“Los vas a capacitar y se van a ir”: el empresario que ignoró prejuicios y encontró a sus empleados más comprometidos

Elba Delgado dice que todo empezó de chica, mientras miraba la telenovela mexicana “La Rosa de Guadalupe”. Muchos de los episodios estaban ambientados en oficinas y ella pensaba: “Yo quiero trabajar de eso”. Le gustaba la formalidad con que se vestía esa gente, un contraste absoluto con su barrio, el Barrio Mugica, popularmente conocido como Villa 31, en Retiro, donde no predominan los uniformes no los trajes de oficina. Hoy, tiene 24 años y el orgullo se le cuela en la voz cuando cuenta que se viste más o menos como algunos de los protagonistas de esa novela: camisa, pantalon de vestir, algún saquito bien arreglado. “Todavía me estoy acostumbrando a los tacos altos”, dice. Elba ya lleva tres años trabajando como consultora de implementación en Intec Software, una empresa con 35 años de trayectoria que desarrolla software de gestión para pymes. Visita clientes, entre ellos una bodega, y los ayuda a que puedan administrarse desde un sistema digital.Llegó ahí de la mano de Empujar, una fundación que se dedica a capacitar a jóvenes de bajos recursos para que tengan mejores credenciales para el mundo del trabajo. Esa oportunidad que le dieron no solo fue beneficiosa para ella. Según cuenta su empleador, Víctor Mercol, los jóvenes que llegan a través de Empujar tienen una particularidad que los destaca: son muy comprometidos con el proyecto y permanecen más tiempo en la empresa porque valoran la oportunidad que tuvieron.“Tengo colegas que me decían: ‘Una vez que los capacites, se van a ir a otra empresa. No lo hagas. Pero no pasó eso. No solo siguen como empleados, sino que tienen un compromiso que contagia al resto del equipo”, dice este empresario de 52 años desde sus oficinas ubicadas en el barrio porteño de Recoleta.




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Sumá talento joven a tu equipo


Si trabajás en recursos humanos, sos empresario o tenés un comercio
o emprendimiento, podés emplear egresados de Empujar,
una organización que capacita y ayuda a conectar a jóvenes vulnerables
con el mundo del trabajo formal.



