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“El infierno verde”: el accidente de avión que dejó tres niños muertos y una travesía de 100 kilómetros a pie por la selva peruana
Oscar Zehnder piloteaba la nave que llevaba a sus hermanos y primos a celebrar la Navidad a sus hogares, pero el viento los derribó, cayeron en plena selva y tuvieron que abrirse paso a golpe de machetes para salir
El sábado 7 de diciembre de 1974 amaneció temprano. El sol calentaba con fuerza en la ciudad de San Ramón, 300 kilómetros al norte de Lima. Las escuelas ya habían cerrado por las vacaciones, y la Navidad se acercaba. Las familias se preparaban para reencontrarse. Viajes, regalos y festejos.Oscar Zehnder, sus hermanos y sus primos no eran la excepción. Tenían planeado pasar el verano en sus casas. Salvo Oscar, de 24 años y piloto, los demás eran estudiantes, hijos de familias de origen alemán que tenían granjas en la selva. Esa mañana, entonces, viajarían desde San Ramón en una avioneta piloteada por él, que, pese a su juventud, ya había hecho ese recorrido muchas veces antes. Apenas 45 minutos separaban el despegue del aterrizaje.Pero la selva peruana es un lugar difícil. Peligroso. Los riesgos son terrestres y aéreos: aunque no existe una cifra precisa sobre los accidentes en esta región remota de la Amazonia, se registraron decenas de tragedias de aviones provocadas, principalmente, por las condiciones climáticas extremas.Por eso, el “infierno verde”, como le dicen, puede alterar cualquier plan. Zehnder y su familia lo supieron enseguida. “Los mandos no responden, no responden”“San Ramón [...] sería acaso una población fantasma si al pie de sus cerros y frente a su fantástica selva no estuviera el aeropuerto y la compañía de Servicios Agrícolas, una empresa de taxis aéreos que es el corazón, la sangre y las arterias de los 2000 hombres que viven en casas chatas, en calles angostas, en un laberinto de piedra y tierra donde el verano muerde con furia y donde el invierno apenas se atreve”, escribió el 2 de enero de 1975 el periodista de la revista Gente, Alfredo Serra.Los taxis aéreos, Cessna monomotores pintados de naranja y blanco, transportaban comida, medicamentos, bebidas, cartas y otros insumos a las poblaciones de la selva. Dependían por completo de esos vuelos, que salían “a pelear contra las nubes negras, contra los agudos picos de las montañas, contra las lluvias interminables del invierno tropical”. Por eso Oscar, nacido y criado en la selva, eligió ser piloto.Ese día se despertó cerca de las seis y caminó hasta el aeropuerto. Poco después llegaron sus hermanos, Juan, de 12 años, y Gladys, de 16; y sus primos Antonio Simons y Herta Zehnder, de 14; Katy Zehnder, de 12; Herbert Pandur, de 9; Juan Wingar, Casilda Zehnder y Carlos Pandur, los tres de 8. Llevaban paquetes, comida y regalos que habían comprado en San Ramón. El Cessna 206 OB-T-861 ya los esperaba.Despegarían al mediodía. El pronóstico era favorable, al menos en tierra, y no preveían inconvenientes. A las 12.30 el avión aceleró por la pista. “A los 10 minutos de vuelo estaba a 3000 kilómetros de altura. Abajo, la selva era una mancha infinita y amenazante. [...] Oscar Zehnder guiaba casi con suficiencia: llevaba un año entero cruzando la selva y podía unir San Ramón con Comparachimas [ese centro rural], si se lo proponía, a ciegas”.Sabía, sin embargo, que un vuelo tranquilo podía complicarse en cuestión de minutos. San Ramón se caracteriza por sus cañones, los vientos cruzados, los cambios bruscos en la dirección de estos, las lluvias estacionales y la turbulencia severa. Al pie de la cordillera, las nubes bajas y la neblina suelen reducir la visibilidad.“Pero el invierno tropical arma feroces piruetas, siniestros planes. De pronto, una masa de nubes les cerró el camino. El avión cayó en un pozo de aire y enseguida empezó a perder altura. Oscar Zehnder supo que estaba perdido. Alcanzó a decir: ‘Los mandos no responden, no responden’. El resto sucedió en un segundo”, detalló Serra.El piloto entendió que caerían en plena selva. Aun así, alcanzó a hacer una última maniobra para amortiguar el impacto. Cambió el ángulo de incidencia para que la cola del avión rozara las copas de los árboles y la nave aterrizara de costado. Lo consiguió. Esa decisión salvó la vida de la mayoría de los pasajeros. No de todos.Dejar a los muertos en la selvaEl accidente que acababan de sufrir tenía un antecedente cercano, tanto en el tiempo como en el espacio. El 24 de diciembre de 1971, apenas tres años antes, el vuelo 508 de Lansa, que viajaba de Lima a Pucallpa, se desplomó en la selva. Hubo una única sobreviviente: Juliane Koepcke, de 17 años, que viajaba en el vuelo de línea con su madre. También entonces todo iba normal hasta que se toparon con una tormenta eléctrica.El avión fue alcanzado por un rayo. La propia Juliane lo recordó en varias entrevistas. Recordaba que vio un destello en el motor izquierdo, y que su madre llegó a decirle: “Este es el fin, se acabó”. La nave estalló y Koepcke salió despedida por el aire. Permanecía sujeta al asiento por el cinturón mientras caía. Más tarde recordaría que solo escuchaba el viento. Todo lo demás era silencio. En esos 