Los pretéritos pluscuamperfectos del peronismo

El solo título de este editorial -“Los pretéritos pluscuamperfectos del peronismo”- ya debe intimidar a los lectores. Si le agregamos la palabra “subjuntivo”, como corresponde, tendríamos asegurada una total deserción. Sin embargo, ese tiempo verbal es usado de forma cotidiana y, en general, como parte de un lamento por no haber hecho alguna cosa o perdido una oportunidad.“Si lo hubiera sabido, no habría ido”. O “si lo hubiera sabido, habría comprado”. O “si hubiera sabido que la Argentina ganaba, habría viajado”. O bien “si hubiera sabido que perdía, habría vendido mis entradas”. En fin, son infinitas las variantes del “si hubiera sabido, si hubiera podido o si hubiera querido”. Como aquellos gobernantes que, en retrospectiva, se culpan por no haber sabido, podido o querido hacer lo que debían, en lugar de ceder a tentaciones del corto plazo que los llevaron al fracaso.En la actualidad, se plantean dos modelos de país. La democracia liberal, identificada con el pensamiento alberdiano, plasmado en la Constitución nacional, o el populismo corporativista que tan bien se afincó en la Argentina, llegando a modelar un sistema institucional opuesto a los principios de las “Bases”, gracias a la flexibilidad de nuestra Corte Suprema desde 1922, cuando cedió a las necesidades políticas (caso Ercolano).Durante décadas tanto se estigmatizó al mercado y se denostó la iniciativa personal, el mérito y el progreso individual, que el Estado expandió su intervención a todos los ámbitos del quehacer colectivo, con resultados que avergüenzanLlevamos más de 80 años de crisis sucesivas por no haber aplicado las sencillas reglas que inducen conductas provechosas como el respeto a la propiedad privada, la firmeza de los contratos y el resto de las libertades personales, con sus garantías republicanas. Por el contrario, durante décadas tanto se estigmatizó al mercado y se denostó la iniciativa personal, el mérito y el progreso individual, que el Estado expandió su intervención a todos los ámbitos del quehacer colectivo, con resultados que avergüenzan. Sin advertir que el instinto humano siempre está presente y cuando puede hacerse dinero con membrete y gorro frigio, de inmediato se forma otro mercado, mucho más rentable (e inequitativo) que el denostado: el mercado político.No se trata ahora, por tanto, de una confrontación entre dirigentes y sus espacios, sino entre propuestas fundacionales que superan caracteres y personalidades.Esta columna editorial se abre con un tiempo verbal que evoca opciones cerradas y caminos no recorridos. En ciencia política se lo llama análisis “contrafáctico” pero aquí lo simplificamos con el repetido “si hubiera… habría” que tanto gravita sobre nuestras vidas, recordando alternativas ya vedadas, pero que deben servir como enseñanzas para el futuro. Y, por eso, estas líneas.El peronismo, que es la segunda opción en esta coyuntura, tiende a ignorar experiencias y a reiterar sus errores. Lo dijo Jorge Luis Borges: “Los peronistas no son ni buenos, ni malos; son incorregibles”. La pregunta entonces es si, transcurrido un cuarto del siglo XXI, algo han aprendido o si insisten en sus clásicas y fracasadas recetas.Sin duda que, en materia de corrupción, Cristina Kirchner, Julio de Vido, Ricardo Jaime, José López, Claudio Uberti, Felisa Miceli, Roberto Baratta y tantísimos más deben conjugar sus pretéritos pluscuamperfectos diariamente, maldiciendo el momento en que dejaron grabado un mensaje, no advirtieron una cámara u olvidaron bolsos en un baño. O que confiaron en un contador, en la lealtad de un subordinado o, sencillamente, en su eterna permanencia en el poder. También imaginamos a Alberto Fernández protestando de forma pluscuamperfecta por aquel brindis en Olivos o a Martín Insaurralde por su ostentación etílica en el “El Bandido”. Por supuesto, ninguno lo hace por arrepentimiento moral, como el contrito Víctor Manzanares, sino por rabia genuina.Pero otra cosa es en materia de política económica, donde gravitan banderas, símbolos, mitos y prejuicios que no se pueden cambiar sin dañar la mística del bombo y la marchita. Y ello coloca al peronismo en zona de alto riesgo, pues la Argentina tiene su reputación destruida por miles de bonistas frustrados, ahorristas confiscados, acreedores licuados, contratos incumplidos, exportadores inhibidos y, en sus barbas, funcionarios millonarios gracias a las SIRA. Desde 2024, el Gobierno hace equilibrio como un trapecista para recuperar la moneda y bajar la inflación con medidas drásticas de contención fiscal. Sin embargo, ninguna experiencia parece haber mellado el relato de quienes nos dejaron con casi el 50% de pobreza y el 211% de inflación. No hay conjugación de pretéritos pluscuamperfectos por quienes siguen convencidos de que sus tiempos pretéritos fueron perfectos.Los desafíos actuales requieren sepultar la herencia dialéctica de 1973 y aquel palabrerío de “dependencia” y “liberación”, reconociendo que solo construyendo confianza y dando seguridad jurídica podrán ser superadosLa expresidenta del Banco Central Mercedes Marcó del Pont, autora de la reforma de la Carta Orgánica que ahora se debe revertir, en aquel entonces manifestó que “es totalmente falso que la emisión genera inflación” y que “solamente en la Argentina se mantiene esa idea”. Su colega y actual diputada Julia Strada, (Unión por la Patria-Buenos Aires) también sostiene que “el déficit es necesario para poder crecer”, como la memorable Fernanda Vallejos, para quien “un Estado que crea la moneda que se utiliza en su economía no está limitado y puede emitir todos los pesos que necesite”.Para Máximo Kirchner, al igual que para su madre, el problema argentino no es la ausencia de crédito ni de inversión sino la falta de dólares por la “restricción externa”, el FMI y el endeudamiento: “alcanzar equilibrio fiscal con esta situación lo puede hacer cualquiera que no tenga un mínimo de humanidad”, sostiene. En cuanto a Axel Kicillof, nunca se arrepintió de haber dicho en el Senado de la Nación que la seguridad jurídica era una “palabra horrible” para su visión de desarrollo productivo con inclusión social.Los desafíos actuales requieren sepultar la herencia dialéctica de 1973 y aquel palabrerío de “dependencia” y “liberación”, reconociendo que solo construyendo confianza y dando seguridad jurídica se podrá superarlos, aunque suene “horrible”. Si el peronismo reconoce la virtud del equilibrio fiscal para no perder apoyo popular debe saber que ello requiere medidas mucho más profundas que una simple declaración: reducir gastos, achicar el Estado, privatizar empresas y crecer con productividad sobre la base de la inversión privada sin distorsiones regulatorias. Si ello no se afirma de forma explícita, el costo social será innecesariamente elevado a pesar del “mínimo grado de humanidad” que reclama el primogénito ignorando el daño que sus palabras provocan.Tantos años de déficit fiscal, inflación y pobreza debería hacer reflexionar a sus dirigentes. Unos días de retiro en la quinta de San Vicente podrían servir para tomar conciencia de esa causalidad tan obvia, conjugando cien veces aquel pretérito pluscuamperfecto del modo subjuntivo para internalizar errores y aprovecharlos como lecciones. Las jubilaciones sin aportes, los subsidios, las pensiones de privilegio, los controles de precios, el déficit de las empresas estatales, la confiscación de las AFJP, la brecha cambiaria, la multiplicación de organismos, el aluvión de ñoquis, los planes piqueteros y tantos otros dislates que deberían repetir al unísono, como salmos dominicales.
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