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El comportamiento de sus empleados confirma las conclusiones de un reporte reciente de la Fundación Empujar. A principios de este año, la organización analizó la trayectoria de 355 jóvenes que habían conseguido trabajo después de capacitarse con ellos. Unos 18 meses después de ocurrido el proceso de inserción laboral, el 68% seguía trabajando en la empresa que los había contratado. Florencia Segal, responsable de Desarrollo Institucional de Empujar, le pone contexto a estos datos. Dice que los estudios más recientes sobre esta generación de jóvenes muestran que uno de cada tres planea cambiar de empleo durante el próximo año. Según la especialista, la evidencia muestra que buscan desarrollo profesional, aprendizaje y proyectos con sentido. “Sin embargo, nuestro resultado de permanencia demuestra que, cuando una empresa ofrece esas condiciones y el proceso de inserción está bien acompañado, los jóvenes construyen vínculos laborales sostenibles”, agrega Segal.El estudio arroja otro dato alentador: el desempeño de la mayoría de estos chicos es acorde o superior a las expectativas de sus empleadores. En el caso de las mujeres, el 69% tiene un rendimiento por encima de lo esperado. El desafío de no repetir la historiaElba egresó de la secundaria a los 17 años, en 2020, el año de la pandemia. Estaba convencida de que quería trabajar en una compañía y se decidió por Administración de Empresas. Cursó todo el CBC en la UBA de forma virtual y hoy sigue con esa carrera. A Intec Software llegó después de hacer una capacitación en la empresa. “Arranqué en Mesa de Ayuda, atendiendo el teléfono todo el día, pero sin terminar de entender cómo funcionaba la empresa por dentro”, recuerda. Al mes, su líder le preguntó cómo se sentía y ella se animó a decir que estaba incómoda en ese rol, relata. “Nunca nadie me había preguntado cómo estaba. Eso me dio la confianza para decir lo que me pasaba. Entonces me ofrecieron pasar al área de consultoría y sentí que era por ahí”, explica. Elba vive con sus padres y es la mayor de seis hijos. Uno de ellos estudia ingeniería mientras es repartidor de Rappi. Otra pasó por Empujar y trabajó en un call center. El siguiente terminó la escuela industrial y empezó la universidad. Y los dos menores, mellizos de 8 años, están en la primaria. Su papá es albañil y su mamá alternó toda su vida entre el rol de ama de casa y trabajos esporádicos en puestos de ferias. “Cuando le salían trabajos, yo me quedaba al cuidado de mis hermanos”, recuerda Elba. De aquellos tiempos no se olvida los consejos de su papá: “Vos tenés que estudiar para acceder a un buen trabajo y no vivir al día como nosotros”, le decía. Eran tiempos de vivir con lo justo, así que a partir de los 14 años, cuando llegaba el verano y sus compañeras de escuela planificaban vacaciones, ella buscaba trabajo en puestos de feria. “La idea era tener mi plata para mis cosas, así mis papás no tenían que preocuparse por eso”, recuerda. En esos puestos vendía carteras, accesorios de vestir y bijouterie. Todo eso que usaban los personajes de “La Rosa de Guadalupe” y que ella soñaba con poder usar alguna vez. Años más tarde, cuando empezó a trabajar y después de compartir cuarto con sus hermanos durante toda su vida, logró tener su propia habitación. “Mi papá la construyó arriba de mi casa”, dice. Lo primero que hizo cuando cobró el siguiente sueldo fue comprarse una cama y un escritorio. “Me gusta tener todo organizado”, cuenta. Ir al odontólogo por primera vezDe los 96 empleados de Intec Software hay más de 20 jóvenes que obtuvieron su empleo gracias a la articulación de la empresa con alguna ONG orientada a la inserción laboral de jóvenes de familias vulnerables, principalmente Empujar. Víctor Mercol cuenta que abrirse a formas de contratación menos tradicionales fue la respuesta que encontró a una pregunta que se hacía con su mujer: ¿qué hacer, como empresarios, para contribuir con el país? “Las oportunidades que se me presentaron tuvieron que ver con el mérito y la preparación. Pero también con la suerte de nacer con ciertos privilegios que no todos tenemos”, reflexiona el empresario. De acuerdo con una investigación del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, realizada en exclusiva para LA NACION, apenas tres de cada 100 jóvenes de hogares muy pobres logran acceder a un trabajo formal. Otro estudio de la misma institución reveló que del enorme universo que queda por fuera, sulo cuatro de cada 10 jóvenes consiguen un trabajo regular que les aporte cierta estabilidad a sus vidas. El resto, accede a changas y trabajos esporádicos, siempre informales. “Lo mejor que sé hacer es dar trabajo de calidad. Así que entendí que tenía que ir por ahí”, dice. En 2022, con apoyo de un programa de prácticas formativas del Gobierno de la Ciudad, Mercol organizó una capacitación en tecnología para 15 jóvenes de contextos vulnerables. De ahí surgieron 14 contrataciones efectivas. Hoy, varios años después, 12 de esos chicos siguen trabajando en la empresa, en desarrollo de software. “Los pocos que se fueron fue porque consiguieron mejores propuestas, no porque abandonaran”, explica. En 2023 se capacitó una segunda camada para el área de atención al cliente –el grupo en el que ingresó Elba– y ahí la marca fue todavía más clara: de los 10 que aprobaron el curso, todos continúan en la empresa Esa permanencia es, para Mercol, el dato que más le interesa a cualquier empresario. De todos modos, reconoce que la apuesta tiene algunas resistencias internas. Cuenta que sus propios equipos se quejaron por sumar “gente muy junior”. “Pero esa resistencia se disolvió. Son chicos agradecidos y comprometidos con el proyecto. Y esto se lo contagian a los compañeros que no tuvieron sus mismas dificultades”, dice. El abrirse a estas otras realidades generó en el empresario una mayor conciencia sobre el significado que tiene un trabajo formal para quien carga con una historia marcada por la desigualdad. “Gracias a la cobertura de salud a la que acceden, hay chicos que fueron al odontólogo por primera vez en su vida. También tenemos chicos que ahora pueden afrontar un alquiler formal y pudieron mudarse a barrios menos inseguros”, ejemplifica.También entendió que las historias de
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