“El artista te da la posibilidad de enamorarte de la vida”

La luz de la canción que le dedicó su padre. Los libros que le daba su madre iluminando también el camino -uno, clave, sigue ahí en su mesa de luz-. Y el dar a luz. “Soy Vera, y soy mamá”, se definirá la menor de los Spinetta casi al final de la charla. Esa es la certeza, la sensación de tierra firme sobre la que podrá invocar la incertidumbre para su polifacético trabajo como poeta, música y actriz, como artista que disfruta los bordes. “Me gusta ese espacio indefinido que es donde estamos los seres humanos cuando vivimos. Que no sabemos qué nos pasa, lo tenemos que descifrar. Esa indefinición, esa incertidumbre es lo que nos permite la duda, el deseo, la curiosidad y también la entrega”.—Venís de una temporada de mucha actividad, ¿no?—Sí y lo más apremiante y difícil fue el cambio de colegio de mis hijos, porque este año volví a Capital. Un momento de mucho cambio, está buenísimo, pero llevó mucha energía y dedicación.—¿Por qué te volviste? —Es que vivía en Maschwitz y, entre ensayos, trabajo y rodajes, se complicaba muchísimo. Un tetris entre eso y los chicos y los colegios. Estuve cinco años allá y lo disfrutamos muchísimo, y ahora volver a Capital fue todo un asunto. Y por otro lado, a comienzos de año hice teatro [la obra de Rita Cortese, No tiene un desgarrón]. Todo al mismo tiempo. Siempre es así, todo al mismo tiempo. Creo que siempre hay algo un poco desmedido en la entrega, en el compromiso con lo que a uno le gusta. Y coexiste con ser madre, que está en primer lugar. —No te gustaba dar notas. ¿Te sigue pasando?—Me da un poco de pudor hablar de mí. Me pasa lo mismo si voy a una reunión, con gente que no conozco, no sé de qué hablar. Me encanta actuar y me encanta subirme a un escenario, pero me cuesta yo, Vera, ponerme a hablar. —Cómo fue tu camino artístico, porque sos actriz, pero también editaste un libro de poesía y por supuesto está la música. ¿Cómo te definís?—Con el tiempo acepté que hago teatro, pero también música y también escribo. Voy navegando por lugares distintos, pero es un poco lo mismo, la expresión, que es lo que conozco, por mis padres, mi familia, mis abuelos, es el lenguaje común. Desde muy chica lo tuve claro. Pero lo primero fue la danza, mi primer enamoramiento de una disciplina que tuviera que ver con lo artístico... —¿Danza clásica?—Sí, y después un poco de contemporáneo. Era fanática de la música clásica, desde muy chiquita. Compartía ese amor con mi mamá, que era una gran melómana de la música clásica. Después descubrí que me podía disfrazar para bailar y que podía interpretar cosas y apareció la actuación, me copaba con personajes de películas y los interpretaba, bailaba a través de ese personaje. Así se fue abriendo camino ese otro juego más intenso, en el que podía juntar la música, la danza, las palabras. Y más o menos a los 13, 14 años me dije que definitivamente quería ser actriz y empecé a estudiar. Fue hermoso porque descubrí que se puede formalizar eso, se le puede dar un marco para luego jugar, pero con una estructura. Y la música fue algo que también estuvo siempre obvio, quizás lo que más estuvo. —Y las palabras, la poesía, la canción…—Me encantan las palabras, empecé a escribir muy chica, quizás tenía 10, 11 años. Ahora un poco lo veo en mi hija Eloísa, que tiene 11, y hace como dos años que escribe canciones y poesías. No la presiono, es algo que aprendí de mis padres, dejar que sea un juego y ver cuándo y cómo uno quiere profundizar. Después mi papá me invitó a cantar con él, a mis 13 años.—Él te consideraba música, antes que vos misma. —Sí, tenía fascinación con la facilidad que siempre tuve, por estar rodeado de ellos, que son todos unas bestias. “‘Vos sos músico’, me decía, ‘¿cómo puede ser que reniegues?’”. Yo dejaba eso para los hombres de la familia. Es algo que pensé después; como mujer feminista vas entendiendo cómo se ceden espacios por preconceptos. —Respecto a esto que decís de la mujer, en tu casa tu madre era una persona fundamental. Una artista tremenda, una madre tremenda, pero con muy poca exposición, como si fueran los hombres los que tienen que brillar. —A mi mamá le gustaba el anonimato, el bajo perfil, y su obra estaba a través de mi papá. Creo que tiene que ver con el lugar histórico del hombre. Pero hablando de mi mamá, creo que ella de verdad no quería que nadie la conociera. Con los años pude ir entendiendo, y hablándolo con ella. Le preguntaba por qué nunca había publicado, porque era increíble, y su nombre no sale en las composiciones de determinadas canciones. Pero ella tenía muy claro que no quería que la conocieran, era muy cuidadosa de la intimidad de nuestra familia. También fue importante para que mi papá pudiera tener ese lugar tan heavy en la sociedad y a la vez cuidar mucho a la familia y su intimidad, que seamos una familia normal. Eso estuvo buenísimo para nosotros, para poder discernir entre la exposición y la vida real, porque puede ser muy complicado lidiar con eso. De hecho a mí me cuesta, y no me expusieron de chica, me cuidaron mucho. —Igual tienen rasgos muy parecidos, eso es inexorable...