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Era solo un partido y pasó a ser memorable: de eso es capaz esta inolvidable selección argentina
Venció 2-1 a Inglaterra, con goles a los 40 y 47 minutos del segundo tiempo, y el domingo defenderá el título en la final frente a España
Había una mentirilla en el “es solo un partido de fútbol” con que Lionel Scaloni, al menos públicamente, intentó bajarle el voltaje a una semifinal que era un fierro hirviendo. El engaño del entrenador -con gente así dan ganas de dejarse embaucar- se develó en Atlanta, donde la selección demostró una vez más que le va la vida en cada partido. Hace de cada desafío una cuestión existencial, lo afronta como si no hubiera un mañana. Esta Argentina, que ya tiene un pasado inmenso, glorioso, sigue construyendo futuro, exige reconocimiento por lo hecho y renueva el crédito porque paga al contado, no deja deudas de fútbol, temperamento, inteligencia y entrega. “Este equipo juega mejor cuando está en dificultad”, dijo tras la victoria ante Inglaterra Scaloni, al que se le acaban las alabanzas para su equipo y al que se le llenan los ojos de lágrimas cuando habla de sus muchachos, como también ocurre con muchos hinchas que se sienten representados por futbolistas millonarios que juegan y ofrecen su corazón con la humildad del que tiene que ganarse el pan de cada día. Y lo que se ganaron no es para cualquiera, nada menos que la segunda final mundialista consecutiva. Se dice rápido y fácil, pero es un trabajo arduo, largo en el tiempo y repleto de exigencias. No apto para conformistas ni victimistas. A los rivales de la Argentina los partidos se les hacen demasiado largos, interminables, imposibles de aguantar. Terminan doblegados, resignados. Vencer y eliminar a Inglaterra era el sueño húmedo de todo el país. Haberlo hecho con goles a los 40 y 47 minutos del segundo tiempo es de un éxtasis incomparable. Un “título mundial” en sí mismo, con la tranquilidad de saber que este equipo nunca se duerme en los laureles y que el domingo, frente a España, volverá a ponerse en modo ultra-competitivo para ir por el título en metálico, esa copa del mundo que 17 de los 26 integrantes del plantel ya saben cuánto pesa.Al recorrido de la Argentina en el Mundial le faltaba un partido como el de este miércoles. Una prueba de fuego, sin desmerecer que hasta aquí venía apagando incendios contra rivales que no tenían más que dos piedras para hacer chispas y crearles fogatas impensadas. A Inglaterra había que enfrentarla con todo el arsenal completo: piernas, pulmones, cabeza y corazón. Esta selección siempre atiende ese tipo de llamadas, nunca se hace la desentendida o se muestra superada por las circunstancias.El resumen de Argentina 2 - Inglaterra 1Inglaterra 1 - Argentina 2 | Argentina le dio vuelta el resultado a Inglaterra y ¡está en la final!El primer tiempo fue una batalla de emboscadas. Juego trabado, foules que se interponían cuando una cadena de pases llegaba a los tres toques, máximas prevenciones y mínimos riesgos. El temor a equivocarse era superior al atrevimiento. Los jugadores de ambos equipos se festejaban en la cara cada cruce o quite oportuno. El ambiente estaba pesado, el aire se cortaba con el filo de una navaja. No había situaciones de gol, todo muy encorsetado en una franja de 50 metros entre un área y la otra. Apenas un remate de media distancia de Enzo Fernández que se fue centímetros arriba del travesaño. Sería toda una advertencia del volante argentino.En el segundo tiempo se soltaron las ataduras porque así lo propuso la Argentina, con Julián Álvarez en un doble remate al minuto de juego, ya alejado de la posición de wing izquierdo del primer tiempo. Ahora sí el encuentro ya era otro, más abierto, menos congestionado en el medio. Un nuevo escenario que tuvo un costo para la Argentina, con Rice ganándole la espalda a los volantes para habilitar a Rogers, cuyo centro fue conectado por Gordon ante el tardío cierre de Molina.Iban 10 minutos de la segunda etapa y la Argentina debía abocarse una vez más a la épica. Y a una correcta lectura de la situación, la que hizo Scaloni con los ingresos de Nicolás González, Otamendi, Montiel, De Paul y Lautaro Martínez. Cambios posicionales, con Enzo Fernández como volante central y la alternativa aérea que Nicolás González ofrecía por la izquierda.La Argentina reaccionó como lo hace cada vez que recibe un golpe: se pone de pie, los rendimientos individuales empiezan a crecer, se produce un contagio, todos suman, nadie se esconde. Y el rival de turno se asusta, para qué negarlo, no es una afirmación arrogante ni altanera, sino una fidedigna lectura de lo que ocurre. Inglaterra se achicó como si fuera Gales o Escocia, cada vez más atrás, aguantando el chaparrón de pases y centros de la selección.Un poco con “la nuestra”, el pase y la asociación, y otro tanto con “la de ellos”, centro a la olla, pero casi siempre con un destino cierto, la Argentina desembarcó en territorio inglés. Fue colonizando cada metro del campo. Inglaterra soportaba el asedio aferrada a los postes (le negaron dos veces el gol a Mac Allister), las atajadas de Pickford y un Stones que no daba para todo. Messi era el general, más por sabio que por genio, y el resto tiraba del carro sin pausas. El 1-1, con un remate desde fuera del área de Enzo Fernández, puso a Inglaterra al borde de la capitulación, que llegó con el centro (¡la pierna derecha!) de Messi y el cabezazo de Lautaro Martínez. A Inglaterra ya no le funcionaba nada: ni la defensa terrestre ni la antiaérea.Triunfazo argentino, para los libros, en letra de molde y para grabar en piedra. Aunque parezca mentira, desde la final del Mundial de Qatar ante Francia, la Argentina no había enfrentado a ninguna potencia europea. Los calendarios lo hacen cada vez más dificultoso. Hasta que el destino puso en el camino a Inglaterra. Era “solo un partido”. Solo un partido como el que salió pasa a ser memorable.