todo, el Gobierno tiene por delante un arduo trabajo para llegar al lugar al que muchos otros países arribaron hace tiempo. Hay varios países en Sudamérica que tienen el visto bueno de todas las grandes calificadoras. Chile, líder en la región, cuenta con eso desde hace tiempo, mientras que Uruguay encauzó con prolijidad la crisis de 2002 y alcanzó la nota.Hay casos más sorprendentes. Perú, acosado por crisis políticas repetitivas y brutales, conserva, sin embargo, el grado de inversión, apuntalado, entre otras cosas, por la independencia de su Banco Central de Reserva. La Argentina debería tomar nota de ese detalle. Y Paraguay, un país que todavía está dominado en muchos terrenos por la informalidad, tiene el título de investment grade otorgado por Moody’s y S&P.Aunque cada una de esas naciones tiene argumentos económicos propios, la Argentina cuenta con una tradición productiva, recursos agropecuarios, energía, minerales y capital humano que deberían facilitar ese recorrido. Que países con dotaciones distintas hayan logrado antes esa normalidad financiera vuelve más incómodo, no menos, el contraste. La categoría de grado de inversión permitirá que el Estado se financie a valores muchísimo más convenientes y que las empresas puedan acceder a tasas más baratas que fomentarían las actividades más competitivas de la economía del país y favorecerían la situación crediticia de las familiasLa pregunta se impone sola: ¿qué hicimos mal para que no nos vaya tan bien? Sucede que la Argentina tiene nueve defaults. ¿Por qué alguien confiaría para prestarle barato con semejante prontuario?Hay una larga lista de tareas para desandar la incredulidad del acreedor. Alcanzar la categoría de grado de inversión requerirá sostener el equilibrio fiscal sin impuestos asfixiantes ni emisión monetaria; fortalecer la independencia del Banco Central; acumular reservas genuinas mediante exportaciones e inversión; profundizar el mercado de capitales en moneda nacional; respetar contratos y derechos de propiedad, y completar reformas estructurales que eleven la productividad.Hay que reconocer que el Gobierno ya cumplió con parte de ese trabajo. La reciente mejora de Moody’s desde Caa1 hasta B3, con perspectiva positiva, se suma a las notas B- otorgadas por Fitch y S&P. Las tres agencias reconocen progresos que sería necio desconocer: el equilibrio de las cuentas públicas, la reducción de la inflación, la reducción de distorsiones, el incremento de las exportaciones, el ingreso de inversiones en energía y minería y una mayor capacidad para acumular reservas. La hoja de ruta es exigente, pero ya no parte de cero. El reconocimiento, sin embargo, está lejos de ser una absolución. Desde las calificaciones actuales hasta el primer peldaño del grado de inversión median seis escalones. La Argentina sigue teniendo una posición de liquidez externa débil, reservas utilizables insuficientes, vencimientos relevantes en moneda extranjera y un acceso al crédito internacional que todavía depende de organismos multilaterales, garantías y operaciones especiales.El principal obstáculo no cabe en una planilla de reservas que muestre la película de los últimos meses. Es la falta de continuidad. Décadas de inflación, defaults, controles cambiarios, alteraciones contractuales y modificaciones abruptas de política enseñaron a los acreedores que un programa argentino puede desaparecer junto con el gobierno que lo adoptó. Esa experiencia no se borra con declaraciones ni con una sucesión rápida de mejoras de nota.Un programa económico no se vuelve creíble cuando se anuncia, sino cuando sobrevive a los cambios políticosTiene razón el ministro de Economía cuando sugiere que lo mejor que le puede pasar al país es que las próximas elecciones se debatan entre alternativas no populistas. Una estabilidad que depende de un nombre sigue siendo por definición inestable. Un programa económico no se vuelve creíble cuando se anuncia, sino cuando sobrevive a los cambios políticos. El propósito de 2031 será valioso si induce al Gobierno y a la dirigencia a mirar más allá de la elección de 2027. Alcanzar el grado de inversión debería ser el resultado de haber construido un país previsible. La confianza no se reclama. Se obtiene después de haber hecho las cosas bien durante mucho tiempo: obligación tras obligación, gobierno tras gobierno.
Fuente: La Nación