Scaloni: su fórmula para sacar lo mejor de Messi

Hace cuatro años, cuando Lionel Messi levantó la Copa del Mundo en Doha, buena parte del folclore alrededor de esa consagración incluía una despedida silenciosa. Se hablaba de un Mundial más, quizás, jugado a media máquina, con la Selección llevándolo en andas para que la gente pudiera verlo una última vez en la cima. Lo que circulaba era cierta certeza de que en 2026 el rol de Messi iba a ser otro: el diez ya había logrado su objetivo, ahora tocaba acompañar, sumar minutos y estar presente. Lo que está pasando en Estados Unidos desarma esa hipótesis. Messi llega a la final de este domingo contra España con ocho goles convertidos, coronándose como el mayor goleador en la historia de los mundiales, y una cifra de asistencias que también es récord.El recorrido, partido por partido, no deja demasiado lugar para la lectura del jugador administrado. Empezó con un hat-trick ante Argelia. Siguió con un doblete contra Austria. Después llegó un gol de tiro libre frente a Jordania, otro ante Cabo Verde ya en la fase eliminatoria, y uno más contra Egipto, al que sumó una asistencia en ese mismo partido. Contra Suiza, en cuartos, no convirtió pero dejó otra asistencia. Y en la semifinal ante Inglaterra, con el equipo abajo en el marcador, dio las dos asistencias que permitieron dar vuelta el resultado y sellar el pasaje a la final del Mundial.Messi no vino a decir adiós. Vino, otra vez, a intentar conseguir un título más con la camiseta argentina.Para Fabián Jalife, psicólogo social, sociólogo y director de la consultora BMC, esa paradoja no se explica por una cuestión estrictamente física, sino por el entorno que Lionel Scaloni tardó ocho años en construir. Jalife es el creador de El método Scaloni, la serie documental de tres episodios disponible en Flow, y pasó meses conversando con el entrenador y con los jugadores para entender la lógica detrás de un ciclo que ya lleva dos Copas América, un Mundial, y que ahora va por el segundo.Por qué Lionel Messi encuentra espacios donde nadie más los ve: la respuesta está en su cerebroAlgo de esa lectura errada, la de la despedida protocolar, subestimaba dos cosas: al jugador y, sobre todo, al entorno que se había construido a su alrededor. El vínculo entre Scaloni y Messi nunca se apoyó en la gratitud ni en la compasión hacia una gloria en retirada, sino en una combinación de exigencia y confianza. El propio entrenador lo dejó entrever en la previa de los cuartos de final, cuando le preguntaron por el nivel de Messi en el torneo: “Va a ser el mejor hasta que él tenga ganas, pero llegará el momento en que eso se va a terminar”. También hubo una tarea silenciosa de los compañeros más jóvenes que durante años se ocuparon de correrlo del lugar de único responsable. Jalife lo describe así en la serie: “había que bajar a Messi del pedestal sin bajar su importancia. Había que convertirlo nuevamente en compañero”.Ese desplazamiento, de ídolo obligado a salvar a todos a compañero de nuevo, es, probablemente, la clave menos futbolística y más determinante de lo que se ve hoy en la cancha. Un jugador que ya no carga solo con el peso de un país entero rinde distinto que uno que siente que el grupo lo sostiene.Los propios futbolistas, según reconstruye Jalife a partir de sus conversaciones con el plantel, “terminaron apropiándose del sueño de Messi, asumieron el rol de cuidar al ídolo y ayudarlo: lo vivieron como una inspiración”. La escena que mejor lo resume sigue siendo la de Qatar: después del penal de Montiel, varios jugadores corren primero hacia donde se definió el partido y recién después se dan vuelta para ir a buscarlo a él.Ese mismo movimiento se repite, ocho años después, con otro protagonismo dentro del campo. Messi ya no es el que tiene que resolver todo solo en los últimos minutos: reparte —lleva doce asistencias en el torneo— y sigue apareciendo en el momento justo, con ocho goles convertidos, uno más de los que convirtió en la totalidad de sus partidos en Qatar.La lectura más simple diría que es una cuestión de talento que no se apaga. La más completa incluye algo menos visible: un entrenador que se dedicó a construir alrededor de la figura de la selección un equipo que no depende exclusivamente de sus piernas, pero que tampoco la deja nunca sola.Fabián Jalife, psicólogo: “Scaloni trabaja para que los jugadores no queden atrapados por el trauma del pasado ni por la ansiedad del futuro”Ahí aparece, otra vez, la lógica de fondo que atraviesa todo el ciclo de Scaloni: la confianza como método de trabajo. Un entrenador que pregunta en lugar de ordenar termina generando jugadores que deciden en libertad qué necesitan en cada partido.Con Messi, ese mecanismo se nota especialmente: no llega a esta final arrastrando la deuda de un título que le debe a la Argentina, porque esa cuenta ya la saldó hace cuatro años en Doha. Llega porque todavía quiere jugar y todavía quiere ganar. La mochila pesa menos, pero la ilusión es exactamente la misma que el primer día, y detrás de esa liviandad hay algo más difícil de fabricar que un gol: la confianza plena en la gente que lo rodea.
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