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Cómo es la terapia de flotación que busca aliviar el estrés, la ansiedad y el insomnio
El aislamiento sensorial busca reducir al mínimo los estímulos externos para favorecer la relajación profunda; qué beneficios estudia la ciencia y en qué casos no está recomendada
En medio de un paisaje urbano saturado de estímulos, donde los ringtones, los teléfonos que vibran y las pantallas titilantes son parte del paisaje cotidiano, la neurociencia y las terapias de vanguardia plantean cada vez más la necesidad de apagar los estímulos externos para permitirle al cerebro autoregularse para bajar el nivel de estrés. En este intento, la terapia de flotación asoma como una alternativa fuera de lo común para facilitar el aislamiento sensorial y poner el cuerpo y la mente en pausa. Parar el mundo, al menos por un rato.La premisa es sencilla: sumergirse en un tanque de aislamiento sensorial que contiene una solución saturada de agua y sales de Epsom (sulfato de magnesio). Esta combinación genera una densidad tan alta que el cuerpo flota de manera natural, reduciendo la propiocepción -sentido que permite al cerebro conocer la posición exacta, el movimiento y la acción de las partes del cuerpo en cada momento- del peso corporal a cero. Dado que el agua y el aire se estabilizan a la temperatura corporal, los receptores nerviosos de la piel dejan de percibir la frontera entre el cuerpo y el entorno. Así, al cancelarse la luz, el sonido y la gravedad, el cerebro se libera de procesar la información ambiental.“El funcionamiento del tanque se basa en la reducción de estímulos sensoriales. La alta densidad de sal de Epsom permite disminuir de manera significativa la percepción del peso corporal; la temperatura está regulada; la oscuridad puede ser total; y la sala debe estar correctamente insonorizada. Así, el tanque de aislamiento sensorial permite acceder a estados de quietud difíciles de alcanzar en la vida cotidiana y facilita una práctica de observación interna, autoconciencia y presencia corporal”, explica Yohan Poissonneau, especialista en aislamiento sensorial y fundador del centro de flotación Zero Gravité. Y agrega que “también puede utilizarse con fines creativos, ya que la relajación profunda favorece un modo de pensamiento menos reactivo y más asociativo”.Basado en su experiencia desde 2019 como facilitador de más de 5000 sesiones, Poissonneau señala que este entorno controlado funciona como un catalizador terapéutico. “La terapia de flotación puede acompañar procesos vinculados al estrés crónico, la ansiedad, el insomnio, ciertos dolores de origen nervioso o emocional, y también favorecer la recuperación muscular en deportistas. Además, ofrece un espacio singular para la meditación y la introspección”.Cómo es la experiencia de la flotaciónTodo comienza antes de llegar al lugar, con una etapa de información y recomendaciones básicas. Existen contraindicaciones firmes que los especialistas advierten de entrada, tales como padecer epilepsia, sufrir de cálculos renales, presentar heridas abiertas que puedan arder con la sal, o cursar psicopatologías severas donde el aislamiento resulte desorganizador. Tampoco se aconseja afeitarse el mismo día de la sesión ni asistir con el cabello recién teñido.Una vez en el lugar, el participante recibe unas sencillas instrucciones para manejar el tanque y sus funciones lumínicas o sonoras de forma autónoma.“Durante la sesión, el agua y el aire están aclimatados con precisión para que la persona no sienta frío ni calor y para que la diferencia entre agua y aire se vuelva casi imperceptible. La temperatura es un aspecto central del aislamiento sensorial. Muchas personas comienzan con una luz tenue, que luego pueden apagar desde el interior del tanque para pasar a la oscuridad total. La propuesta sonora se define antes de ingresar: puede ser una relajación guiada, música de relajación, frecuencias específicas, silencio completo o una combinación de sonido y silencio”, sigue Poissonneau.La duración estipulada para una sesión estándar es de 60 minutos, aunque existen opciones de hasta dos horas para flotadores más experimentados. El equipamiento habitual incluye toallón, tapones para los oídos y elementos de aseo. Dado que cada cabina cuenta con su propia ducha privada, el uso de traje de baño queda a elección del