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Juan Szafrán, el periodista de los desafíos: la vez que Vilas lo emocionó y la batalla por la vida en la que está “set iguales”
Nunca hubo ego en su forma de ser. Menos todavía en su manera de entender el trabajo. Le tocó, eligió ser periodista y un día conectó con el tenis, que le abrió las puertas del mundo y lo marcó para siempre. Para Juan Szafrán, “El Turco”, cada viaje se transformó en un nutriente para su inquietud y curiosidad de conocer. Esquinas, barrios, pero sobre todo, las culturas. Transitó por diarios, agencias, radio y TV. Se hizo un nombre, pero nada lo cambió. Disfrutaba de poder comprarse una pilcha nueva (“de chico no podía”), de conocer museos y de escuchar idiomas. Encontró en Marcela a su compañera de vida y juntos vieron crecer a Lucas, hoy con 31 y futbolista de profesión, aunque pudo ser tenista. Estaba realizado “Il Signore” (otro de sus apodos) en muchos aspectos, consolidado como comentarista de tenis en ESPN, y sería sin dudas motivo de orgullo de papá Tomás, ucraniano, y de mamá Tudina Pannone, romana, que se conocieron durante la Segunda Guerra Mundial y recalaron en la Argentina tiempo después. Pero algo le daba vueltas por la cabeza, a pesar de los consejos en contrario que recibía: vincularse con la gastronomía. Un día resolvieron con Marcela patear el tablero, con fuerza: dejaron todo y se fueron a España, a abrir su propio restorán. Los agarró la pandemia y acto seguido sufrieron lo que Szafrán denomina “una estafa afectiva”. Y como remate, un cáncer de vejiga que se logró controlar. “Estaba perdiendo y ahora estoy set iguales”, dice figurativamente.De regreso en Argentina, con 73 años, Szafrán no descarta volver alguna vez a Europa, no ya con un proyecto gastronómico. Pero Lucas permanece en Italia (su último club fue en Cerdeña) y abre una posibilidad estar cerca. Del mismo modo, siente que su carrera periodística no se terminó y que tiene ganas de seguir haciendo cosas. Es lo que le pide el cuerpo. Hay mil historias personales y profesionales en derredor suyo. No es de emocionarse, pero cambia de tono cuando recuerda un momento especial nada menos que con Guillermo Vilas…-¿El recuerdo más lindo que te haya dejado el tenis? -Es un agradecimiento a Guillermo Vilas. Me emociono pensándolo. Marcela, mi mujer, tuvo un inconveniente de salud en 2005: sufrió un ACV. Guillermo se entera. Suena el celular, atiendo. “¿Juan? Guillermo. ¿Cómo estás? Me enteré de lo que le pasó a tu señora. ¿Qué necesitás? ¿La tenemos que llevar a Nueva York? ¿Te hace falta plata? Estoy a tu disposición. Lo que necesites, llamame por favor”. Ese es Vilas. No hay nada más que decir. Marcela superó ese momento duro y tiempo después le pusieron un stent. La infancia y adolescenciaLa infancia de Szafrán fue en Corrientes al 1600 y cursó en el Roca. Su padre estuvo en el frente en la SGM –recibió medallas-, sufrió una esquirla de granada en la batalla de Monte Cassino y fue derivado a Roma para su atención. Ahí conoció a Tudina. Como no podía volver a Ucrania, tomada por el comunismo, deciden venir a Argentina. Primero llegó Tomás. Luego Tudina, desde una Italia que acababa de salir de Mussolini, y terminó trabajando en el hospital Argerich, donde nació Juan. Que recuerda: “Mi padre tenía dos trabajos. Nunca pude veranear con él. Siempre me iba con mi mamá un par de semanas a una casa que les prestaban en Mar de Ajó. Esas eran las vacaciones nuestras”. Los Szafrán pudieron mudarse a la zona de Catalinas Sur, en La Boca. Juan no pensaba en estudiar, sino en trabajar para colaborar con los gastos de la casa. Tuvo un lindo grupo de amigos del barrio. Hombre de calle y con un rumbo por conocer, se topó con el periodista Luis Conti en 1973; jugaba al billar con él en La Academia, en Callao y Corrientes, y le ofreció un trabajo en la Diputación de la Ciudad de Buenos Aires. Juntaba los recortes de los diarios donde hubiera una referencia a cualquiera de los representantes, para armar