El Mundial en el que aprendimos que es mejor escuchar a los chicos que darles voz a las porquerías

Un mensaje de WhatsApp se incrusta en el corazón del cronista: “¡Papá, me salió la de Messi!”, dice una vocecita más feliz que la felicidad. El reloj marca las 15.12 del miércoles, falta nada para que empiece Argentina-Inglaterra y la noticia (¡notición!) huele a premonición. Algo bueno tiene que pasar. Algo bueno va a pasar. Algo bueno pasó.La instantánea se pega a otro fogonazo. Ya pasaron dos días de la gesta de Atlanta y faltan dos para el último acto cuando otro mensaje de WhatsApp en un grupo de amigos trae la fuerza de la gratitud, un sentimiento que tiene menos ponderación que la que merece. Valen la pena esas líneas: “Muchachos: el domingo seguramente sea el último partido en la selección del tipo que nos hizo más felices con el deporte que más amamos. Son más de 20 años de historia de Messi en la selección, más de 200 partidos, 6 mundiales, copas América, eliminatorias, amistosos… La gran mayoría los vimos juntos, muchos incluso cuando ni siquiera teníamos hijos. Messi nos atravesó la vida. Le debemos todo. Así que el domingo, salga como salga, tiene que ser una fiesta. Los espero a todos en casa, en familia, a partir de las 10.30 que se prende el fuego hasta terminar abrazados en las calles, todos juntos, con los que están lejos también. Aguante Messi y Argentina”.El largo párrafo tiene la virtud de conectar con esa fibra que, como a Álex y sus amigos en este inolvidable viaje de 40 días mundialistas, empujó varias veces a millones de personas a las calles del país. Es ese hilo emocional que unió a los guerreros de la selección con una patria necesitada de afecto. Es lo que perdura, más allá de la derrota en la final. Porque ahora que los días van menguando el dolor del domingo emerge lo definitivo. Una sensación de plenitud y deber cumplido de todos: los que jugaron y los que alentaron. Al final, el fútbol se vuelve un instrumento de amor que atraviesa a cualquiera que se atreva a tocarlo. No lo entenderán nunca los que lo espían de costado, tapándose la nariz. Se lo pierden.Porque resulta que después del Mundial de nuestras vidas, venía uno mejor. No podíamos imaginarlo, pero sucedió. El de la reafirmación de la masculinidad sensible, la que abre caminos: si antes los hombres no lloraban, ahora parecen mares. A cara descubierta, como Messi. “Hace bien llorar, papá”, razona la niña feliz, sabia en un envase de cinco años. Ve ella cómo esos muchachos lloran orgullosos, afirmados sobre un aprendizaje emocional que no solo les permite exhibir sus lágrimas a cielo abierto; lo promueve. Porque el Mundial fue también una gira sentimental que tendió un puente afectivo entre los jugadores de la selección y los argentinos que vibraban aquí y allá.Es el día del partido. “La cuarta ya está en el corazón”, escribe un usuario en una plataforma de lanacion.com que invita al público a dejarle un mensaje al equipo. Las palabras sintetizan un sentir común: no importa qué pase unas horas más tarde, hay un triunfo que ya nadie les podrá quitar a los jugadores. Pasan dos días. El viraje de emociones se corona con la llegada de los subcampeones al aeropuerto de Ezeiza en una noche fría y lluviosa. Un día del amigo en el que la tristeza marida con aquella gratitud. Los mensajes en ese tono tapizan las redes sociales y la calle, donde la verdad es de carne y hueso: unos cuantos miles ovacionan a los jugadores y a Scaloni, que se desplazan en un bus descapotable. Las gotas los bendicen; ellos saludan, agradecen.La semana avanza. Y con ella, el aire empieza a ensuciarse. Las palabras edulcoradas ahora tienen gusto a sal. ¿Cómo puede ser? Un tsunami nacido en las usinas de las conspiraciones empezó a inventar razones que habrían llevado a la selección a verse obligada a entregar la final. Una mentira tras otra, esparcidas en las redes primero y cotejadas con el ceño fruncido luego por los medios tradicionales. Entonces, la cadena de responsabilidades exige poner el freno y analizar. ¿Dónde quedó el Mundial de la felicidad colectiva? ¿Por qué darles lugar a versiones que no tienen un mínimo anclaje de credibilidad? Mejor separar, la harina va para un lado y el trigo para el otro.Se sabe, el sesgo de confirmación descarta los datos que se oponen a nuestras creencias y se monta a los que confirman nuestras ideas, aunque resistan menos que una hoja lanzada al viento Zonda. ¿Pero pueden tantas personas elegir a la vez el camino de la autovictimización y creer que Messi y sus compañeros se entregaron sin pelear? Sería lógico y prudente que no, pero sí. Este cronista da fe: un video suyo publicado el domingo después del partido en las cuentas de redes sociales de LA NACION recibe miles de comentarios que van cambiando dramáticamente su tono. Al principio, ese mismo día y al siguiente, exudan gratitud; con el paso de los días plantean la duda, hasta luego acusar al emisor de “no decir la verdad”. Porque la FIFA, Trump, la ONU, Palestina y el mundo entero hicieron que Argentina perdiera. Tenés que decirlo, periodista. Vaya el mea culpa: a quienes ejercemos este oficio nos cabe la responsabilidad de haber replicado acríticamente cualquier porquería que circulara. Dice el diario inglés The Telegraph que “el fútbol le ganó a la delincuencia argentina” y nosotros copiamos y pegamos sin más. Dice un columnista de The New Yorker que “si este Mundial ha tenido un villano, ha sido Argentina” y le damos lugar. Como si la mirada extranjera, solo por ser tal, tuviera una estatura superior. ¿Qué credenciales tienen estos vociferantes de otras latitudes para acusar? En la mayoría de estos casos, tienen la habilidad de juntar palabras y nada más. O son figuras públicas de cualquier otro ámbito -actores, escritores, políticos- que se suben a la ola. Desconocen de qué va el fútbol, sus lógicas interiores y el contexto que le da sentido. Darle tanto cartel a esas voces huele a cipayismo. Así que mejor volvamos al comienzo. Que no nos quiten tan rápido del cuerpo el olor del mejor Mundial que jamás hayamos vivido. No perdamos la sensación de invencibilidad que nace del remo colectivo. Descartemos el ruido externo y recreemos la música que flotó en calles y plazas, en el campo y la ciudad. No esperemos cuatro años para volver a subirnos al mismo tren. No nos lo perdamos, aunque perdamos. “Papá, qué lástima que se terminó el Mundial”, se lamenta la niña hermosa. Y sí, qué lástima. Y qué desafío: si fuéramos capaces de vivir como en el Mundial, seríamos mejores. ¿Podemos hacerlo? Plantemos esa semilla: la ilusión de los que recién empiezan hace que valga la pena intentarlo.

Fuente: La Nación Deportes