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“Nos gusta hacer comedias que, en el fondo, sean pequeñas tragedias”
Entre el humor ácido y el teatro físico, el dúo Sutottos reflexiona en sus obras sobre las obsesiones, el miedo y la exigencia constante de ser feliz; dos actores criados en el off, que hoy son reconocidos con premios internacionales
El frío invernal no intimida al público que el sábado por la tarde llena el Teatro Picadero. Cuando el dúo Sutottos aparece en escena, con un vestuario multicolor y unas pelucas rubias surrealistas, el humor ya está servido: Andrés Caminos y Gadiel Sztryk encarnan a hermanos mellizos que cumplen 40 años y que aún viven en la casa de su madre. Para cumplir el mandato de ser felices, repiten frases del tenor de “vive, ríe, ama, sueña” o “un día sin sonreír es un día perdido”. Con gracia, los actores transforman eslogans de autoayuda en mantras que incomodan y divierten a la vez. Surgidos en el off teatral hace dos décadas, los Sutottos se consagraron con Inestable (2015), en la que exploraban los temores y las fobias, un éxito que los llevó a realizar varias giras por España. Ahora, con Feliz día, redoblan la apuesta y se consolidan como un suceso de público. Desde el humor psicológico —con sus criaturas tan atormentadas como queribles—, construyen una sátira feroz sobre el deber ser y la ansiedad por encajar, siempre con el absurdo como motor, en una obra que conecta de inmediato con los espectadores: durante una hora la carcajada funciona como un elemento catártico en la sala, donde es imposible no reconocerse en los protagonistas. Unos días después de la función, en la calma de un café de Villa Crespo, el clima es otro. La adrenalina de los personajes da lugar a la introspección de sus creadores, que se muestran distendidos y abiertos a conversar. Para el dúo, que empezó allá lejos y hace tiempo en los sótanos haciendo números teatrales, Feliz día representa su obra más madura. “Me parece que tiene condimentos que cierran por todos lados y nos atraviesan a todos: desde el dolor que significa crecer hasta el vínculo que cualquier persona tiene con la madre”, explica Gadiel Sztryk. Pero lo que subyace en el espectáculo es la imposición de la felicidad y la presión por disfrutar y pasarla bien a toda costa, una exigencia que se potencia en el día del cumpleaños. “Siempre que empezamos a armar una obra, nos moviliza algún tema. Y una de las preguntas que nos hicimos fue: ¿quién nos pide con tanta vehemencia ser felices? Nos gusta hacer comedias que, en el fondo, son pequeñas tragedias. Proponerse ser feliz es una tarea imposible. Por eso, en Feliz día hay un combo de cosas que observamos, que nos pasan o que no existen y se nos ocurrió a nosotros”, analiza Andrés Caminos. —¿Se acercaron a ustedes los psicólogos? —A.C.: ¡Absolutamente! Han venido muchos psicólogos, psicoanalistas y gente de otras áreas de salud mental que analizan la obra y después se acercan para hacernos comentarios que nosotros no habíamos entendido previamente. Nos aportan sus miradas... Es muy revelador. —G.S.: Con Inestable, en la que hablábamos de los miedos, también nos pasó que venían muchos psicólogos. Es más, una vez hicimos una función en una escuela de psicoanalistas. Después de la obra, llevaron adelante una charla en la que analizaban la obra y marcaban las relaciones entre elementos del espectáculo. Nosotros no teníamos ni la menor idea de que hablaban, pero evidentemente estaba todo relacionado y los escuchamos. —Y ustedes, ¿hacen terapia? —A.C.: Sí, yo llevo por lo menos la mitad de mi vida psicoanalizado. —G.S.: Toda mi vida hice terapia. —A.C.: Es evidente que algo de eso hay en este espectáculo y en todas nuestras obras. La psicología es un tema que nos atraviesa. Es una manera de ver la vida desde el teatro. —Una curiosidad: ¿los vinieron a ver sus terapeutas? —G.S.: El mío, sí —A.C.: El mío todavía no. Vinieron otros anteriores. —G.S.: Después de verme, el mío se ablandó. Me debe haber observado con la peluca y pensó: ‘¿Qué puedo hacer con este tipo?’ (risas). —¿Qué fue lo más sorprendente que les pasó en sus obras? —G.S.: Una vez vino a vernos Cristian Castro al teatro, cuando presentábamos Inestable. —A.C.: Fue una locura. Le encantó la obra y se acercó al camarín a saludarnos y a darnos un abrazo. Él estaba feliz y nos decía: “Esta comedia soy completamente yo”. Nunca vimos el teatro tan revolucionado, se le tiraban todos encima.