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El final de una era, el comienzo de una leyenda: la selección empieza a cerrar una historia
El silencio de adentro es atronador, porque no hay palabras que puedan expresar ese dolor que perfora el cuerpo. Es el duelo del vacío, en el que solo se acompaña, sin más. La hermandad que se construyó en ocho años con decenas de alegrías y batallas épicas, también trae en el manual de instrucciones la obligación de tragar el veneno en forma conjunta. Conmovidos, pero en paz. Rendidos, pero de pie. Detrás, un círculo rojo apretado levanta la Copa del Mundo que ganó con absoluta justicia. Por delante, miles reverencian al Dios del fútbol y derraman sus mismas lágrimas. No hay espectáculo más extraordinario, ni imagen más potente que describa la empatía entre el ídolo y la gente. Es el cierre de la historia. Se demoró hasta límites inimaginables, se extendió a tiempos insospechados, pero tanto acechó, que finalmente acudió a la cita para acabar con la agonía. El imponente estadio MetLife de Nueva Jersey confirmó que lo poco de fútbol que aún tenían los campeones del mundo, se quedó a vivir en Atlanta. Ese arresto final para regalarse un último clímax ante lo ingleses, fue la bocanada póstuma de juego del monarca. Cuando la excelencia acude a la cita, el corazón es tan indispensable como insuficiente. Raquítico de juego y de físico, los jirones de la selección alargaron el desenlace tanto como pudieron hasta claudicar ante un rival superior. Los cambios solo sirvieron para tapar grietas de un equipo escorado y ninguna intervención del cuerpo técnico logró hacer más virtuoso el funcionamiento. España confirmó que el fútbol evoluciona en múltiples aspectos, pero al final retorna al origen del juego: siempre se necesitará el balón. Para agredir moviéndolo con la paciencia de un orfebre, o para defender evitando que la recupere el rival, la pelota ordena, define y vincula. Incluso para terminar ganando el combate por puntos, por demolición, pero sin nocaut. Tal vez por falta de un delantero con mano pesada y por la atajadas de “Dibu” Martínez, la idea de un nuevo milagro sobrevoló la tarde, pero la épica difícilmente vuelve a escena si ya tuvo en otro momento su intervención protagónica.Las lágrimas de Scaloni desnudando su corazón marcan mucho más que un cierre deportivo. Para un equipo ante todo emocional, el quiebre del técnico comienza a humedecer con sus llanto el camino de la despedida. Él confió en SUS soldados campeones del mundo y solo él sabe porque a la hora de la verdad quiso rendirse solo con ellos, cuando disponía de más personal. Entenderlo como una mezcla de confianza y gratitud se parece demasiado a lo que fue: un acto de amor. La síntesis de ocho años en los que el entrenador aprendió, mejoró y se matriculó como líder, ganándose ahora el derecho a decidir lo que crea mejor para su futuro. La sinergia desembocó en un equipo de época, brillante en 2022 e inquebrantable en 2026. El mundo llegó a creerlo inmortal ante semejante abuso de temple y carácter.También es el final mundialista de Messi. No habrá competidor parecido ni cercano. El “insatisfecho serial” arropó a un país entero y cerca de los 40 años nos dejó sin calificativos. Gambeteó al tiempo mientras el físico estuvo de su lado y cuando ya no acompañaron las piernas, el mito se hizo cargo de todo. Su final nos deja huérfanos. Su ausencia nos inquieta porque el vacío es inabarcable. Solo basta ver el respeto que se vuelve temor de los rivales, para alcanzar una aproximación a la dimensión de su figura. Pasaron de largo 21 años y decenas de figuras del fútbol, y Messi siguió siendo Messi.Parecen soplar vientos de refundación. Dibu, Cuti, Lisandro, Enzo, Alexis, Julián y Lautaro tendrán la alquimia justa de madurez para edificar la base de un nuevo tiempo. Como todos los ciclos de la vida, el de ésta selección Argentina que nos malacostumbró a llenar el firmamento de estrellas comienza a apagarse. Es el fin de una era. Es el comienzo de la leyenda.
Fuente: La Nación Deportes