usuario.Las tres fases de la desconexiónEl proceso de aislamiento no es lineal, sino que se divide en tres etapas fisiológicas bien delimitadas. “La primera es una etapa de adaptación, que varía según el estado físico, emocional y autonómico de cada persona”, detalla Poissonneau. Durante este tramo inicial, es frecuente experimentar hiperactividad mental, impaciencia y tensiones focalizadas en la zona cervical o escapular, como un reflejo defensivo del cuerpo que busca aferrarse a los estímulos habituales.Poco a poco, ante la persistencia del vacío sensorial, el cerebro disminuye la actividad del sistema simpático y activa la respuesta parasimpática. Es el ingreso a la segunda fase: la transición profunda. “Allí algunas personas registran sobresaltos fisiológicos, pequeñas descargas nerviosas en las extremidades o sensaciones de despertar súbito. En sesiones más largas, también pueden emerger emociones”, describe el especialista.La fase final es la de quietud metabólica absoluta. El ritmo cardíaco y la presión arterial descienden, y el cerebro comienza a registrar ondas de baja frecuencia similares a las del sueño profundo, pero manteniendo la vigilia. “Quienes emergen del tanque reportan una notable restauración cognitiva y una relajación muscular equivalente a varias horas de descanso reparador”, explica Yohan.Históricamente, la terapia de flotación estuvo asociada a los estados ampliados de conciencia. Su origen hunde sus raíces en la investigación científica de mediados del siglo pasado. Fue el icónico neurocientífico norteamericano John Lilly quien, en 1954, diseñó el primer tanque de aislamiento sensorial para determinar si el cerebro requería estímulos externos para mantenerse activo o si poseía un motor autónomo. Los experimentos originales de Lilly implicaban confinamientos de hasta 24 horas continuas. Incluso solía experimentar con LSD, lo que invariablemente contribuyó a construir cierta mitología alrededor de la práctica. Sus derivaciones posteriores sentaron las bases para que en 1972 el matrimonio estadounidense de Glenn y Lee Perry desarrollara el primer tanque comercial, que transformó un experimento de laboratorio en una práctica accesible para el público general y abrió la puerta a investigaciones clínicas sobre el manejo de la ansiedad y el dolor crónico a principios de este siglo.En la Argentina, los primeros equipos desembarcaron a mediados de los 90, cuando surgieron a los primeros espacios de flotación en Buenos Aires, con referentes como Anni Schuff. Tras un período de dispersión —con cabinas aisladas en Belgrano y consultorios médicos en Boedo—, el sector experimentó un nuevo impulso recién en 2019. “Conocí el tanque de aislamiento sensorial a través de Stanislav Grof, psiquiatra checo con quien me formé, y también por Néstor Berlanda, psiquiatra rosarino con quien trabajé en 2017. Más adelante, descubrí que en Santa Fe se fabricaban tanques de flotación, lo cual permitió desarrollar el proyecto en Buenos Aires”, recuerda Poissonneau el nacimiento de Zero Gravité en Parque Chas, el centro de flotación que por estos días se encuentra en proceso de mudanza, y próximamente abrirá un nuevo complejo en Palermo Hollywood con tres tanques de última generación, incluida una cabina de dimensiones ampliadas apta para flotación en pareja.Este crecimiento no solo amplió el perfil de los usuarios, desde meditadores, personas que realizan procesos terapéuticos psico corporales, deportistas, personas con estrés, ansiedad, dolores crónicos, trastornos del sueño o simplemente curiosos que buscan una experiencia, sino que impulsó la industria local con la fundación en 2007 de Hydrofloat, empresa reconocida como la primera fábrica de tanques de aislamiento de escala industrial en América Latina.En todo caso, tal vez el mayor atractivo de estas cabinas no sea solo el descanso físico que auguran, sino la oportunidad de regalarse una hora de pausa para ver qué pasa cuando, por un rato, el mundo exterior simplemente se apaga.“A quienes sienten curiosidad por la terapia de flotación les diría algo simple: si la primera sesión fue buena, probablemente la experiencia se vuelva cada vez más profunda con la práctica. La flotación no es solo una pausa; puede convertirse en una forma de aprender a regularse, descansar y relacionarse de otro modo con la vida cotidiana”, concluye Poissonneau.