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Tu ronca maldición maleva
El bandoneón, símbolo del tango, se originó en Alemania, pero no hay una única versión de su llegada al Río de la Plata
La melodía rasga con dulzura la tarde de Boedo. La reconozco y la tarareo mientras camino hacia la estación del subte. Estoy apurado y solo puedo ver al pasar al responsable de aquella música. Un hombre canoso, sentado en un banquito en una esquina, toca el bandoneón. “La última curda” suena con más fuerza. El concertista callejero ejecuta ese tangazo con alma y vida. Me alejo a desgano de ese fuelle que rezonga y el sonido me sigue por un rato. “Es todo todo tan fugaz que es una curda nada más mi confesión”, canto mientras me engulle la escalera de la línea E, en San Juan y Boedo. Este momento musical que viví tiempo atrás en las calles del barrio volvió a mi memoria cuando me topé hace poco con un par de relatos sobre cómo se dio la llegada al Río de la Plata del bandoneón, instrumento que es prácticamente un sinónimo del tango. Lo que me fascinó fue que hay más de una versión sobre su arribo. Y me dan unas ganas enormes de que todas sean ciertas. En esta difusa llegada del instrumento al país hay algo que es innegable: el bandoneón nació en Alemania. Y otra cosa en la que las versiones coinciden es que, la primera vez que se escuchó ese fuelle en estas tierras fue en los momentos de descanso de las tropas en la guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay. Autores como Felipe Bosch señalan que un moreno llamado José Santa Cruz, soldado del ejército de Mitre, habría sido el primero que ejecutó para sus colegas uniformados este aerófono pariente de la concertina y el acordeón. El conflicto bélico sudamericano se desarrolló entre 1865 y 1870, tiempos en los que el tango estaba en su génesis. Sin embargo, se dice que el negro Santa Cruz tocaba vidalitas y estilos en los campamentos militares. Y cuando le preguntaban el nombre de ese novedoso instrumento, él respondía que se llamaba “mandonion”, porque eso le había entendido a la persona que se lo entregó. Es que el músico había obtenido ese artefacto en el puerto del Riachuelo. Se lo había cambiado por ropas y vituallas a un marinero rubio, tripulante de un carguero alemán amarrado allí.El instrumento tenía –hablamos siempre de versiones- una chapita en la que decía: “Band-union”, o “Band-onion” en referencia al luthier germano Heinrich Band que lo había desarrollado como variante de la concertina, y a la sociedad que creó para comercializarlo. Todo ello, en la ciudad de Krefeld, al oeste de Alemania, a mediados del siglo XIX.Es difícil pensar que un hombre que trajo del otro lado del mundo un instrumento singular se lo cambiara por chucherías a un moreno porteño agazapado entre las cargas y descargas del Riachuelo. Quizás por ello es que surge otro relato. Acá también suena la ronca voz del bandoneón en los tiempos de sosiego de los campamentos de la guerra del Paraguay. Pero esta vez, el improvisado concertista sería un herrero suizo de nombre Juan Schumacher. Se sabe de este hombre que llegó a las costas del Río de la Plata en 1862, junto a otros compatriotas en un viaje de El Havre, Francia, a Montevideo. El diario de uno de los pasajeros de esa embarcación, el mayor Federico Bien, señala a su coterráneo Schumacher como “nuestro bandoneonista”. Pero resta decir que no hay registros firmes de que este músico helvético, que se instaló en Entre Ríos, haya tenido una participación en la mencionada guerra. De modo que esta versión también tiene sus flancos flojos. Lo concreto es que este instrumento nació en Alemania por la necesidad de crear un aerófono portátil que pudiera reproducir la sonoridad de los órganos de las iglesias, para acompañar los oficios luteranos. Y, por caminos que aún no se dilucidan –¿un inmigrante suizo? ¿un soldado afroargentino?- llegó al Río de la Plata donde, a la vez que fue evolucionando, se convirtió en el corazón de un nuevo ritmo, nacido en las márgenes porteñas y marcado por la nostalgia, conocido como tango. Esa queja musical que me alcanza por sorpresa, una tarde cualquiera, en una calle de Boedo.