“Los insumos son el sol, la bosta y el agua que infiltra”: Julio Ratti incentiva a los productores de Punta Indio a iniciarse en la ganadería regenerativa y amigarse con sus vecinos

En muchos pueblos, la conversación entre productores y vecinos por temas ambientales suele empezar torcida. De un lado, quienes viven de producir. Del otro, quienes sospechan que esa producción contamina y arruina el ambiente. Por eso en Punta Indio, a orillas del Río de la Plata y del Samborombón, hay una escena que llama la atención: una mesa institucional donde productores, técnicos y vecinos intentan discutir juntos cómo se produce, qué pasa con los suelos y qué alimentos llegan finalmente a la mesa de los consumidores.
Uno de los impulsores de ese cruce es Julio Ratti, productor y asesor que desde hace más de tres décadas eligió un camino que entonces no se llamaba como ahora. “Yo arranqué hace más de 30 años con lo que hoy se conoce como ganadería regenerativa. Pero en aquel momento lo conocíamos como pastoreo racional”, cuenta.
Ratti dice que empezó en 1989, cuando advirtió que el modelo que venía siguiendo no funcionaba. Según recuerda, muchos de sus colegas habían exprimido el suelo con “mucho arado de reja, mucha siembra y muchos venenos”. Y con los años, la mayoría dejó de vivir del campo. Él sostiene que pudo quedarse por haber cambiado a tiempo el manejo.
“Eso fue lo que me salvó. Hoy puedo estar en el campo cuando en la colonia no quedó ninguno. Soy el único que vive del campo”, resume.

La receta, dicha por él, parece demasiado simple para ser cierta: descanso. Obviamente hablando de ganadería de pastizal, esto significa cargas altas un tiempo breve, sucedidas por descansos prolongados. Juntar los animales, hacerlos comer durante un tiempo limitado y luego dejar que el potrero se recupere. Con alambrado eléctrico, manejo diario y una idea de fondo, que es usar mejor los recursos que ya están en el campo.
“Los insumos son el sol, la bosta y el agua que se infiltra. Son insumos que no hay que ir a comprar. El tema es saber gestionar toda esa materia prima que tenemos dando vueltas”, explica Ratti.
Su campo tiene 41 hectáreas, de las cuales usa 38 para pastoreo. Allí tuvo caballos, ovejas y luego vacas. También atravesó golpes duros, estafas, pérdida de animales y hasta un alquiler que, según cuenta, terminó deteriorando el campo. Pero cuando volvió a manejarlo bajo ese esquema, la respuesta fue otra vez positiva.
En los últimos dos años, dice, alcanzó una carga de 1,2 animales (unidades ganaderas) por hectárea. “Es el doble de lo que suele verse en la zona”, asegura. Y subraya que no lo logró con grandes inversiones, sino con tiempo, observación y manejo.
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“Con dos mangos podés arrancar. No hace falta ser ingeniero. Un chico, un abuelo, cualquiera que vea cómo se hace lo puede implementar”, dice.
Para Ratti, el pastoreo es apenas el primer escalón. El siguiente son los árboles. “El árbol tiene que estar en todos los campos”, afirma. Según su mirada, no se trata de un adorno sino de una herramienta productiva: mejora el bienestar animal, ayuda a estabilizar el clima del lote, baja el impacto del calor en verano y del frío o el viento en invierno.
“Vos ves que cualquier productor compra un campo y saca los poquitos árboles que hay. Esto es al revés: hay que buscar los mejores árboles para cada zona y llenar los campos de árboles”, plantea.

El punto más interesante del caso, sin embargo, excede al lote. Ratti cree que esta forma de producir puede mejorar también la relación entre el campo y la ciudad. No porque borre los conflictos, sino porque permite mostrar otra práctica y abrir una conversación menos envenenada.
“Hay mucha gente capaz, que sabe un montón, pero está dispersa. Los técnicos no siempre logran socializar sus trabajos y los productores también están muy aislados. El productor en general es muy individualista y no tiene esa tendencia a juntarse. Eso es lo que hay que romper”, sostiene.
Por eso el espacio de encuentro en Punta Indio buscó reunir a productores, técnicos, vecinos y experiencias de otros lugares. Ratti cree que las redes sociales aceleraron un proceso que antes caminaba mucho más lento: productores que filman lo que hacen, muestran resultados y contagian a otros.
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“Pasaron 25 años y no pasaba nada. Ahora ves testimonios de productores a los que les está yendo bien y te cuentan lo mismo: con dos mangos podés arrancar. Tenés que tomar la decisión”, dice.
Su crítica al modelo convencional es fuerte, pero la formula desde su experiencia. Asegura que durante años la agricultura desplazó a la ganadería y rompió un equilibrio que antes existía en muchos campos, cuando se alternaban granos con pasturas para recuperar fertilidad. En su diagnóstico, el modelo sojero dejó muchos suelos compactados, con poca materia orgánica y menos vida biológica.
“La ganadería regenerativa intenta copiar a la naturaleza. Eso se llama biomímesis. El pasto y el herbívoro evolucionaron juntos. Los pastizales más ricos del planeta se hicieron con animales moviéndose”, afirma.
El cierre de su razonamiento vuelve al vínculo con los consumidores. Para Ratti, sin ciudad no hay campo posible, porque la ciudad es la que compra, ya que decide qué alimentos quiere consumir. Pero para eso, dice, necesita información.
“Tenemos que lograr que la gente que vive en las ciudades y en los pueblos decida comprar alimentos de origen local. Que confíe en su vecino productor. Pero primero tenemos que contarle cómo producimos los alimentos”, plantea.
En Punta Indio, al menos, ese diálogo ya empezó. Y en tiempos donde muchas veces el productor y el vecino se hablan a los gritos, que se sienten en la misma mesa a discutir ambiente, suelo y comida ya no parece poca cosa.
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