—Nos delata la cara, sí o sí. —Ni hablar del apellido. —No podemos escapar. Pero a la vez los cuatro, mis tres hermanos y yo [N. de R.: Dante, Catarina y Valentino], decidimos tener una vida pública, por las disciplinas que elegimos. También lo pienso mucho respecto de mis hijos, cuándo estarían preparados para salir al mundo y exponerse. Es complejo. Y más en el mundo de hoy. —¿Cuánto saben tus hijos de quiénes son? —Azul, que tiene cinco, poco. Sabe que mucha gente ama al abuelo Luis, que es muy especial para muchos, no solo para nosotros, pero no sé cuánto dimensiona. Escuchamos mucho su música, se sabe riffs de guitarra y toca la batería y canta muy bien. Eloísa lo tiene más sabido, porque la gente le dice cosas sobre el abuelo, desde el amor, obviamente. Ella lo lleva muy bien, porque le gusta mucho que la miren; es una luz, muy magnética, muy tremenda, muy talentosa, dibuja increíble, canta increíble. “Siento que las personas que uno ama tanto están de otras maneras, pero están; siento una conexión que va más allá de lo material o de lo corpóreo, lo siento en mí“—Alguna vez dijiste que no veías mucha conexión entre la composición tuya y la de tu padre, pero aparecen algunas palabras, como “luz”, y justo nombraste que tu hija era luz, ¿no hay un vínculo ahí? —No sé, creo que es la búsqueda de algo más profundo que la palabra en sí, capaz es lo que para mí o para mi familia significaría. Esa luz, o lo luminoso, va más por un compromiso con el amor, con la bondad, con la pureza, con hacer las cosas de corazón, con dar cosas lindas al mundo. El trato, para mí, es fundamental, tratar con amor, con respeto, creo que eso engloba la palabra luz, algo del amor por el prójimo, por lo que nos rodea, por el mundo, por cuidar. Uno piensa en el contexto, en las guerras, y decís, ¿qué puedo hacer para que la cosa sea un poco más linda? Dar paz, dar un abrazo, hacer obras…—Canciones…—Sí, el impacto de lo artístico es mucho más profundo de lo que uno puede ver y está subvalorado. Con mis padres y mis hermanos aprendí cómo ser buena gente, o tratar de serlo, intentar ser una versión linda de uno mismo, mejorar, pulirse. —En 2018 fue tu debut de cine como protagonista en Soledad, de Agustina Macri, en 2019 salió tu libro de poesía, Eclosión, en 2020 tu disco, Terso; perdiste a tu madre, un poco antes a tu padre, todo en pocos años ¿Fue muy intenso?—Sí, mucha data, muchos duelos. Pero mi vida es intensa, lo tengo aceptado y me gusta. Me gusta la intensidad, me gusta el deseo, me gusta que la vida sea ahora. A veces cuesta un montón, a veces simplemente lo que se puede hacer es seguir existiendo, y no mucho más, porque la vida es compleja, pero me gusta la expansión, y me gusta aprender. Creo que cuando se muere esa curiosidad, estamos al horno. Por eso, hubo cosas que yo sabía que quería y no esperé ni el momento indicado, ni nada. Si quiero algo, lo deseo, voy hacia ello. Ahora creo que tomo decisiones un poco más conscientes. De chica era muy impulsiva, muy arrojada. —¿Cómo fue ser madre tan joven?—Un desafío enorme. Mis amigas vivían aun con los padres y yo estaba en pareja, casi casada, con una bebé. Y el laburo, trabajaba 500 horas por día; mientras filmaba la amamantaba. Una vida de persona grande y era casi adolescente. Pero la llegada de Eloísa fue el regalo más grande que me dio la vida. Algo de eso que decía del amor, de la entrega, de la empatía, lo aprendí con ella. Lo terminé de asimilar teniendo una hija. El desafío de criar a una mujer en este mundo es un montón. La llegada de Elo me corrió el eje de mí misma, porque aunque mi obsesión con las cosas que me gustan sigue siendo total, ella está en el puesto uno de obsesión. Es correrse del centro para cuidar a un ser humano que es mucho más importante que vos, porque lo amás más que a vos mismo. El desafío es conjugar la vida propia y la vida siendo madre. Yo soy una madre, sí, pero también soy una persona y una mujer; creo que lo logro. Y conté con Pedro, el padre de Eloísa, que es el mejor padre del mundo. Algo que no es tan común. —Antes decías algo del rol de la mujer en tu casa, en tu familia... El legado artístico de tu padre hoy lo maneja tu hermana. Un trabajo delicado, sumamente difícil. —Quirúrgico, diría. —¿Lo charlan entre los cuatro? —Confiamos absolutamente en el criterio de Cata, que es la cuidadora oficial de la obra de mi padre. Pero hablamos todo, nos vemos, nos juntamos, charlamos de todo, las decisiones son en conjunto. Cata es la que va adelante; es una flecha, una bestia. Mi papá le dio ese lugar, se lo encargó, implícitamente, pero se lo encargó. Porque sabía cómo es ella, muy tenaz, muy capaz, brillante, es perfecta para defender esa obra y llevarla a la expansión. Al lugar justo.—¿Fue un peso para ustedes llevar este apellido? —Para mis hermanos no lo sé, para mí sí, porque la vara está muy alta y soy muy exigente conmigo. Creo que tiene que ver con ese d

Fuente: La Nación