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Joya patrimonial: el colegio de 114 años fundado por un filántropo en su castillo, con dos museos, teatro y egresados famosos
Por diversas razones, que incluyen y exceden el ámbito académico, el colegio Carmen Arriola de Marín es la joya del corredor norte del conurbano bonaerense.El forastero desprevenido que surque la Avenida del Libertador al 17100, en la localidad de Beccar, Partido de San Isidro, se sorprenderá ante un castillo que parece germinado de un cuento medieval, una bellísima capilla de arquitectura austera y minimalista y un monumental edificio de comienzos del siglo pasado camuflado entre una vegetación exultante.A simple vista, se intuye que un mundo con vida propia se escode en ese predio de veinte hectáreas donde funciona el histórico instituto parroquial educativo inaugurado en 1912 y que hoy cuenta con casi 1000 alumnos -contemplando desde la sala maternal hasta el sexto año del secundario-, 250 docentes y cerca de 700 empleados. En la finca también se erigen un teatro, dos museos y un campo de deportes que supera, con creces, al de más de un club de rango profesional. La donación de un abogado y filántropoLos orígenes del colegio Marín están asociados a la gesta del Dr. Plácido Marín (1853-1929), abogado y filántropo, quien donó los terrenos y la institución a la Iglesia católica. Tal fue la envergadura de la misión que al acto inaugural asistió el Dr. Roque Sáenz Peña, entonces Presidente de la Nación. La historia sobre los orígenes de esta casa de estudios es apasionante y conlleva lazos afectivos y familiares y acciones de inusual generosidad y desprendimiento.“Un colegio como este nos invita a la construcción colectiva, es la historia de una gran comunidad que va forjando su camino”, reflexiona el doctor Andrés Sensini, representante legal del Grupo Educativo Marín y director general del colegio Carmen Arriola de Marín. Sensini, además de ejercer la abogacía, se ha desempeñado como profesor de Instrucción Cívica e Historia en otras instituciones educativas y ha recorrido un largo camino como entrenador deportivo, el rugby y el atletismo son otras de sus pasiones.El director de “El Marín”, como todos lo conocen a este colegio con 114 años de vida y del que egresaron miles de alumnos, recibe a LA NACION en su amplia oficina con vista al castillo emplazado en el ingreso a los jardines frontales. La segunda parte de la entrevista se va a desarrollar en una suerte de visita guiada por las instalaciones inabarcables, una travesía que permitirá descubrir el trato cercano y amistoso del director con los alumnos. Muy lejos del rictus distante y severo que solía acompañar a los directivos de los colegios no demasiadas décadas atrás.Una ciudad con vida propiaUn niño de no más de diez años cruza al director y lo saluda con afecto. El “hola, Andrés” es una constante de los chicos de la escuela primaria, en pleno recreo a la hora de la siesta. “Tiene que ver con mi pasado, ya no solo como profesor, sino también como entrenador de rugby. Me siento cómodo en el rol de cercanía con los chicos, que depositen en mí su confianza. No sólo es Andrés, el que les da una respuesta, sino que también soy la cara de una institución que está dispuesta a escucharlos y dar consejos”, sostiene el director, convencido en la saludable mixtura entre el conocimiento aplicado, el respeto a los roles, y la cercanía amorosa contenedora. Se le atribuye a Confucio haber sostenido que “la educación genera confianza, la confianza genera esperanza, la esperanza genera paz”. Mucho de lo esgrimido por el filósofo chino de la era antes de Cristo puede definirse en torno a la vida académica del colegio Marín, una especie de ciudad con vida propia dentro de la placidez de esta zona lindante con el desenlace del Delta y la gran embocadura del Río de la Plata. “Todavía no ha pasado ningún alumno que, con los años, fuera presidente”Entre los egresados que lograron trascendencia pública se cuentan varios empresarios de renombre. En estos claustros también cursaron sus estudios los deportistas Luis María Traverso (automovilismo) y Gabriel y Alejandro Travaglini (rugby). Coco Oderigo, fundador de Espartanos, pisó las aulas de inalcanzables cielorrasos y ventanas con celosías.El político José Octavio Bordón y Juan José Aranguren, ex ministro de Energía, forman parte de la nómina de alumnos, al igual que los nietos del narrador Luis Landriscina y que Pablo Lima, excombatiente de Malvinas, un orgullo con cuadro de honor. View this post on Instagram “Todavía no ha pasado ningún alumno que, con los años, fuera presidente. Es importante gestar líderes para el futuro, solidarios y comprometidos que presten atención a los más desprotegidos del sistema”, sostiene el director del colegio que lleva el nombre de la madre del filántropo fundador. View this post on Instagram “La construcción de 1891 fue la casa de veraneo de la familia Marín”“Nació con un legado del Dr. Plácido Marín, quien donó estas tierras y dejó los recursos para que se construyera este gran colegio”, explica