La guardiana del Samborombón: La bióloga Agustina Varela estudia cómo conservar ese extenso río pampeano y recomienda “poner el foco en los lugares que todavía no arruinamos”

Agustina Varela es bióloga, becaria doctoral del CONICET e investiga qué lugares de la cuenca del río Samborombón deberían ser prioritarios para la conservación. Para hacerlo no solo toma muestras, analiza el agua y estudia la diversidad de especies: también conversa con vecinos y productores para conocer qué importancia tiene el río en sus vidas.
Su vínculo con los arroyos, de todos modos, comenzó mucho antes que su carrera científica.
“Los lugares que más recuerdo de mi infancia son los arroyos. Siempre me quedaba con mi jarrita, disfrutando y viendo la fauna y la flora”, contó Agustina a Bichos de Campo. Por eso, cuando encuentra un curso de agua lleno de latas, contaminado o directamente canalizado, no puede observarlo únicamente como investigadora. “Lo sufro con el cuerpo. Supongo que es como lo que puede sentir un músico cuando ve una guitarra toda desarmada”, comparó.
Mirá la entrevista completa:

Varela se recibió de bióloga en la Universidad de Buenos Aires y desarrolla su beca doctoral en el Instituto de Ecología y Desarrollo Sustentable, que depende del CONICET y de la Universidad Nacional de Luján. Su plan de trabajo se propone identificar áreas prioritarias para conservar y restaurar los sistemas fluviales pampeanos, tomando al Samborombón como caso de estudio.
El río nace en el noreste bonaerense y atraviesa o recibe agua de un territorio amplio antes de desembocar en la Bahía de Samborombón. En la división con la que trabaja la investigadora, la cuenca alta comprende sectores de San Vicente, Cañuelas y La Plata; la cuenca media incluye a Brandsen, Chascomús y Magdalena; y la cuenca baja llega hasta Punta Indio.
Actualmente existen áreas protegidas cerca de su desembocadura, donde los humedales brindan refugio a numerosas especies, entre ellas el venado de las pampas. Pero el proyecto científico busca pensar la conservación de manera integral, incluyendo también lo que sucede muchos kilómetros aguas arriba.
“Si queremos preservar las especies que habitan la cuenca, hay que preservar zonas de la cuenca alta, de la media y de la baja”, explicó. El trabajo combina lo que Varela define como “ecología pura” (muestreos, análisis del agua y estudios sobre diversidad de especies) con una dimensión participativa.
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La pregunta no es solamente qué lugares resultan importantes desde el punto de vista biológico, sino también qué valor les asignan las personas que viven alrededor del río. “La conservación a veces se piensa como un grupo de personas que dice que algo es muy importante, lo preserva y lo cierra por completo. Pero existen otras maneras de pensarla, en un sentido más amplio y socioecológico”, señaló Agustina.
Esa mirada obliga a incorporar prácticas y vínculos que forman parte de la historia de la región. La gente se acerca al agua para pescar, descansar, observar animales, trabajar o simplemente disfrutar del paisaje.
“La gente viene al río por algo. A la gente le gusta el agua por algo. Durante toda la vida, la persona que trabajó la tierra también fue al río a pescar. ¿Por qué no vamos a tener en cuenta esos valores que le asigna la gente a los ecosistemas fluviales?”, se pregunta.
La cuenca enfrenta amenazas diferentes según cada zona. En la parte alta, una de las principales es el crecimiento urbano y el avance del conurbano sobre municipios como San Vicente y Brandsen. Otra transformación posible es el cambio en el uso del suelo: el reemplazo de sistemas ganaderos extensivos por planteos agrícolas más intensivos.

Según explicó Varela, esa modificación puede incrementar la llegada de nutrientes utilizados en la fertilización, como el fósforo, a los cuerpos de agua. Para analizar esos procesos, los investigadores toman muestras y miden distintos parámetros de calidad del agua.
En ese escenario, la ganadería extensiva puede resultar más compatible con la conservación de los ambientes fluviales que otros usos más intensivos. “Si tenés poca carga de hacienda y esas vacas no van tanto al arroyo, lo estás cuidando bastante más que si arrasás con todo el pastizal e instalás un modelo agrícola intensivo”, comparó la bióloga.
Eso no significa que toda actividad ganadera sea automáticamente sustentable, sino que determinados manejos pueden permitir la convivencia entre producción y conservación. Una de las alternativas es mantener una baja carga animal y respetar las zonas de inundación del río. En determinados momentos, por ejemplo, podría evitarse el ingreso del ganado a los sectores anegados para permitir que los peces se reproduzcan.
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Esa protección también tendría consecuencias positivas para otras actividades relacionadas con el río, como la pesca recreativa, el turismo de naturaleza y la vida al aire libre. “Los productores deberían ser socios de la conservación. La idea tampoco es que toda la cuenca se transforme en un área protegida. Se trata de identificar zonas que son muy importantes y establecer allí un manejo particular”, aclara.
El diagnóstico de Varela sobre el Samborombón no es completamente negativo. Por el contrario, considera que todavía existe una oportunidad para conservar buena parte de su funcionamiento natural. La cuenca no experimentó hasta ahora una expansión agrícola tan profunda como otras regiones bonaerenses, en parte porque muchas de sus tierras presentan limitaciones para hacer cultivos.
El desafío es impedir que futuras intervenciones alteren irreversiblemente ese equilibrio. “No queremos que pase lo mismo que está pasando con el río Salado, que está siendo muy canalizado. El río deja de ser el mismo, desaparecen humedales, los peces no pueden reproducirse y las aves migratorias no llegan a esos lugares”, advirtió.
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En la cuenca baja, según los estudios realizados por el grupo de investigación al que pertenece, se detectaron menores concentraciones de glifosato que en otros sectores. Varela aclaró que no participó personalmente de ese estudio, pero considera que el resultado refuerza la necesidad de actuar antes de que el deterioro se produzca. “Estamos a tiempo de frenar un poco. Es importante poner el foco en los lugares que todavía no arruinamos”, indica.
Para la investigadora, una de las fortalezas del Samborombón es la existencia de una comunidad interesada en su cuidado. Hay vecinos dedicados al avistamiento de aves y otras especies, personas que disfrutan del río y productores que quieren preservar los arroyos que atraviesan sus campos. Ese interés también comenzó a verse en las actividades participativas que organiza como parte de su doctorado. En el último encuentro participaron 45 personas.
“Eso para mí es muy gratificante porque muestra que está creciendo el interés por la naturaleza que existe en cada municipio. No tenemos que irnos muy lejos para encontrar un lugar que nos haga bien. Tenemos que cuidar lo que tenemos cerca, porque también es importante y es hermoso”, define.

En un trabajo científico atravesado muchas veces por diagnósticos preocupantes, esas respuestas de la comunidad representan pequeñas victorias.
“Tienen que ver con que haya personas en cada territorio con ganas de cuidar su ambiente. No desde una posición fundamentalista, sino desde una forma amplia de entender que también está el productor que quiere cuidar sus arroyos. Esos productores existen y son un montón. Solo hay que hablar con ellos y entendernos entre nosotros”.

Fuente: Bichos de Campo