un informe cada mañana. Luis Serafín Cordeiro, director de prensa de la sala de representantes, que también oficiaba como gerente de noticias de Canal 13, escuchó su deseo: “Tengo ganas de hacer deporte”. Y le abrió las puertas de Télam. Fútbol de ascenso, de primera. Un paso por Noticias Argentinas, Diario Popular, y…¡la radio! “Un día me llamaron por una nota que había hecho. Fue el Cholo Gómez Castañón. Me ofrecieron incorporarme a Competencia. Había un gran equipo: Norberto Longo, que era el esposo de Emilse Raponi, número 1 del tenis argentino; Nicanor González del Solar, Quique Wolff, un hermano periodístico y de la vida; Julio César Calvo, Juan de Biase”.Szafrán llegó para hacer coberturas de fútbol, pero un desencuentro con un productor cambió todo. “Me salvó la vida”. Lo mandó a hacer golf y hasta fue a tomar clases al Campo Municipal para aprender de un deporte que no tenía idea; lo mandó a ver automovilismo y… “No sabía lo que era una bujía. Me dio una gran mano Juan Carlos Valenzuela y zafé, pero ya no quería más estar así. Y quería renunciar, se los dije a los dueños. Me pidieron calma”. Y llegó el día crucial. “De la nada, me mandaron a cubrir tenis al Buenos Aires Lawn Tennis. Y hago una buena nota con Adriana Villagrán. Que tuvo impacto por diferentes motivos y, además, se tocó el tema del lesbianismo, algo de lo que se hablaba muy poco. Coincide con que Longo dice ‘no viajo más’ y tenía la idea de irse a vivir a Miami. Y Claudio Monfort, productor general, al que eternamente le estoy agradecido, me llamó y me dijo: ‘El tenis es tuyo’. Y a partir de ahí, empezamos con los viajes”. -Te movió la estantería.-Es que viajar no estaba en mis cálculos. ¡Los viajes me nutrieron de tantas cosas, asimilé tanto! Y aparte, ponele, en vez de regresar a la Argentina después del Abierto de Australia, me preguntaba: “¿Qué lugar cercano no conozco? Nueva Zelanda. Bueno, voy a ver cómo es la cultura neozelandesa”. El viático que me ganaba lo invertía. Terminaba Roland Garros y había dos semanas hasta Wimbledon. No conocía Suecia, y me iba a Estocolmo. O a Dinamarca. Cualquier rincón de Europa. Y no sólo por el aspecto turístico: miraba el comportamiento de la gente. Me encantaba eso. Fui a ver una Copa Davis a Checoslovaquia, terminaba la serie y me tomaba un tren a Viena. Y un día terminé en Moscú: quería ver cómo era Rusia. Y así hay infinidad de situaciones que me alimentaron mucho. Si hubiese sido por uno mismo no hubiese tenido esta oportunidad. -Se abrió una puerta impensada en tu vida.-A la profesión y al deporte, en este caso el tenis, le estoy eternamente agradecido. Me dio unas posibilidades fantásticas. Después estaba en uno crecer o no en la profesión. Dos locutores de radio, como Luisito Schendfeld y Ricardo Martínez Puente, me decían: “Agarrá un libro, ponete un lápiz entre los labios y leé de esa manera. Te va a parecer horroroso, pero te va a dar un movimiento de la lengua para mejorar increíble”. Y yo me ponía delante del espejo y practicaba para dar bien en radio y más adelante en televisión.-¿Radio o televisión, qué te gusta más? -La radio. Más que la tele o escribir. Pero la radio también hoy cambió, ¿no? Antes, vos imaginabas cómo era tal periodista o tal locutor o locutora. Yo escuchaba mucha música y me preguntaba cómo era Graciela Mancuso, que trabajaba con Juan Alberto Badía. O Nucha Mengual o Fito Salinas o Pedro Aníbal Mansilla. ¡Qué voz! -De Continental pasaste a Del Plata.-Sí, porque Víctor Hugo Morales llegó con su equipo y en el tenis estaba Guillermo Salatino. Una semana y media después de irme, iba caminando por la avenida Santa Fe para comer en La Gata Alegría, del Pato Pastoriza. En la puerta, estaba Marcelo Araujo, que me dice: “Estaba pensando en vos”. Hasta hoy nunca supe si fue verdad o no, jajaja. “En días empezamos en Del Plata. Te necesitamos para hacer tenis”. El equipo era con Fernando Niembro, Adrián Paenza, Diego Bonadeo, el Negro Eguía, Raúl Delgado, Alejandro Fabbri.
Fuente: La Nación Deportes