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“Nadie es dueño de nadie”: divorcios después de los 60, una tendencia que crece a espaldas del qué dirán
Cuando Berta Scardini decidió separarse, tenía 66 años y llevaba 42 de casada. Fue el final de una cuenta que había venido haciendo en silencio durante mucho tiempo, y que un episodio terminó por saldar. Uno de sus hijos atravesaba un problema de salud grave y ella sentía que cargaba con eso sola, sin el respaldo de su marido. Cada vez que volvía de verlo, en su casa la esperaban reproches. Un día, dice, le “cayó la ficha”: si estaba sola para eso, podía seguir sola. Así lo decidió. Hoy tiene 73 años y, después de haber trabajado como enfermera durante más de tres décadas en salas de terapia intensiva y psiquiatría, vive en Santa Clara del Mar. De aquel matrimonio quedan cinco hijos, doce nietos y dos bisnietos, la familia numerosa que construyó a lo largo de más de 40 años junto a su exposo. Sin embargo, confiesa Berta, lo primero que sintió al separarse no fue pena. “Me sentí libre”, sentencia. Lo que más la sorprendió llegó después, cuando pudo mirar hacia atrás. “Una vez que me separé, me di cuenta de que estuve 42 años sometida”, dice. Y menciona una certeza que fue creciendo con el tiempo. “No creo en el amor para toda la vida. Si una persona de mi edad se quiere separar y se siente capaz, adelante”, afirma Berta. Pero advierte, tras su experiencia como enfermera junto a gente frágil, que para dar ese paso hay que tener la autoestima alta, porque a quien está golpeado por dentro una decisión así puede empujarlo hacia la angustia. Su caso no es una rareza generacional. Es la punta visible de un movimiento que la ciudad de Buenos Aires viene registrando desde hace 15 años, con números que lo respaldan. De acuerdo con el Instituto de Estadística y Censos de la Ciudad (Idecba), que entre otros datos registra la edad de quienes se divorcian, el peso de las rupturas tardías crece de manera sostenida. El organismo releva cada año los divorcios vinculares inscriptos en la Capital y los ordena, entre otras variables, según la edad de cada cónyuge y la cantidad de años que duró el matrimonio antes de su disolución. Los divorcios de varones de más de 60 años pasaron de representar el 11,8% del total en 2009 al 18,4% en 2025, de uno de cada ocho a casi uno de cada cinco. Entre las mujeres, el recorrido es el mismo en una escala más baja, del 7,7% al 12,1%.Detrás de esos porcentajes hay un rasgo en común. Casi siempre se trata de matrimonios larguísimos. En 2025, de los 867 varones de 60 años o más que se divorciaron en la ciudad, 651 venían de uniones de veinte años o más. Entre las mujeres de esa edad, la proporción fue todavía mayor, 470 sobre 570. No son parejas que se conocieron tarde y se separaron rápido, sino vidas construidas de a dos durante décadas y desarmadas cuando ya asomaba la vejez.El fenómeno también puede analizarse desde otro ángulo. El portal de datos abiertos del gobierno de la ciudad, Buenos Aires Data, publica el registro diario de los divorcios inscriptos, con la fecha de casamiento y la de divorcio de cada uno, aunque sin la edad de las personas. Ese cruce abre la posibilidad de calcular, caso por caso, cuántos años duró cada matrimonio antes de romperse. Es una foto más reciente, de apenas dos años, pero apunta en la misma dirección que la serie del Idecba. LA NACION hizo esa cuenta sobre los 5647 divorcios inscriptos en 2024 y los 5437, en 2025. Entre esos dos años hubo menos divorcios en total, pero los de matrimonios largos aumentaron. Los de veinticinco años o más pasaron del 30,3% al 32,7%.Respetar y aguantarLa mirada de la socióloga Paula Lehner ayuda a poner el fenómeno en perspectiva. Como investigadora del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires (UBA), dedicó su tesis doctoral a estudiar la nupcialidad en mujeres de sectores medios, es decir, cómo formaban pareja, cómo se casaban y qué se esperaba de ellas dentro del matrimonio. Su trabajo permite entender por qué, hasta hace pocas décadas, separarse era algo casi impensado.“Hacia finales de los años 50 el divorcio estaba muy mal visto socialmente –explica Lehner–. Además, el modelo familiar con varón proveedor no permitía la autonomía de las mujeres por fuera del matrimonio. Si una mujer se separaba, además de la condena social debía buscar un trabajo para mantenerse y la participación de las mujeres en el mercado laboral era muy baja”. Así, quedarse era muchas veces la única opción.De aquellas entrevistas, Lehner se quedó con dos verbos que se repetían una y otra vez, como un mandato de época: respetar y aguantar. “El respeto quedaba asociado fundamentalmente a conservar la virginidad hasta la noche de bodas, que era la norma –señala–. Y aguantar era un término más asociado al marido: aguantar si era malo, si era vago, si te pegaba”. Lo que cambió, para la socióloga, es la manera misma de terminar una unión. “La salida tradicional de la unión matrimonial era la viudez, que implicaba la muerte de uno de los cónyuges. Mientras que el