Fuerte crítica de expertos a la OMS ante el brote de hantavirus en el crucero por no tener en cuenta el antecedente de Epuyén

“Esperar pruebas concluyentes antes de actuar puede costar vidas”. La frase no pertenece a un dirigente político ni a una organización militante, sino a un grupo de reconocidos científicos que, en un análisis publicado en The BMJ, cuestionaron el enfoque adoptado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) frente al brote de hantavirus detectado en el crucero MV Hondius. Para los autores, la respuesta inicial del organismo internacional volvió a mostrar una tensión conocida desde la pandemia de Covid-19: priorizar la evidencia definitiva antes de aplicar el principio precautorio ante la posibilidad de transmisión aérea.El texto fue firmado por Donald K. Milton, profesor de salud ambiental en la Universidad de Maryland; Trisha Greenhalgh, especialista en atención primaria de la Universidad de Oxford y una de las voces más influyentes en el debate sobre transmisión aérea durante el Covid-19; David N. Fisman, epidemiólogo de la Universidad de Toronto; Amanda Kvalsvig, investigadora en salud pública de la Universidad de Otago, en Nueva Zelanda; Lidia Morawska, experta en calidad del aire y transmisión por aerosoles de la Universidad Tecnológica de Queensland; y Jonathan M. Samet, referente en epidemiología ambiental de la Universidad de Colorado. El documento, firmado por los científicos especializados en salud pública, epidemiología y control de infecciones, no presenta datos nuevos, pero sí revisa antecedentes, documentos oficiales y decisiones sanitarias recientes. A partir de ese análisis, plantea que la OMS debió haber recomendado de manera temprana medidas para reducir la transmisión por aerosoles, como el uso de barbijos de alta eficiencia, la mejora de la ventilación y la reducción de la recirculación de aire, incluso antes de contar con pruebas irrefutables.“La historia reciente demuestra que subestimar el riesgo de transmisión aérea retrasa intervenciones clave”, sostienen los autores, que advierten que el hantavirus Andes es el único conocido hasta ahora con transmisión documentada de persona a persona y con una tasa de letalidad elevada. En ese punto, el artículo introduce un antecedente que resulta central para el debate actual: el brote de Epuyén, en la provincia de Chubut, entre 2018 y 2019.Para los científicos, lo ocurrido en el pequeño enclave patagónico no es un episodio local ni aislado, sino un caso testigo que debería haber pesado más en la evaluación del riesgo. Allí, el virus Andes provocó 34 infecciones confirmadas y 12 muertes, en una cadena de contagios que comenzó tras una fiesta de 15 y se extendió entre familiares y contactos cercanos, sin que mediara, en muchos casos, un contacto directo con roedores.En ese brote, la transmisión interhumana fue inicialmente puesta en duda por las autoridades sanitarias, que durante semanas sostuvieron la hipótesis de un origen ambiental. Recién después se aceptó de manera oficial que el virus podía transmitirse entre personas. Para entonces, el daño ya estaba hecho.“Los médicos me decían que no era contagioso. Andaban todos sin barbijo”, recordó Víctor Díaz, uno de los sobrevivientes de Epuyén, al reconstruir aquellos días. Tenía 68 años cuando enfermó y fue considerado durante un tiempo el caso cero. Su hija Isabel también se contagió. Su exesposa murió. “Lo que faltó fue prevención, que nos dijeran qué teníamos que hacer”, resumió años después.El análisis publicado en The BMJ retoma ese antecedente para advertir que, frente a patógenos con potencial de transmisión aérea, la demora en adoptar medidas puede amplificar el impacto de un brote. “El principio precautorio debería guiar las decisiones cuando las consecuencias de equivocarse son graves”, señalan los autores, que cuestionan que la OMS haya insistido, en sus primeras comunicaciones sobre el crucero, en la transmisión por gotas y contacto estrecho, mientras en otros documentos internos recomendaba medidas más estrictas.Espacios cerrados y eventos amplificadoresEl paralelismo entre Epuyén y el MV Hondius aparece también en el contexto de transmisión. En la localidad chubutense, una celebración social en un salón cerrado funcionó como evento amplificador. En el crucero, la convivencia prolongada en espacios interiores, con ventilación limitada, plantea un escenario similar.Para los científicos, estos factores deberían haber inclinado la balanza hacia una respuesta más cautelosa. “No se trata de generar alarma, sino de reducir riesgos evitables”, plantean en el artículo, donde recuerdan que durante el brote argentino hubo contagios a distancias superiores a los dos metros, sin contacto físico directo, lo que refuerza la hipótesis de transmisión por aerosoles.La experiencia de Epuyén también dejó otra lección: cuando finalmente se aplicaron medidas estrictas, como el aislamiento domiciliario compulsivo y el uso sistemático de protección respiratoria, la cadena de contagios se cortó. Pero esas decisiones llegaron después de semanas de incertidumbre y reclamos de la comunidad.“Al principio hubo una negación total”, recordó una docente que participó de las reuniones con autoridades sanitarias en 2018. “Decían que no querían generar pánico, pero hablar de prevención era todo lo contrario”, sostuvo.El análisis de The BMJ se suma a un debate más amplio sobre cómo los organismos internacionales gestionan la incertidumbre científica. Para los autores, la OMS sigue operando bajo un esquema que privilegia la confirmación definitiva de los mecanismos de transmisión, aun cuando existen antecedentes suficientes para adoptar medidas preventivas de bajo costo y alto impacto.“No proponemos conclusiones apresuradas, sino acciones proporcionales al riesgo”, escriben. En ese sentido, sostienen que la experiencia de Epuyén debería haber funcionado como advertencia frente al brote en el crucero, donde pasajeros de distintas nacionalidades compartieron espacios cerrados durante días.Mientras avanzan las investigaciones para determinar cómo se produjo la transmisión del virus en el MV Hondius, desde la Organización Mundial de la Salud anticiparon que podrían aparecer nuevos casos en las próximas semanas. “No esperamos que todos enfermen, pero sí quienes estuvieron expuestos a los primeros casos. El período de incubación puede extenderse hasta ocho semanas”, afirmó Olivier Le Polain, jefe de la Unidad de Epidemiología del Programa de Emergencias Sanitarias de la OMS.
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