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A un mes del doble terremoto, Venezuela enfrenta una tragedia sin final
CARACAS.– Una sensación permanente de sobresalto sigue acompañando a quienes sufrimos las terribles sacudidas del doble terremoto que asoló la región central del país. El estruendo de un camión, los truenos durante una tormenta o el simple golpeteo de una ventana bastan para revivir aquel instante en el que muchos temimos perder la vida. Hoy no se recordarán los 243 años del nacimiento de Simón Bolívar, el hombre cuya gesta libertadora marcó el destino de esta nación; la fecha quedará inevitablemente asociada a un aniversario mucho más reciente y doloroso: el primer mes desde que un doblete sísmico sacudió la región con una fuerza devastadora, dejando tras de sí una estela de dolor, pérdidas humanas y materiales de la que será difícil recuperarse.Las cifras registran, hasta ahora, 5398 fallecidos y 16.740 heridos. El número de desaparecidos, en cambio, sigue siendo incierto y, ante la ausencia de un conteo oficial, numerosos portales de búsqueda estiman que podría superar las 40.000 personas. Sin embargo, los números apenas logran reflejar la dimensión de esta tragedia. Detrás de cada cifra hay una historia, una familia y una vida truncada. Quienes tuvimos la fortuna de salir ilesos hemos sido testigos, a través de las redes sociales, de relatos desgarradores sobre familias enteras que desaparecieron bajo los escombros y de personas que, por uno de esos giros inexplicables del destino, lograron sobrevivir mientras perdían a sus seres más queridos.La esperanza de encontrar sobrevivientes entre los escombros de edificios y viviendas destruidas se mantuvo viva durante los días posteriores al sismo. Gracias a la rápida y abnegada labor de rescatistas y voluntarios que se incorporaron de inmediato a las tareas de búsqueda, 6461 personas fueron rescatadas con vida. Sin embargo, para miles de familias, esa esperanza dio paso a una dolorosa misión: recuperar los cuerpos de sus seres queridos para ofrecerles una despedida digna. Algunas ya han podido hacerlo; otras continúan esperando que la remoción de los escombros permita hallar a quienes aún permanecen sepultados bajo el concreto. Mientras tanto, unas 23.000 personas que perdieron sus hogares sobreviven en campamentos improvisados. Quienes trabajan como voluntarios, llevando asistencia de todo tipo —desde alimentos y artículos de higiene hasta apoyo psicológico— describen estos lugares como lo más parecido a un escenario de guerra. Familias enteras, adultos mayores, mujeres embarazadas, niños y mascotas conviven hacinados bajo tiendas de campaña, compartiendo espacios reducidos en medio de condiciones complejas. Al recorrer las zonas devastadas por el derrumbe de edificios y viviendas, el sentimiento que predomina es una profunda desolación. “La mirada de quienes hacen fila para recibir alimentos parece perdida. Detrás del agradecimiento por la ayuda recibida, se percibe una honda preocupación por un futuro incierto y por la sensación de haber quedado sin rumbo”, comenta una voluntaria que lleva días consecutivos colaborando en la distribución de ayuda.Si algo ha quedado fuera de toda duda en medio de esta tragedia, ha sido la extraordinaria respuesta de los venezolanos. Desde las primeras horas posteriores al terremoto, una inmensa red de organizaciones, empresas, iglesias, universidades y grupos comunitarios se movilizó para llevar ayuda a los afectados, y un mes después ese esfuerzo continúa. Resultaría injusto intentar enumerar a todos los que han contribuido, porque la solidaridad se ha manifestado en innumerables formas. Instituciones con larga trayectoria en la atención social, como Cáritas y el Dividendo Voluntario para la Comunidad, se convirtieron en puntos de encuentro para canalizar la ayuda, respaldadas por una participación juvenil que ha destacado por su compromiso. Al mismo tiempo, surgieron iniciativas destinadas a atender las más diversas necesidades: desde redes de donantes de sangre y plataformas para localizar a desaparecidos, hasta programas de apoyo psicológico y campañas para suministrar prótesis y asistencia especializada a quienes sufrieron amputaciones o lesiones permanentes. En medio del dolor y la devastación, ha emergido con fuerza una sociedad que, aun en las circunstancias más adversas, encuentra en la solidaridad una manera de acompañar a quienes lo han perdido todo. La tragedia dejó al descubierto la fragilidad de la Venezuela actual. Con un Estado que quedó desnudo en su incapacidad y desbordado por las necesidades de la población afectada, la ayuda internacional se convirtió en un soporte indispensable. Organismos como la ONU, la OEA y la Unión Europea, junto con países de América, Europa y Asia, enviaron rescatistas, personal médico, hospitales de campaña, insumos y recursos para atender la emergencia. Entre ellos, Argentina, que aportó equipos de rescate, ayuda humanitaria y periodistas que contribuyeron a mantener la atención internacional sobre la catástrofe. La necesidad de ese apoyo sigue siendo evidente. Uno de los ejemplos más claros es el del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, principal puerta de entrada y salida de Venezuela, que sufrió severos daños estructurales y vio suspendidas sus operaciones comerciales. El país ha tenido que depender de terminales alternas para mantener parte de su conexión con el exterior, mientras avanzan los trabajos de recuperación. La rehabilitación de la infraestructura aeroportuaria se desarrolla con el respaldo de alianzas internacionales y organismos especializados, y se espera que se restablezcan operaciones limitadas hacia finales de agosto. La situación de Maiquetía ilustra la magnitud del desafío que enfrenta Venezuela: reconstruir no solo viviendas y servicios básicos, sino también infraestructuras esenciales para la movilidad, la actividad económica y la comunicación con el resto del mundo. Por ello, la solidaridad internacional continuará siendo un factor determinante en el proceso de recuperación del país.El primer diagnóstico económico de alcance internacional sobre la tragedia llegó el día de ayer con la publicación de la evaluación rápida de daños del Banco Mundial. El organismo estimó en 19.600 millones de dólares las pérdidas físicas directas ocasionadas por los terremotos. El informe advierte que, sin un proceso de reconstrucción suficientemente rápido y financiado, el impacto sobre la productividad, el consumo y el crecimiento económico del país podría prolongarse durante la próxima década. Todas estas cifras, inmensas y difíciles de imaginar, al final están representadas en lo que será el futuro de todos los habitantes de este país que, desde hace años vive inmerso en un permanente terremoto político. Una población que necesita una reconstrucción profunda que le permita recuperar la dignidad, el trabajo y la esperanza de seguir adelante.
Fuente: La Nación