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Consiguió sus primeras máquinas de fotos gracias a cartoneros y hoy exhibe más de 3000 en su museo
El ritual tiene lugar cada jueves, a las 20, en el Museo Fotográfico Simik, en el barrio de Chacarita. Los socios de este club no necesitan instrucciones porque ya conocen las reglas. Muchos de ellos han participado de estos encuentros anteriormente cuando se reunían a intercambiar ideas sobre el mundo de la fotografía y las cámaras antiguas. “¡Vuelve el Club de Fotógrafos! Si tu cámara de cabecera es analógica y tiene unos añitos, este espacio es para vos”, anunciaron desde el museo a fines de mayo. Con gran expectativa, varios de los miembros antiguos del club regresaron mientras que otros nuevos se sumaron con la curiosidad de conocer el lugar y de participar de las charlas y debates gratuitos.“El Club de Fotógrafos de los jueves tiene su predecesor en el Club de Fotógrafos con Cámaras Antiguas que organizamos hace más de veinte años. Con ese grupo hicimos varias muestras fotográficas que mezclaban a alumnos, aficionados y fotógrafos profesionales”, recuerda Alejandro Simik, coleccionista, fotógrafo y creador del museo (ubicado en Federico Lacroze 3901).En aquel momento, los integrantes de ese primer club organizaban safaris fotográficos y salían a la calle con cámaras antiguas al encuentro de postales que merecieran ser inmortalizadas. “Antes de cada excursión, establecíamos un tema y, cuando volvíamos, hacíamos una puesta en común entre todos para hablar de la experiencia”, detalla el director del museo.Uno de los proyectos más importantes que realizaron juntos fue la muestra Cámaras de ayer, imágenes de hoy que se realizó en 2006, en el Centro Cultural Recoleta. Las fotografías también fueron plasmadas en un libro que se distribuyó de forma gratuita junto a información técnica de los invitados y de las cámaras utilizadas. Las mismas datan de fines del siglo XIX y principios del XX y hoy son exhibidas en el museo. “Hicimos retratos a personalidades de la época, como Eleonora Cassano, Marta Minujín, Carlos Alonso, Osvaldo Bayer, Aldo Sessa, China Zorrilla y Estela de Carlotto. A cada uno le sacamos fotos con cámaras clásicas”, recuerda Simik. Algunos de los modelos que usaron fueron una Goerz Anschutz box form alemana de 1892, una Kinax Alsace francesa de 1950 y una Sanderson Regular Deluxe inglesa de 1896.Tras la realización de este importante proyecto, poco a poco el Club de Fotógrafos con Cámaras Antiguas fue discontinuándose hasta desaparecer. Esto fue así hasta que, a principios de este año, Analía, la hija de Simik, decidió retomar el club, pero con un concepto diferente: crear un espacio en el que todos los jueves apasionados y profesionales de la fotografía pudieran reunirse a charlar y debatir alrededor de un tema vinculado a su práctica. Historia, conservación y el uso de los distintos modelos de cámaras analógicas fueron algunos de los temas que abordaron en los últimos meses.“Después de aquel primer proyecto, había quedado un hueco en el museo y quisimos activarlo nuevamente. Así fue que, con mi hija, retomamos la idea del Club de Fotógrafos y, poco a poco, estamos resucitando las reuniones. La verdad es que las teníamos abandonadas. Actualmente, ella organiza los encuentros, se encarga de gestionar los invitados y de manejar el calendario de charlas que vamos a dar. Está a full con ese tema”, añade con orgullo Simik.Abel Alexander, reconocido coleccionista e historiador de fotografía antigua, fue invitado recientemente y, en una divertida velada, se animó a desandar el camino de la fotografía en la Argentina frente a un público que participaba con comentarios, anécdotas y preguntas. Durante las últimas semanas, también hubo charlas sobre “fotografía con cámaras Holga” y sobre “conservación y preservación de las fotos antiguas”.Uno de los temas que más desvela a Simik y a los integrantes del club de los jueves es cómo se preservará el patrimonio fotográfico en el futuro ya que, a pesar de que hay millones de fotografías en circulación gracias a los celulares, nunca se conservó tan poco material de archivo. “Me pasa en mi propia vida, que todo el tiempo saco fotografías con el celular y no me queda nada. Es más, ahora me estoy tomando por costumbre que las cosas importantes o que me parece que hay que registrar las voy poniendo en alguna red social porque creo que ahí van a permanecer. De hecho, por ejemplo, aún no tengo un álbum con fotos de mi nieto. ¡Y ya tiene ocho años (risas)! Tengo los álbumes de cartón ya comprados para colocarlas, pero todavía no las imprimí. Es impresionante lo que está sucediendo”.El ámbito para los encuentros del club no podría ser más propicio, ya que en el Museo Fotográfico Simik no solo se exponen una colección de más de tres mil cámaras antiguas, cientos de fotografías y daguerrotipos, sino que también funciona el bar notable El Palacio, por lo que las charlas pueden ser acompañadas por un café, una pinta o alguna minuta. “Siempre combiné mi lado cultural y creativo con una parte económica para