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Messi sin deudas: con dolor, pero también con un inmenso legado
Lionel Messi lloraba cuando un país lo rechazaba, y ahora también llora cuando un país lo contiene. Duele, y debe doler. Pero no hay necesidad de que se instale una queja tanguera, fatigada de amargura porque el Mundial 2026 desestima tanta baratija. Y no se trata de un complaciente consuelo, pero este subcampeón se ganó un lugar en la memoria colectiva. La que rescata de la desdicha de un resultado a aquel que entrega el pellejo con honor. Entonces, caben por igual la tristeza y la dignidad. España es el mejor y su conquista premia la armonía y la convicción con las que defiende un plan, una identidad. Juega con la pelota como nadie, y eso es el fútbol, jugar a la pelota. Por eso la derrota apena como siempre, pero esta vez no condena. Tan simple y tan complejo como para explicar esa pasión que se insinúa desamparada de sentido. Esta selección enseñó que no había límites ni imposibles, siempre alentó soñar. Es fútbol y es país. Es tener un motivo y esta selección le aceleró el pulso a una nación. Si se trata de fútbol y mundiales se razona de otra manera. Y a veces ni se razona porque se piensa con el corazón. Un viaje apasionante desde el 11 de junio hasta ayer. Vaya si valió la pena.El abrazo de consuelo con un desconocido. Una corneta que lanza en una noche de invierno su último bocinazo desgarrador… Pero flamea una sensación diferente a todas, que está ligada al orgullo. Gobierna España desde ahora, pero la Argentina está de pie. No hay gloria ni el bicampeonato ni la cuarta estrella, pero sí tranquilidad de conciencia. Son los dictados del corazón, latidos que no se registran en las estadísticas. Por eso el aplauso cálido y generoso del estadio en Nueva Jersey cuando el plantel subió a recibir la medalla que esta vez ninguno eligió esconder. Otra conquista inmensa. Las cicatrices quedarán, pero el baño de gratitud que el plantel recibirá en Buenos Aires lo ayudará a entender la dimensión de su aventura mundialista. Eligieron la épica y eso siempre tiene recompensa. Hasta más valiosa que el color de una medalla.Si ayer se trató de la función de despedida de Lionel Messi, la idea de empezar a extrañarlo duele más que la final perdida. Ya no habrá mundiales para él después de un extraordinario recorrido de dos décadas, pero quizás se reserve un tiempo más en la selección. Hay que llegar a la desazón para que el sentimiento se potencie. Hoy no será un lunes más. No será el lunes memorable que seguramente hubiese modificado la agenda nacional. Igual, todos se sentirán autorizados a ir a la oficina, a la plaza o a hacer las compras con la celeste y blanca en el pecho. Parece increíble que una camiseta pueda representar algo tan profundo. El orgullo en la derrota es el camino para tratar de entenderlo. Jugó con arte Messi esta Copa, también a los 39 años se las ingenió para sorprender al planeta. Con la pólvora del que jamás se resigna y con algo de rabia por las teorías conspirativas y las supuestas ayudas que le iban liberando el paso a la selección. Y jugó sin cargas, sin obligaciones, sin deudas. Al contrario, esta vez con el viento de cola de un país agradecido. Rebelde, inconformista, y alejado de las estadísticas en las que reina con desinterés, desde luego que no quería un último capítulo con derrota. Creyó que España en el acto de cierre era un guiño celestial para que su vida de transformara definitivamente en un cuento de hadas: el pibe rosarino de 12 años, arrancado del barrio La Bajada, que aterrizó en Barcelona para empezar a hacerse hombre antes de tiempo.La selección fue un trozo de intención, un vendaval de magnetismo. No alcanzó, es cierto. Saludó estoico y aplaudió al campeón, víctima del implacable balanceo español, un equipo de autor el de Luis de la Fuente, intrépido bajo la batuta de Rodri y el desenfado de Lamine Yamal a sus 19 años. Pero, ¿se puede mantener la frente alta y guardar una conducta cortés cuando el espíritu está lacerado? Claro. Esta selección, que desde 2019 no se baja del podio en ningún certamen, demostró que no es en vano sostenerse en pie y dar la cara aun cuando la tristeza lastima como nunca. Un síntoma de nobleza que deja una huella más profunda que cualquier título. Legado.
Fuente: La Nación Deportes