Andrés Sensini. Una larga historia vincula la convicción cristiana, la generosidad de un mecenas y la vocación educativa. ¿Cómo se justifica la presencia de un castillo en el ingreso a un edificio escolar? El director explica que “esa construcción de 1891 fue la casa original de fin de semana y de veraneo de la familia Marín”. El castillo responde al eclecticismo de influencia francesa.Lindante al edificio se emplazaban los extensos campos. El predio llegaba hasta las barrancas naturales que balconeaban al río. Un mirador, aun existente, permitía divisar los buques de gran porte que cumplían con el tráfico fluvial mesopotámico. Y, más allá, el recorte de la costa porteña desafiante en su anhelo de crecimiento. Plácido Marín les encomendó a los “Hermanos Lasallanos” la gestión de la obra. De modo tal que, hasta avanzada la década del setenta, fue esta congregación, fundada en Francia en 1680, por San Juan Bautista de La Salle, la que dirigió la gestión educativa. Hoy, el Colegio Marín pertenece y depende de la Diócesis de San Isidro. En 1912, cuando la familia Marín dejó de utilizar el predio como residencia de descanso, comenzó a funcionar el colegio en la vieja casona con arquitectura de fortín. Mientras tanto, detrás, se iba desarrollando una construcción faraónica en torno a un gran patio central. Durante un tiempo, el propio Plácido Marín supervisó el avance de las obras, hasta que falleció en 1929. Actualmente, ese gran edificio se mantiene casi idéntico a su conformación original. Luego de atravesar un gran foyer, la inmensidad del patio y las decenas de ventanas que dormitan sobre él causa una grata extrañeza. Durante los primeros años, el colegio contaba con una matrícula de estudiantes pupilos. “Muchos alumnos venían desde el interior y, para los que no venían de tan lejos, tampoco era sencillo llegar, porque el transporte era muy diferente a lo que es hoy”, argumenta el director general. Está claro que, a comienzos del siglo pasado, esta zona, hoy conocida como Beccar, era prácticamente un confín rural con el casco céntrico que ofrecía la ciudad de San Isidro, tejida en torno a la histórica estación del ferrocarril y la bella catedral emplazada sobre las barrancas.Nuestra Señora del Carmen, la capilla de estilo neogóticoA medida que el colegio iba creciendo, se buscó satisfacer las necesidades de su alumnado y su cuerpo docente, pero también con la comunidad lindante que se iba desarrollando y creciendo paulatinamente. Por tratarse de un espacio donado a la Iglesia Católica, el templo rápidamente se convirtió en un punto neurálgico. La capilla Nuestra Señora del Carmen responde al estilo neogótico, no sigue el trazado del castillo fundacional. Cuenta con una gran torre campanario que, dada la topografía de la zona, puede divisarse a varias cuadras a la redonda. Sus 37 vitrales fueron traídos desde Francia y su mobiliario, en madera de roble macizo, también fue adquirido en Europa. “Es un templo abierto, se ofician misas para la comunidad, no sólo para los integrantes del colegio”, aclara el director Sensini. Dado que un alto porcentaje de aquel alumnado inicial pernoctaba como pupilo, en 1938 se inauguró el teatro, un salón de actos que nada tiene que envidiarle a una sala de la Calle Corrientes: “Allí se proyectaba cine para los chicos que residían acá y no salían ni siquiera los fines de semana”, explica el director, dejando en claro el propósito de cada espacio. Actualmente, la sala teatral, que cuenta con 830 localidades, ofrece una programación abierta a todo público, con la presencia de artistas muy reconocidos. En los últimos meses, figuras como Elena Roger, Pompeyo Audivert y Mauricio Dayub han desplegado su arte en el Teatro Marín. “Somos la gente que nos rodeamos”Acompañando esta tarea, el castillo se resignificó como el Espacio Cultural Marín, donde se ofrecen muestras de arte, presentaciones de libros y charlas. Aquí funciona actualmente la sede de la Escuela de Espectadores de Zona Norte, creada por el académico Jorge Dubatti, abierta a todo público interesado por la expectación teatral. “Somos la gente que nos rodeamos”, remarca el director Sensini, reafirmando el compromiso de acercar la cultura no sólo a los alumnos y sus grupos familiares, sino a toda la zona.Con el objetivo de potenciar las manifestaciones artísticas, se está restaurando un piano Steinway de 1915 y otro, de cola, cuyo origen data de 1920 y que fuera traído de Boston, está en proceso de puesta en valor, gracias al trabajo de un luthier que se encuentra acondicionándolo para que pueda ser reubicado en el escenario de la sala teatral y acompañar conciertos de grandes orquestas. Un suave chirrido altera el canto de los pájaros. Se trata del paso de una breve formación del Tren de la Costa. Un puente cruza las vías y conecta el edificio principal con el campus deportivo. Más allá se divisa el famoso Club Náutico San Isidro.Mente sana, cuerpo sanoLa piscina cubierta de 22 metros es la vedette del campus deportivo. Todos los alumnos deben aprender a nadar de forma obligatori
Fuente: La Nación