divorcio pone en juego el deseo de las personas para terminar con esa unión. Es un cambio cualitativo muy importante”, detalla. A ese giro se suma un factor que la demografía sigue de cerca: la esperanza de vida. “Cuando las personas tenían una esperanza de vida de 50 años, las uniones legales podían ser hasta que la muerte nos separe –plantea–. En cambio, cuando la esperanza de vida es de prácticamente 80 años, ese mandato puede ser más difícil de cumplir. O simplemente, las personas le dan curso al deseo de formar otras parejas”.Hay, por último, una mirada generacional que Lehner subraya. Estas personas que hoy tienen 60 o 70 años asistieron ellas mismas a los grandes cambios en las formas de vivir en pareja, y ahora miran a sus propios hijos. “Están viendo cómo sus hijos en la actualidad no se casan ni tienen descendencia, y entienden que ellos también podrían romper con los moldes sociales que les impusieron hace 35 o 40 años”, explica. El otro lado del silencioCharly M. –que pidió reserva de su nombre real– es contador, vive en Recoleta y nació en un pueblo bonaerense de 2000 habitantes donde su casa no tenía luz. Se casó en 1968 y se separó en 2011. Tiene dos hijos y cinco nietos. “Yo sentía que me faltaba algo, no sé por qué –recuerda sobre aquellos años finales de su matrimonio–. Mi esposa era una persona excelente, muy completa, además intelectualmente”. Pero un día cualquiera, en un local comercial del barrio, conoció a otra mujer. Pasaron apenas tres meses y tomó la decisión de separarse. Del otro lado, hubo silencio: “Mi exmujer no me dijo nada. Me escuchó, nada más”. Años después, ella le confesó que había sido el día más triste de su vida. De su propio lado describe una anestesia que todavía no se explica. “No se me movió nada por dentro al separarme”, lamenta, con algo de reproche hacia sí mismo. Como coordinadora del Departamento de Pareja y Familia de la Asociación Psicoanalítica Argentina y autora de La familia y la ley y Familias a solas, la psicoanalista María Fernanda Rivas distingue dos modos muy distintos de romper. Están las rupturas por desenamoramiento, donde el otro no aparece como alguien que provocó un daño de manera maliciosa y donde hay duelo, pero no necesariamente odio. Y están las que se precipitan por una desilusión traumática, con hechos puntuales que dejan una vivencia de afrenta al orgullo. “Lo imperdonable funciona como un refugio para el orgullo herido, exacerba el odio y a la vez provoca el aferramiento a la persona que se siente que es causante del daño”, describe la experta.Para Rivas, lo que se rompe a esta edad es, sobre todo, un ideal. En la base del matrimonio, explica, hubo siempre una promesa que excedía a la propia pareja: “En quienes hoy se divorcian pasados los 60 se resquebraja la ilusión de la unión ‘hasta que la muerte nos separe’, depositada en el nosotros que implica la vida conyugal y que cumplía la función de conjurar en pareja la enfermedad, la vejez y la muerte”. Esa promesa, de alguna forma, venía envuelta en un modelo que ordenaba lo que una pareja debía ser y sentir. “El paradigma del amor romántico y de la fusión atravesaban el armado de la pareja. También el mito de la media naranja, según el cual dos dejan de ser dos para transformarse en uno”, suma. Con los años, sostiene, ese ideal se volvió una carga, y muchos de los que hoy se separan todavía tienen que desprenderse de esos mandatos y pelear con la sensación de fracaso. El marco legal, para ella, tampoco es un detalle administrativo. “La ley es un fuerte creador de subjetividad”, sostiene. El divorcio vincular existe en la Argentina desde 1987, y el Código Civil y Comercial de 2015 eliminó la necesidad de invocar causales. Antes, con el divorcio por culpa, había que acusar al otro de adulterio, injurias o abandono, y era un juez quien decidía. “Predisponía psicológicamente a encuadrar al otro dentro del esquema bueno/malo, víctima/victimario”, explica Rivas. Hoy alcanza con la voluntad de uno solo de los dos. “Ya no es un estigma social estar divorciado”, resume.Un fenómeno con pinza dobleEl psiquiatra y psicogerontólogo Alejandro Bègue, coautor de Adultos Mayores en Transformación. No somos viejos, tenemos muchos años, toma el fenómeno con una pinza doble. “El divorcio, pasados los 60, puede leerse como una afirmación de que todavía hay vida y deseo por delante. Al mismo tiempo, es un final”, plantea. Un final que casi nunca es fácil. “Es el final de una historia que, en general, ha sido larga, de 30 a 40 años al menos, con lo cual han construido una vida juntos”, reflexiona. Por eso, cuando llega, casi nunca es una decisión liviana: “Puede ser algo liberador, pero también es un duelo”. Hay un lugar común que Bègue se ocupa de desmitificar: el que dice que la jubilación, el nido vacío o la menopausia empujan a las parejas grandes a separarse. Para él, esos son momentos que se atraviesan con normalidad y que suelen quedar sostenidos por los años de vínculo. Lo que sí puede quebrar una pareja, plantea, es que uno de los dos se niegue a envejecer m
Fuente: La Nación