poder mantenerme. El museo está montado dentro de un bar para poder sustentarse económicamente, sino sería muy difícil. Vivimos del cafecito y de lo que consume la gente. Y eso también fue lo que me abasteció para poder comprar las cámaras”, cuenta.Antes de ser dueño del museo-bar, Simik fue fotógrafo y, antes de eso, bombero. Esta primera profesión fue la que lo hizo entrar en contacto con distintas realidades sociales y lo llevó, posteriormente, a conocer el mundo de los cartoneros, quienes fueron sus primeros proveedores de cámaras antiguas. “Trabajé en las distintas etapas que atraviesa un bombero. Primero, fui parte de la etapa preventiva, en la que se pone el foco en educar a la comunidad para que no se produzca un incendio. Se trata de dar consejos y compartir planes de seguridad y evacuación. Después viene la parte operativa, que es apagar el incendio una vez producido. Trabajé en distintos cuarteles de la Ciudad y en el destacamento de la autopista. Esa fue la parte más fea porque la mayoría de los accidentes en autopista son trágicos”, recuerda.Luego de este recorrido, Simik llegó a la etapa investigativa y allí descubrió su pasión por la fotografía: “Yo iba a hacer las pericias y lo hacía acompañado por un fotógrafo. En esos momentos, aprovechaba para preguntarle: ‘¿Cómo hacés esta foto? ¿Cómo hiciste aquello?’. Así fue surgiendo mi inquietud”. A medida que su pasión por esta práctica crecía, abandonó el mundo de los bomberos para sumergirse en el de las fotos. Tomó clases con maestros, como el fotógrafo italiano Aldo Bressi, y pasó a dedicarse de lleno a esta profesión. “Probé con todas las facetas de la fotografía. Hice desde sociales, con bautismos y casamientos incluidos (risas), hasta publicitaria. Pero lo que más me gustó siempre fue la fotografía callejera, tipo documental. No me gusta demasiado estar detrás del escritorio retocando fotos o en el laboratorio, me gusta la acción. Llegué a tener mi estudio, pero prefiero estar en la calle”, expresa.La combinación de estas dos profesiones hizo que en 2004 fuera convocado por el Departamento de Investigaciones Periciales de Bomberos para que sacara fotos del boliche Cromañón luego del incendio. Las mismas serían aportadas como prueba para que la Justicia pudiera investigar el caso. “También documenté en fotos cómo es la vida de un bombero en el cuartel: desde que entran, cocinan, cuando se suben al autobomba y el equipamiento que usan, hasta que salen hacia el incendio”.Otro de sus proyectos fotográficos fue retratar el camino que recorrían los cartoneros en el tren blanco en 2001. “Conocí a muchos cartoneros al hacer esta serie de fotos y quedé en contacto con algunos de ellos. Dentro de la basura solían encontrar una gran cantidad de cámaras y de fotos. Ellos me llamaban y yo se las compraba Me asombraba que apareciera tanto material interesante. Fue ahí que me empezó a interesar más la parte investigativa de las cámaras: cómo se manejan, cómo funciona un fuelle o aquellos modelos que parecen una locomotora. Esas cosas son muy interesantes y fue un desafío”, cuenta.El Museo Fotográfico abrió sus puertas en 2002, pero fue un año antes cuando Simik se animó a inaugurar su primera vitrina para que los habitués del bar, que iban a jugar al pool y al billar, pudieran verla. “En esos primeros estantes coloqué entre treinta y cuarenta cámaras. A partir de ahí fue la propia gente quien me dio el aliento para seguir porque venían y me decían: ‘¡Qué lindo! Yo tengo una cámara de mi abuelo en el altillo o en el galponcito del fondo, te la traigo’. Así fue que la propia gente me impulsó. Igual, siempre me gustó tener cosas antiguas. De chico me gustaban los aparatos, como los manómetros, los amperímetros de auto chiquitos y los elementos de relojería. Todo eso me parece muy interesante”, recuerda.Simik también confiesa que le gusta coleccionar fotografías antiguas y distintas emulsiones, como daguerrotipos, ferrotipos y ambrotipos. “Me parece asombroso que (a fines del siglo XIX) hayan logrado capturar una imagen. Personalmente, las cámaras que más me gustan son las de madera porque tienen un misterio especial”, revela.Actualmente, el Museo Fotográfico Simik cuenta con una sucursal más pequeña en el barrio de San Telmo (Perú 614), que fue inaugurada en 2021. “Nosotros teníamos una panadería chiquita en la zona y, cuando tuvimos que renovar el contrato, conseguimos un local a unos veinte metros que tenía el doble de tamaño. Entonces, allá armamos el otro museo, que es mitad bar y mitad panadería. Ahí tenemos las dos cosas juntas. Un museíto con diez mesas y, lo más importante, una colección de 800 cámaras distribuidas entre vitrinas, paredes y mesas”. Algunas de las joyas que se exhiben en esta sede son las cámaras fotográficas de avión, entre las que se destaca una que perteneció al diario La Prensa. Con ella se hacían trabajos de fotografía aérea e inteligencia. “Es muy interesante todo lo que hay allá. Aparte, está ubicado en pleno centro y es visitado por una gran cantidad de turistas. Este museo es más moderno que
Fuente: La Nación