La urgencia de reescribir el secundario

En la Argentina actual, las estadísticas educativas muestran una deuda para con los más chicos. Según un informe de Argentinos por la Educación, apenas 10 de cada 100 jóvenes logran terminar la escuela secundaria en tiempo y forma. Ante esta cifra, el sentido común suele refugiarse en un mito peligroso de nuestro sistema: la idea de que estos adolescentes abandonan las aulas porque “no quieren” estudiar o porque sus realidades familiares hacen que simplemente “no puedan”. Es un diagnóstico tan falso como cómodo, que traslada la culpa a la víctima y absuelve al sistema. El problema nunca fue el potencial de los alumnos, sino la incapacidad del formato escolar para contener y otorgar un horizonte posible a sus realidades. Las fatalidades socioeconómicas condicionan de gran manera, pero no determinan el destino de una generación. El entorno impone barreras que parecen infranqueables, pero no clausura el futuro por completo. Lo que agrava el contexto y no deja margen para la acción es un diseño escolar rígido, que responde con burocracia ante la vulnerabilidad y prioriza el mero “estar” en el aula por sobre el sentido profundo del aprendizaje. La permanencia en la escuela se tracciona cuando existe un “para qué”. Si el aula no ofrece un sentido para estar y aprender, un puente que dialogue con el presente y el futuro del estudiante, el abandono se vuelve inevitable. Para revertir esta exclusión educativa invisible, urge en primer lugar desarmar el prejuicio de la pobreza -que la sociedad instala y, a veces, los propios jóvenes terminan avalando- y transformar las condiciones de educabilidad. La experiencia demuestra que cuando se cambia la lógica de intervención, los resultados llegan. No se trata de flexibilizar la exigencia académica desde una mirada condescendiente, sino de aplicar una propuesta pedagógica contextualizada de altísimas expectativas combinada con un blindaje afectivo e institucional. Se hace indispensable generar condiciones organizativas orientadas a proteger la trayectoria del alumnoEn un contexto altamente adverso, precisamos una escuela que funcione como una verdadera red de contención y enseñanza. Esto implica, en primer lugar, dotar de sentido al saber, convirtiendo al estudiante en el protagonista activo de su aprendizaje. Cuando el conocimiento se vincula directamente con la construcción de un proyecto de vida, la escuela se transforma en una plataforma de despegue. A su vez, se hace indispensable generar condiciones organizativas orientadas a proteger la trayectoria del alumno. Este cuidado integra diversas dimensiones como por ejemplo establecer sistemas de alerta temprana que detecten el desenganche antes de que sea irreversible. También consolidar una alianza inquebrantable con las familias, al empoderar a los adultos del hogar como corresponsables del proceso para tejer, junto al escenario comunitario, una red de soporte con lo posible, alejándonos de la utopía de “lo necesario”. Asimismo, la infraestructura y la dignidad edilicia juegan un rol clave. Una escuela abandonada refuerza la idea de exclusión, mientras que un espacio cuidado dignifica al estudiante, al docente y al acto de enseñar. La distribución inequitativa de la infraestructura escolar en particular en el conurbano evidencian una desigualdad que contribuye a condicionar las oportunidades educativas de miles de estudiantes. Necesitamos priorizar el mantenimiento del predio edilicio con perspectiva preventiva y ofrecer espacios vinculados con el acto educativo, es decir, bibliotecas, laboratorios de ciencias, espacios de usos múltiples, entre otros. Por último, resulta vital asegurar un piso de dignidad que incluye una alimentación robusta, soporte tecnológico, materiales didácticos y una red de articulación de salud y asistencia social. Esto exige un diálogo intersectorial que permita acordar abordajes conjuntos con la prioridad de velar y promover al joven estudiante y su familia. Este cambio de paradigma integral no se trata de una utopía. Existen ejemplos que muestran que la realidad se puede reconstruir con gestión, pertinencia y compromiso profesional. Los resultados que se obtienen son el producto de principios que ponen en valor a la persona y al acto educativo, y desde ahí pensar en un diseño institucional para contrarrestar el peso del entorno. El verdadero desafío social y político es tener la audacia de mirar experiencias exitosas, visibilizarlas y pensar el modelo a gran escala para todo el sistema escolar.
Leer nota completa en La Nación →