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Dios, argentino y futbolero
Es doctrina firme de la fe popular: Dios es argentino. Y futbolero. Este Mundial volvió a bendecirnos, ahora con el subcampeonato.Imposible oponerse a creencias tan arraigadas; que se sustentan, además, en hechos suficientemente documentados. La “mano de Dios” (México 1986), el Dibu con sus brazos en cruz frente a Kolo Muani (Qatar 2022), el piadoso ritual de Leo –persignarse, elevar ojos y manos al cielo– después de cada gol. Que aquí haya nacido Diego y, enseguida, Messi (y, antes de ambos, Di Stéfano, que “era mejor que Pelé”, según el autorizado juicio de mi padre) ya es, al menos, señal de predilección divina. Diego fue D10S y Leo heredó título y linaje. La selección tiene extraordinarios jugadores, un gran cuerpo técnico y le sobra corazón, qué duda cabe. Pero para explicar cómo llegó a la final de ayer la crónica ha recurrido a conceptos que remiten, otra vez, al soplo sobrenatural que parece asistirnos: resurrección, milagro.“¿Dios puede haberse hecho argentino, aunque sea por un rato?”, le preguntaron a un párroco porteño después de Qatar. La inquietud llevaba algo de broma y algo de teología callejera: qué impide pensar que un día el Supremo decide ponerse la celeste y blanca y, con ánimo de aliviar a un país tan sufrido, distribuir dones en una cancha de fútbol. El que puede lo más, puede lo menos, enseña la teología (de los teólogos, no de la tribuna). Con templanza de pastor y media sonrisa, el cura contestó: “Para Dios, nada es imposible”.Creer o reventar: a Francia, orgullosa de sus tropas de elite hasta el quinto partido, jugar mal el segundo tiempo contra España la dejó afuera de la final; a nuestra selección, que rasguñó las piedras, le alcanzó con jugar bien el segundo tiempo contra Inglaterra. Según una clásica humorada, el Creador estaba moldeando la Tierra y en un momento le dio por lucirse. “Voy a hacer un país extraordinario, que tenga todo: bellezas naturales, diversidad de climas, las tierras más fértiles del planeta, las mejores vacas, petróleo, gas, minerales, energía, una rica plataforma submarina…”. Al terminar la faena, mirando su flamante obra exclamó: “Uh, se me fue la mano, quedó demasiado bien. Bueno, para compensar le pongo a los argentinos”. La fe popular, desprovista de certezas canónicas y en ocasiones supersticiosa, sincrética, pero fe inconmovible al fin, podría concluir que aquella compensación descompensó y hubo necesidad de volver a compensar. Nada mejor que el fútbol. Como los designios del Más Allá resultan inescrutables, cada cual se considera libre de imaginarlos a su antojo. Acá se nos ha dado por creer realmente que la Providencia tiene, o puede tener, la voluntad de auxiliarnos cuando hay una pelota de por medio. En este Mundial hemos vuelto a ver expresiones típicas de esa religiosa convicción: rosarios, crucifijos, velas encendidas, estampas, sacrificios. Antes del primer partido, un grupo de amigos se fue caminando a Luján. ¿Quién convence hoy a esos cristianos de que sus súplicas no fueron atendidas? El horno no pintaba para llegar al último partido. ¿Acaso los mexicanos no peregrinaban a Guadalupe, los portugueses a Fátima y los franceses a Lourdes? Sí, pero Dios y la Virgen son argentinos.Más ecuánime, católico (etimológicamente, “universal”), en la misa de ayer a la mañana en una parroquia de Tigre el celebrante pidió: “Pongamos el partido en manos de Dios”. Apropiarse de Dios, hacerlo nuestro, con DNI y pasaporte, parece un exceso de soberbia y petulancia, rasgos que, sabemos, nos identifican en el exterior. Sin embargo, cabe interpretar exactamente lo opuesto; un derroche de humildad: la admisión de que aun con el GOAT y los demás astros no alcanza. Sin ayuda del Todopoderoso no teníamos esa providencial expulsión del suizo Embolo por simular, Leo no se hubiese salvado por centímetros de quedar fuera de juego en el gol del empate contra Inglaterra, y su centro con la pierna derecha –¡la derecha!–, minutos después, no podía caerle servida en la cabeza a Lautaro, que adelante y atrás tenía dos defensores extra large.Los propios futbolistas argentinos alimentan las creencias de la gente, porque también ellos rumbean para ese lado. Messi ha dicho muchas veces que en toda su trayectoria ve claramente la intervención divina. “Sabía que Dios me lo iba a regalar. Presentía que iba a ser esta”, fue lo primero que declaró en el Lusail tras levantar la Copa. “La verdad, yo no hice nada. Fue Dios el que me hizo jugar así. Me dio ese don. Sin su ayuda no hubiese llegado a ningún lado”. El caudaloso palabrerío de estas semanas en medios y redes estaba impregnado de misticismo. Con Messi a punto de patear un tiro libre en uno de los partidos del mata-mata que se había puesto bravo, el muy racional Juan Pablo Varsky soltó su clamor en la pantalla de Telefe (la cita no es exacta): “Si es verdad que allá arriba hay un supremo, esto debería ser gol”. El gol llegaría, pero al rato.El Pollo Vignolo se cubrió de pía gratitud después de relatar por ESPN el cabezazo de Lautaro en el 2 a 1 a Inglaterra: “¡Gracias, Dios! ¡Gracias por acordarte de nosotros!”. ¿Dios se olvidó de los ingleses, que sin duda también lo invocan? De vuelta: la voluntad divina es insondable. Que se ocupen ellos, con su flema, de resolver esos misterios. El Mundial nos postró de rodillas ante el que todo lo puede. Seguramente habrá poblado templos paganos, la Iglesia Maradoniana y santuarios caseros que rinden culto a Leo. Estaba la Cuarta de por medio. Despedir en olor de santidad al más grande de la historia.Elegimos creer y rezar.
Fuente: La Nación