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La segunda vida de la Scaloneta
Todo hecho humano tiene mil caras y el Mundial no es la excepción. Puede ser pensado y analizado desde perspectivas muy distintas. Pero hay razones del corazón que la razón no entiende. Lo que se impone en los millones de personas que lo siguen a lo largo y a lo ancho del planeta es la emoción, el sentimiento. Sabemos que es un negocio millonario manejado por millonarios, que las marcas alientan un nacionalismo impostado para vender más, y sin embargo el Mundial despierta una energía genuina, incontaminada, de la que participan y a la que aportan gentes y pueblos de lo más disímiles, separados por la distancia y las costumbres, por desigualdades económicas y sociales, incluso por antagonismos atávicos. Todo eso se olvida cada cuatro años. O se pone en suspenso. Y así el Mundial aparece como el gran rito colectivo global que nos queda, quizá el único, en el que, aun en medio de una competencia, celebramos como humanidad aquello que nos iguala y nos une. En un mundo fragmentado, que tiende a la polarización y el caos, no es poco. ¿La FIFA puede lo que no puede la ONU? No es eso. La respuesta está en la gente que, en los estadios llenos o en los cuatro puntos cardinales, abrazada a sus colores y al mismo tiempo sintiéndose parte de algo mayor, alimenta el alma de la fiesta. A veces incluso en contra de dirigentes y políticos que, acostumbrados a imponer sus caprichos afuera, ingresan como mercaderes en el templo para atentar contra las reglas y los códigos de convivencia que habilitan el encuentro.A nosotros, los argentinos, el Mundial nos permite encontrarnos con una versión mejorada de nosotros mismos. Nos la ofrece el equipo que nos representa, que tiene la generosidad no solo de batallar dentro de la cancha, sino también de hacernos sentir parte de la gesta a todos los que lo alentamos desde la tribuna o desde casa con el corazón en la mano. Allí, con ellos, estamos nosotros. O, más bien, está el reflejo, no de lo que somos, sino de lo que podríamos llegar a ser. De lo que, en el fondo, nos gustaría ser. Un equipo unido que sufre y se entrega, que pone el foco en el proceso y lo disfruta, y que acaso por eso obtiene resultados.La selección es una suma de individualidades que, por compromiso de las partes hacia el todo, redunda en otra cosaA mí me encanta que la selección deje todo en la cancha. No le pido más. Si gana, saltaré de alegría. Pero si perdemos, que sea con las botas puestas. Me enerva cuando parece que bajan los brazos y se enredan en esos interminables pases hacia atrás, olvidados del arco rival y poniendo en peligro el propio. Que me disculpen, pero me importa menos ganar que ir al frente y transpirar la camiseta hasta la última gota. Y esto es lo que hace esta selección cuando se enciende. Lo vimos en el partido del martes contra Egipto. Cuando todo parecía perdido, cuando empezábamos a despedirnos del Mundial con un nudo en la garganta, surgió de pronto una segunda vida. No estábamos muertos todavía, pero sí a punto de estarlo, a escasos diez minutos de estarlo, y entonces, en medio de esa agonía, apareció un amor propio y una entrega capaces de convertir en posible lo imposible. ¿De dónde salió eso? Yo creo que esa energía se apoya menos en lo que el equipo ha sido, en lo que es o representa, que –de vuelta– en aquello que puede llegar a ser, porque en esos momentos no hay techo. La segunda vida te lleva más alto porque has recibido la visita de la muerte, conociste su presencia, y algo en vos se rebeló y decidió que todavía no es tiempo.“Sentí que no pude ayudar a nadie”, dijo un Dibu Martínez afligido pese al triunfo, no conforme con su actuación bajo los tres palos. Se sintió en deuda con el equipo. He ahí el secreto. La selección es una suma de individualidades que, por compromiso de las partes hacia el todo, redunda en otra cosa, una suerte de espíritu colectivo al que los once aportan y del que los once abrevan. Solo así se sale de las cenizas para alcanzar una segunda vida. “El mérito es de este grupo”, dijo un Messi inspirado. “Es la fuerza de todos peleando por un mismo sueño”.Lionel Scaloni tiene mucho que ver en la consolidación de ese espíritu de grupo, que acaso sea mitad química y mitad voluntariosa construcción. Por de pronto, es el primero en poner el proceso y el sacrificio en la cancha por encima del resultado, como queda reflejado en sus conferencias de prensa y quizá también en el hecho de que, como aquel Independiente de Pavoni y Bernao, no festeje los goles. Es una rara avis. Siempre adjudica a sus muchachos el mérito por los logros y no se justifica de los traspiés echando culpas afuera, como es costumbre. En sus actitudes hay una cierta nobleza que se continúa en la figura de Messi, el líder dentro de la cancha. No recuerdo un número uno indiscutido con un perfil tan bajo. Si se la cree, y lo bien que haría, no lo proclama. Y no da nada por hecho.Messi y Scaloni lloraron tras el triunfo con Egipto. Se liberó el dique y el río subterráneo de la emoción desbordó. Detrás del profesional está la persona. Y detrás de la persona, como hoy, hay un país entero a la expectativa. “Sabemos que todos los argentinos están apoyándonos y eso es fundamental para nosotros”, dijo Enzo Fernández después de meter ese frentazo glorioso que sacudió la red y los corazones de quienes habíamos puesto en la empresa una cuota nada desdeñable de sufrimiento. No es raro, por eso, que sintamos la suerte de esta selección como si fuera la propia. A cruzar los dedos, entonces. Y a sufrir, pero con gozo.