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Argentina vs. Inglaterra, un clásico que es mucho más que un partido: las teorías de la conspiración
La semifinal de la Copa del Mundo enciende matices de todo tipo, en medio de un clima de sospechas
“Infantina: Mitad Infantino, mitad Argentina”. El juego sugiere que Gianni Infantino, presidente de la FIFA, influirá para que Argentina le gane este miércoles a Inglaterra en Atlanta. Y que Leo Messi, su postal feliz, se despida de los Mundiales levantando otra vez la Copa. La influencia de Infantino se extendería entonces a la final del torneo. Una victoria de Sudamérica lo ayudaría a frenar el avance de una Europa que está cada vez más disgustada con sus arbitrariedades y que podría presentarle batalla inesperada para su anunciada reelección del año próximo. Y, también, trabar el proyecto sudamericano, cada vez más firme, de ampliar de 48 a 64 las selecciones del Mundial 2030. Una victoria albiceleste, por último, ayudaría además a su amigo Claudio “Chiqui” Tapia. Bicampeón mundial, el presidente de la AFA, afirman las teorías conspirativas, quedaría blindado ante investigaciones judiciales y presiones políticas que quisieran ponerle fin abrupto a su mandato. Si todo esto fuera así (personalmente adhiero al viejo dicho de que el fútbol “es demasiado deporte para ser solo negocio”), la geopolítica del fútbol otorgaría paradójicamente más influencia a la Argentina de Messi que a la poderosa Inglaterra, cuna de la pelota, y Dorado actual del fútbol con los millones obscenos de su Premier League. Si la Argentina representa al poder, más derecho habría entonces a sospechar de las decisiones arbitrales que la benefician, aunque hayan estado todas ellas amparadas por el reglamento, desde la anulación del golazo egipcio en octavos de final, a la expulsión de Breel Embolo en cuartos de final ante Suiza. La lupa puesta allí y no en una mano previa a un gol decisivo de Kylian Mbappé o a un cable alto de TV que, a la vista de todos, frenó una pelota y favoreció antirreglamentariamente al primer gol del inglés Jude Bellingham ante Noruega. Los fallos polémicos que pudieran beneficiar a Argentina son sospecha de trampa. Los que ayudan a otros son errores. Pobre entonces Inglaterra, que deberá lidiar contra ese imperio llamado Argentina. Un imperio, sostiene esa crítica, que además es racista y narcisista. La Argentina de Messi pintada entonces como la selección de los “feos, sucios y malos”. Un colega inventó la palabra “Argentofobia”.La pelota pega en el cable en el gol de InglaterraComo si las insinuaciones de Qatar (cinco penales en siete partidos) cobraran veracidad ahora porque Donald Trump hizo pública la impunidad del poder. Llamó a la FIFA y logró que se levantara la suspensión al goleador estrella de su selección, Folarim Balogun. A partir de allí, todo queda entonces bajo sospecha. Una sospecha, eso sí, que tiene solo color albiceleste. La narrativa incluye voces de naciones hermanas y vecinas. Tan “Tercer Mundo” ellas como nosotros. Pero que acaso no se sienten representadas por “nosotros” porque “nosotros” no nos sentimos parte de ese llamado “Tercer Mundo”. Aspiramos a más (y ayuda poco un gobierno que se burla de esos vecinos y del color de su piel, y que además apoya bombardeos que matan a miles de inocentes). Se simplifica y se generaliza, claro. Pero tampoco sirve victimizarse. O acusar “envidia”. Cada nación resuelve como puede sus debates pendientes. Y Argentina los tiene. Otra opción sería no escuchar. O pretender, por ejemplo, que la semifinal contra Inglaterra “es solo un partido de fútbol”. Es una respuesta que sirve a los protagonistas directos. Para evitar distracciones y desgaste. Son ellos los que ponen el cuerpo. Pero todos sabemos que un Argentina-Inglaterra es mucho más que un partido de fútbol. Siempre creí que mezclar Malvinas y pelota era riesgoso. Y puede serlo. Hasta el día que hablé con excombatientes y me contaron lo que significó para ellos la gesta de Diego contra Inglaterra en México 86. El partido de mañana es mucho más que fútbol, pero, ante todo, es fútbol. Y la selección de 2026 no es la de 1986, pero sí. Y Messi no es Maradona, pero sí. Ocupó su trono. Si hay algo que distingue a esta selección que se pone en lo más alto de nuestra historia es que tiene un líder indiscutido, igual que lo fue Diego (tan distintos uno de otro, tan imponentes ambos). Un liderazgo que, a diferencia de procesos anteriores, tiene en este proceso a un DT que conduce sin necesidad de protagonismos. Ausencia de ego en tiempos de puro ego. No soy yo. Son ustedes. Y nos queda el fútbol, claro. Inglaterra tiene su propia deuda. Quiere volver a ganar luego de sesenta años. Su conquista solitaria del Mundial 66, con un gol tan ilegal como La Mano de Dios (pero que tiene menos prensa). La selección sabe que, lo ya hecho, aumentó admiración. Porque, a falta de juego (tampoco hubo decisión de recambio), sobró el compromiso. Inglaterra será el miércoles otra nueva carga para un equipo que se alimenta de emocionalidad, con lo bueno (y lo malo) que eso puede implicar. Es el sueño legítimo del bicampeonato. Aunque en esta Copa la Francia imperial de Mbappé asome imparable, esto es fútbol. Un partido. Todo es posible. Como podría serlo también el pacto del grupo con el líder que, paradójicamente tan cerca ya del retiro, jugará por primera vez contra la selección inglesa. Contra la Liga más poderosa del fútbol mundial. Un rival cuya rica cultura de fútbol, más allá de su chequera, parece por momentos muy nuestra. Será Leo versus el “enemigo íntimo”.