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Y un día, la derrota se festejó como un triunfo
Se llegó alto. Pero la ambición era llegar a lo más alto. De allí la frustración que sobrevino a la derrota. La selección argentina enfrentó un equipo que jugó mucho mejor y nos cortó el ascenso a la gloria, cuando estaba tan cerca que ya la dábamos por nuestra. Es un grupo maravilloso y merecía la gloria. Pero no mereció ganar el partido. Se perdió con justicia. Hubo corazón. Faltó fútbol.Hubo corazón para defender, no para atacar. No hubo hambre de gol y no se buscó el arco. Los nuestros, incluido Messi, estaban como perdidos. Fue un partido raro, tan distinto a lo esperado. Lo atribuyo al cansancio y las lesiones. Y, sobre todo, a la dinámica admirable que desplegó el rival. No compro la lectura conspirativa, no los vi arrugar ni ir a menos. Pero sí jugar mal, sin encontrarse, tal como en partidos anteriores remontados a fuerza de no darse por vencidos. Y muy lejos de la exhibición que dieron en la última media hora del partido contra Inglaterra, que selló una semifinal festejada como una final. El climax se anticipó y eso tal vez incidió en el equipo. Es difícil, desde tan arriba, mantener la cuerda tensa e ir por más. A la tensión le sigue la distensión, es una reacción física.Los nuestros buscaron a su hinchada para hacer con ella el primer duelo por la derrotaPese a haber perdido la Copa, en medio de la desazón, la hinchada argentina festejó sus colores. Raro también, una derrota que se asume como un triunfo. Esa muestra de orgullo, de adhesión al equipo, consoló a los jugadores, que devolvieron el gesto con una actitud que se malinterpretó. Me hubiera gustado que la selección aplaudiera a los ganadores, pero creo que la espalda que les dio a los españoles mientras recibían los premios no fue un desplante. Olvidados del acto oficial y de cualquier protocolo, los nuestros buscaron a su hinchada para hacer con ella el primer duelo por la derrota. Fue un rito al margen de todo. Una ceremonia aparte. Uno de esos momentos en los que sentimientos complejos y contradictorios abruman el ánimo, y en los que uno quiere estar con los suyos. Desde las gradas, en medio de la intimidad de ese duelo compartido, volvió a bajar un poderoso sentimiento de gratitud que después se multiplicaría en el Obelisco y en distintas plazas del país. Gloria a los derrotados.La emocionalidad al palo del hincha argentino había despertado simpatía en aquellos lugares donde jugaba la selección. Fuimos la hinchada más ruidosa, la que concitaba más atención. No sé cómo, pero de pronto la simpatía dio paso a una ola de rechazo. Eso es lo que se vio en las redes, algunos dicen que a raíz de una campaña impulsada por Rusia. El punto de inflexión quizá fue la bandera de Malvinas que los jugadores desplegaron en la cancha tras vencer a Inglaterra. A mí el gesto me recordó la pancarta contra las pasteras que Evangelina Carrozzo paseó en bikini en medio de una cumbre internacional en Viena, en 2006. No me gustó. Pero el reconocimiento que dijeron haber sentido los olvidados excombatientes me hizo repensar. En todo caso, el hecho fue criticado como un inadmisible acto de rebeldía. Es posible que el estilo argento moleste por irreverente. Somos, a mucha honra, para bien y para mal, insumisos. Se nos critica por orgullosos, por creernos más o únicos, y algo de eso hay. Lo raro es que se apoyen para eso en un equipo cuyos líderes son el colmo de la modestia. En un video que circula en las redes, un periodista le pregunta a Messi cómo hace para llevar la pelota tan cortita. “La verdad que no hice nada, fue Dios quien me hizo jugar así”, responde el diez con sinceridad. Tanto él como Scaloni viven sacándose el mérito de encima. Por eso no se entiende que Pérez-Reverte dijera, aun con ánimo de defender al país de los ataques, que esta selección representó solo “a la parte más violenta e irracional de cierta detestable sociedad argentina”, cuando es un orgullo nacional que refleja nuestras mejores virtudes. ¿Hubo excesos reprochables? Sí, los hubo, en especial los empellones y cruces con jugadores españoles que protagonizaron Paredes, Molina y Roberto Ayala tras la derrota, signos de impotencia que por suerte no pasaron a mayores. Agresiones para lamentar, haya habido provocación previa o no. Pero la mayor parte de los ataques a la argentinidad se montaron sobre prejuicios, y ni hablar de la insólita acusación de ser uno de los países más racistas del mundo, hecha en algunos casos por ciudadanos de países con historia imperial que diezmaron África y mantuvieron, hasta hace no tanto, crueles leyes de segregación racial. La movida antiargentina que inundó las redes por estos días demostró que, una vez que los algoritmos difunden un tema con la dosis suficiente de odio y resentimiento, la ignorancia hace el resto y la ola crece hasta pasar a la cobertura de los medios más importantes y a la boca suelta de influencers y celebridades que se suman a la estigmatización sin conocimiento alguno y sin medir las consecuencias. En las redes la realidad estalla y los necios se fabrican la propia.Pero las redes, al mismo tiempo, ofrecieron conmovedores testimonios de extranjeros que valoran muchas cualidades de los argentinos, como la calidez, el sentido de la amistad y la tenacidad en las malas. Ese tesón para no rendirse, para dar la lucha en equipo, es una de las grandes lecciones de esta selección. La última llegó en la final: el éxito no siempre equivale a ganar. El domingo, el país festejó una derrota en honor a una serie de principios. Algo, para mí, inédito. Señal de que quizá seamos capaces, como sociedad, de aprender algo de todo esto.
Fuente: La Nación