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La mejor versión de Dibu apareció en el día más doloroso: batió el récords de atajadas, pero no pudo evitar la derrota
NUEVA JERSEY (Enviado especial).- No fue el Mundial que Emiliano Martínez imaginaba. Ni el que había preparado durante meses. Porque cuando al fin tuvo ese partido capaz de sostener por sí solo una final, en el que atajó 11 de los 12 remates al arco y se lució con intervenciones fenomenales, el equipo no lo acompañó y Argentina se quedó con las manos vacías. El marplatense, que se había propuesto recibir menos goles que en Qatar, terminó sufriendo uno más en un partido más. Pero más allá de la estadística, Dibu se va de este Mundial con una mezcla de orgullo y frustración. Una lesión lo obligó a atravesar toda la etapa de grupos prácticamente sin entrenarse con sus compañeros, atajando pelotas de vóley o de tenis y casi sin utilizar la mano derecha, donde arrastraba una fractura en el dedo anular. Mientras todos los especialistas consultados coincidían en que debía operarse, él eligió convivir con el dolor para poder estar.Sin responsabilidad directa en la mayoría de los goles, Dibu atravesó buena parte del Mundial con la sensación de que nunca terminaba de aparecer ese partido en el que pudiera salvar al equipo. Excepto ante España, le llegaron poco a la Argentina, pero le convirtieron demasiado en relación con las veces que le patearon al arco. Recién en el tramo final empezó a sentirse más cómodo. Y frente a La Roja tuvo una actuación que, con otro desenlace, habría quedado entre las más importantes de toda su carrera con la selección.A los cuatro minutos, cuando Lamine Yamal lo obligó a revolcarse, tras un rebote en Lisandro Martínez, Dibu entendió que le esperaba un partido exigente. Lo comprobó sobre todo en la segunda mitad, cuando España empezó a jugar cada vez mejor, encontró los espacios y generó una situación de gol tras otra.Martínez resistió como pudo. Perdió por problemas físicos a sus dos principales laderos, Cristian Romero y Lisandro Martínez. Y aun así, con una defensa improvisada, siguió respondiendo. Siempre bien ubicado y seguro en cada intervención, acumuló varias atajadas importantes, aunque dos resultaron clave. La primera, en la última jugada del tiempo regular, cuando voló sobre su izquierda para sacar un tiro libre de Lamine Yamal que se metía junto a un palo. La segunda, ya en el primer suplementario, al taparle un cabezazo a quemarropa a Nico Williams desde el área chica para mantener con vida a un equipo que ya jugaba con diez.Si hay una imagen que probablemente vuelva una y otra vez a su cabeza será la del único gol de la tarde. Él también pareció confiar en que aquel centro llovido no llevaba demasiado peligro. Pero Williams logró bajarla de cabeza hacia el medio y Ferran Torres lo fulminó con un zurdazo imposible. Tal vez, viendo la facilidad con la que el delantero le ganó el cuerpo a cuerpo a Nahuel Molina, pudo haber intentado cortar el envío. Aun así, fue por amplio margen el mejor jugador argentino de la final.Porque no fueron solo esas dos atajadas. Durante todo el partido respondió cada vez que lo llamaron. Le ganó el duelo a Mikel Oyarzabal, resolvió con seguridad los intentos de Álex Baena, Dani Olmo, Ferran Torres, Pedri, Pau Cubarsí y Aymeric Laporte. España atacó por todos lados, y casi siempre se encontró con Dibu.Apenas el árbitro marcó el final, el arquero fue uno de los primeros en dejarse caer sobre el césped. El que tantas veces había salvado a la selección esta vez ya no podía hacer nada más. El próximo Mundial queda demasiado lejos como para pensar en una revancha, ya con 37 años.Luego, en el vestuario, prefirió irse sin hablar. Todavía con bronca por la oportunidad perdida de seguir agigantando su leyenda y, probablemente, con el remordimiento de creer que pudo haber hecho algo más en la jugada decisiva. Poco después del 1-0, las pantallas del estadio mostraron la repetición. Dibu levantó la vista, observó la secuencia y negó varias veces con la cabeza.Hizo todo para llegar a este Mundial y jugarlo. Soportó el dolor, esperó su momento y terminó apareciendo justo en la final. Pero cuando por fin volvió a ser el arquero que tantas veces salvó a Argentina, el contexto no lo acompañó. No hubo bailecitos ni esa complicidad con los hinchas que marcó sus grandes jornadas. Le costó transmitir la seguridad de otros torneos y, cuando finalmente lo logró, la derrota dejó en segundo plano una actuación sobresaliente. Nunca un arquero había realizado tantas atajadas en una final de la Copa del Mundo desde que se registran estos datos, en 1966.“Si me convierto en dos veces campeón del mundo con Argentina, me retiro”, había dicho tiempo atrás. Tal vez porque confiaba ciegamente en este grupo, pero también en su propio nivel: el que lo llevó a conquistar la Europa League con Aston Villa y el que casi siempre mostró bajo los tres palos de la selección. Pero esta vez la historia no terminó como la había soñado. Jugó el mejor partido en este Mundial. Pero la derrota en la final hará que, con el paso del tiempo, sus atajadas pierdan valor.Antes de la premiación, Dibu se quedó unos minutos solo en el banco, llorando, todavía con los guantes puestos y la impotencia de no poder levantar otra Copa del Mundo. El premio al mejor arquero del Mundial fue para el español Unai Simón, que recibió apenas un gol en todo el torneo y también conservó el arco invicto en la final. Él terminó con siete y apenas dos vallas invictas, las de los dos primeros partidos, justamente cuando más dolor sentía y atajaba con una protección debajo del guante que le generaba incomodidad y no le permitía utilizar la mano con normalidad: el 3-0 sobre Argelia y el 2-0 frente a Austria. Después recibió goles en los seis encuentros siguientes. Hasta la semifinal con Inglaterra, eso nunca había sido un problema: Argentina siempre convirtió, al menos, un gol más que su rival. La única vez que no pudo hacerlo fue en la final. Y allí terminó escapándose el título.Para Martínez, este Mundial dejará un sabor amargo. Porque justamente el día en que volvió a ser el Dibu de siempre, Argentina terminó perdiendo igual. Y esa sensación será, probablemente, la más difícil de dejar atrás.
Fuente: La Nación Deportes