3000 metros que la separaban del piso, perdió el conocimiento. Las copas de los árboles, como ocurriría después con los Zehnder, amortiguaron el impacto. Pero cientos de personas murieron en esa ocasión.Tres años más tarde, ocho jóvenes habían sobrevivido a la caída. Pero estaban en medio de la selva y sabían que el terreno y el clima dificultarían cualquier salvataje. Oscar lo confirmó cuando, horas después, escuchó el ruido de los aviones de rescate que sobrevolaban la zona buscándolos sin verlos. No tenían otra opción que caminar, encontrar solos la salida.Todos se habían desmayado en la caída, excepto Gladys. Más tarde, la joven contaría al diario peruano Ojo: “Primero ayudé a mi hermano Oscar, y cuando se reanimó, entre los dos sacamos del aparato a los niños”. Él había sufrido graves heridas en el tórax y en las costillas. Pero eso no lo detuvo.“Cuando recobré el conocimiento sentí un fuerte olor a nafta. Por milagro el tanque no estalló. Poco a poco nos recuperamos, tomamos conciencia de lo que había pasado. Antonio Simons estaba muerto. Posiblemente se arrojó del avión antes de que nos estrelláramos. Juan Wingar estaba muy grave. Las valijas se habían deslizado hacia atrás y lo habían aplastado”, le contó Oscar a Serra unas semanas después.Intentaron reanimar a Juan durante tres horas, pero no pudieron salvarlo. Enseguida entendieron que no podían quedarse ahí. Hubieran querido enterrar a sus familiares, pero tenían que irse, caminar. “Nos dolió, pero no tuvimos más remedio que dejar a los dos muertos en la selva”, contó el piloto.A esa tragedia se sumaba otra dificultad: Katy tenía las dos piernas fracturadas. Era el comienzo de la travesía, y trasladarla era complicado: “Mi hermano y yo nos turnamos para cargarlas sobre nuestras espaldas”, relató Gladys.“Hablábamos menos, avanzábamos menos y nos angustiábamos más”“De día la selva es un horno. De noche, hielo. El frío fue la primera dificultad”, continuó. Esa primera noche buscaron refugio en el avión. Vestían con camisa y pantalón, nada más, pero encontraron dos o tres frazadas que, junto con algunos cartones y papeles, les sirvieron para protegerse del frío. “A la mañana, ni bien el sol iluminó la selva, empezamos a organizarnos. Tuvimos que partir de cero, porque ni siquiera sabíamos en qué lugar estábamos y, para colmo, los instrumentos del avión se habían roto”.Iban a buscar alguna población. Antes de ponerse en marcha reunieron toda la comida que encontraron: caramelos, algunas tortas, pan dulce y chocolates, lo que habían llevado para celebrar la Navidad en familia. Se pusieron en camino con esa provisión y Katy sobre la camilla improvisada. “La única forma de marchar era a golpe de machete, porque la maleza y las lianas forman algo así como una telaraña que se anuda alrededor del cuerpo hasta impedir cualquier movimiento”.Durante el día soportaban el calor, la humedad. Había víboras, alacranes, arañas y mosquitos. Aliviaban la sed con pequeños cursos de agua que encontraban en el camino cada tanto y que cargaban en cantimploras improvisadas con las lonas del avión. Para andar, Oscar se guiaba por la posición del sol. Estaba convencido de que, tarde o temprano, llegarían a Iscozacín, un poblado a orillas del río Palcazú. Pero el trayecto era largo, y pronto se quedaron sin comida.“Una vez más, para subsistir tuvimos que aplicar todos nuestros conocimientos sobre la selva. En la selva todo está al alcance de la mano. Aparentemente, hay centenares de frutas, de hojas, de hongos, de raíces que sirven para comer. Sin embargo, esa apariencia es uno de los mayores peligros. Si uno no conoce bien lo que da vida o lo que mata, está perdido. En realidad, son muy pocas las cosas comestibles, y hay que conocerlas a la perfección”.Ellos tenían bastante experiencia, y gracias a eso pudieron alimentarse con los pocos frutos que sabían que eran seguros. El agua seguía siendo escasa y, con la llegada del invierno tropical, empezaron las tormentas eléctricas y las lluvias intensas. Cada vez que el tiempo empeoraba debían detenerse y esperar. Lo mismo ocurría con los vuelos de rescate.Oscar contó: “Además, la búsqueda de gente perdida en la selva es una tarea casi imposible: los pilotos, mis compañeros, pasaban con sus aviones por encima de nuestras cabezas, pero ni siquiera lo sospechaban. En esa selva, que por algo la llamamos ‘el infierno verde’, los árboles tienen hasta setenta metros de altura, una barrera aun para los mejores ojos. Todas estas circunstancias hacían que nuestro ánimo decayera cada vez más. A medida que pasaba el tiempo, hablábamos menos, avanzábamos menos y nos angustiábamos más, sobre todo porque veíamos que Katy ya no tenía remedio”.Magulladuras, cortes, hambre y fríoSiguieron caminando. Cuatro días. Cinco. Seis.El sábado 14 por la mañana notaron que la vegetación empezaba a abrirse, había menos mosquitos y el suelo se volvía más firme. Estaban saliendo de la selva.Llegaron a un río, donde encontraron a tres integrantes del pueblo amuesha (originario de la Amazonia peruana), que vivían en la comunidad de Lomalinda y que los recibieron, les prepararon comida y colgaron hamacas para que pudieran descansar. Según informó entonces la