Un ciclo que enorgullece: profesionales que respiran como amateurs, con el gen rebelde y el ADN del deporte argentino

Esta vez el desenlace no fue el mismo que otras veces, pero la pregunta sigue vigente: ¿hasta dónde es capaz de llevarnos el deporte argentino? ¿Por qué somos capaces de generar impactos que parecieran estar fuera del radio lógico de alcance? Si es un país quebrado en muchos aspectos, incrédulo, jaqueado por malas decisiones. Y sin embargo, por algún designio, abre puertas deportivas para emocionarnos, para hacernos sentir importantes. Con gestas que suenan a utopías... hasta que dejan de serlo.Acabamos de jugar la séptima final de un Mundial de fútbol de la historia, conquistando tres estrellas. Tuvimos a dos de los mejores jugadores de todos los tiempos (Maradona y Messi). Este ciclo bajo la conducción de Lionel Scaloni, en 17 meses, ganó la Copa América (2021) y el Mundial de Qatar (2022), en la mejor final de la historia. Y en un lapso tres años, sumó una Copa América más (2024). No parábamos de contar los años sin títulos desde México 86. Hasta que un día descubrimos que quedaban balas en la recámara. Para volver a emocionarnos. A sufrir y gozar a la par de ellos. Algunos hasta recurrieron al humor tan argento, denominando la Infartoneta a la selección. Un equipo que nos mostró que puede tener jugadores millonarios y otros en vías de serlo, pero con espíritu amateur para jugar. Capaces de tirarse de cabeza por la pelota. De correr cuando las piernas no responden. Por eso este equipo se metió entre los grandes hitos del deporte argentino. Incluso cuando no puede demostrar su mejor versión, como ayer. Es la hora de rendirle tributo a nuestros grandes embajadores. Por un momento se pudo pensar que a pesar de haber ganado todo en su carrera, los Mundiales le tendían una zancadilla artera a Lionel Messi. Pero no: a los 35 años, llegó la mano de KO del crack al que todos querían ver levantar la Copa del Mundo. Incluidos sus propios colegas deportistas, gloriosos en lo suyo, y que volvieron a ser felices con la alegría de Leo y la selección. Desde Manu Ginóbili a Gaby Sabatini, desde Delpo a Lucha Aymar. Y con 39, casi impensadamente, estuvo a tiro de sellar el bicampeonato consecutivo. ¡Una hermosa locura!¿Dónde podemos instalar este ciclo en la historia? Figura entre los tres grandes sucesos de los últimos diez años. Parecía que Argentina no ganaría un Mundial más y a punto estuvo de sellar dos seguidos. Parecía aquello que estaba instalado de que nunca ganaríamos la Copa Davis ni venceríamos a los All Blacks, las dos “utopías” que cayeron como el Muro de Berlín. Con Del Potro y un equipo inolvidable dando el golpe sobre la mesa en Zagreb 2016 ante Croacia. Con los Pumas venciendo en medio de la pandemia a los míticos Hombres de Negro en Sidney en 2020. Luego llegarían otros tres triunfos en 2022, 2024 y 2025.Hitos que se sumaron a los grandes de siempre. Los que dan dimensión de grandeza. Como aquel furibundo derechazo cruzado de Carlos Monzón que puso KO en Roma a Nino Benvenuti, en 1970, para coronarse campeón mundial de los medianos. El escopetazo de un flacucho de 28 años por el que nadie daba nada frente a una gloria mundial y que marcó el comienzo de una época inolvidable. Epopeya.¡El Chueco Fangio! Tiempos, aquellos de los años cincuenta, donde en la Fórmula 1 no se corría como hoy, cuando a los pilotos le avisan por radio desde la temperatura del caucho hasta... cómo abrieron los mercados en Asia. Manejando con muñeca, conociendo la máquina por sus orígenes de mecánico, Fangio ganó 5 veces el campeonato mundial. ¡Un disparate! Tuvieron que pasar 46 años para que Michael Schumacher pudiera igualarlo (y luego superarlo, junto con Lewis Hamilton). Fangio es un emblema del deporte.Lo mismo que la Generación Dorada de básquetbol, focalizada su grandeza en el oro olímpico de Atenas 2004, con victoria incluida en las semifinales frente al Dream Team, al que ya había vencido dos años antes en el Mundial de Indianapolis. Un grupo que enalteció la búsqueda de objetivos, representó con hidalguía al país en cada competencia, simbolizó lo que es jugar con el alma en la mano y durante más de una década se transformó en el auténtico Equipo del Pueblo. Bueno, esta selección de fútbol, por todo lo que movilizó a la gente desde el Maracanazo de 2021, se ganó también esa denominación. Una dimensión de leyendas deportivas en la que entran, claro, nombres como los de Guillermo Vilas, el monstruo que provocó la gran revolución del tenis en la Argentina, un país que tiene 7 títulos de Grand Slam, 4 de los cuales son suyos. O el gran Roberto De Vicenzo, campeón del Open Británico de golf y señor del deporte luego de su gesto en Augusta de admitir un error en la firma de la tarjeta que lo hizo aún más grande. O el seleccionado de rugby que logró la medalla de bronce en el Mundial 2007, ganándole dos veces a Francia, el anfitrión.Detrás quedan otros momentos sublimes, con protagonistas que hicieron grande al deporte argentino. Campeones de Grand Slam (Sabatini, Gaudio, Delpo), medallistas olímpicos múltiples, como la Peque Pareto, Lucha Aymar, Santiago Lange. Ilustres del polo como Juancarlitos Harriott y Adolfito Cambiaso.Un ADN especial: corazones valientesLa selección de Scaloni tiene mucho de todos estos deportistas. Existe una paradoja: muchos no saben geográficamente demasiado de la Argentina, pero sí saben que sus deportistas cuentan con un ADN que los hace especiales. Corazones valientes que se sobreponen a los obstáculos. Dueños de un amor propio particular y orgullo por representar a su bandera.No hay una sola razón. El carácter desafiante es un factor preponderante, lo mismo que la obsesión y el inconformismo. Cada deportista novel sueña con ser el mejor. Algunos lo consiguen. Vilas tenía sólo 5 años cuando su padre, Roque, le preguntó días antes de la Navidad qué le iba a pedir a Papá Noel. “Un profesor de tenis”, le respondió. Y meses después, en una de sus primeras charlas con Felipe Locicero, su formador, se le encendió la mirada al escuchar lo que podría hacer de grande: “¿En serio? ¿Puedo jugar en otros países y ser el mejor del mundo? ¿Y qué tengo que hacer para conseguir eso?”. Como Vilas, muchos se lo plantearon, y lograron.¿Hay carencias estructurales? Sí, muchas. Pero tenemos los clubes, con su valor social, y la calidad de nuestros formadores. Grandes maestros que supieron transmitir sus conocimientos, sus consejos y el valor del sentido de pertenencia.No es raro, entonces, lo que logró esta selección en un doble ciclo. Por eso se metió en el Olimpo. Con sus virtudes. Con sus defectos. Con su capacidad para emocionarnos. Con el don de mostrarnos que las utopías, como los récords, están para romperse.

Fuente: La Nación Deportes