General
La Argentina y la política como batalla por la totalidad
La divergencia entre el país y sus vecinos más cercanos no tiene un origen cultural ni moral; responde, sobre todo, a condiciones históricas y geográficas
La divergencia política entre la Argentina y sus vecinos más cercanos –Chile y Uruguay– no tiene un origen cultural ni moral. Responde, sobre todo, a condiciones históricas y geográficas. Desde el punto de vista territorial, la Argentina es un país mucho más extenso y heterogéneo. Esa escala hizo mucho más compleja su integración política durante el siglo XIX y dio lugar a guerras civiles prolongadas y particularmente intensas. Conflictos comparables se registraron también en otros países extensos del continente –como Brasil, México o Estados Unidos–, donde disputas entre federalismo y centralismo y entre liberalismo y conservadurismo marcaron la construcción de la nación.La Constitución de 1853 fue un diseño institucional modernoDesde el punto de vista histórico, el Estado argentino se organizó a partir de una arquitectura normativa particularmente ambiciosa. La Constitución de 1853 fue un diseño institucional moderno que buscó ordenar la vida política y económica con reglas avanzadas para la época. Pero ese diseño se aplicó sobre una sociedad todavía fragmentada, con fuertes desigualdades regionales y sin una clase dirigente suficientemente homogénea que internalizara tempranamente esas normas como un marco común de convivencia. Ese desfasaje entre ambición institucional y realidad social se amplió por dos procesos decisivos.Por un lado, la inmigración europea masiva transformó la sociedad argentina en pocas décadas, algo que no ocurrió en esa escala en los países vecinos. Millones de personas se incorporaron rápidamente al mercado de trabajo y a la expansión económica, pero sin una socialización cívica prolongada ni tradiciones políticas compartidas. Por otro lado, la Argentina alcanzó niveles de prosperidad relativamente tempranos. La exitosa inserción agroexportadora generó riqueza sin exigir una disciplina institucional equivalente a la que habían requerido otros procesos de desarrollo.El peronismo desplazó el eje de la legitimidad desde las reglas hacia la capacidad del liderazgo de realizar la justicia socialEn ese contexto, la política tendió a organizarse como disputa por el acceso a la renta antes que como administración de un orden común. El radicalismo se incorporó políticamente a esa nueva sociedad de inmigrantes mediante una relación personalista con el poder que convivió de manera tensa con el orden liberal formal. El peronismo profundizó y sistematizó esa tensión: convirtió esa mediación en principio político permanente y desplazó el eje de la legitimidad desde las reglas hacia la capacidad del liderazgo de realizar la justicia social.En Chile y Uruguay la trayectoria fue distinta. También hubo economías exportadoras, conflictos sociales e inmigración europea, pero en una escala menor y con procesos más graduales. La incorporación política de los sectores populares fue canalizada por partidos que aceptaron la legalidad como campo común de competencia. Allí el conflicto se institucionalizó; en la Argentina tendió a adquirir un carácter identitario.El desacuerdo no gira solo en torno a cuánto Estado o cuánta redistribución dentro de un marco compartido, sino sobre quién tiene autoridad para fijar el orden totalDe esa historia surge uno de los rasgos persistentes de la política argentina: una polarización que no se limita a la discusión de políticas públicas, sino que con frecuencia se convierte todavía en disputa por definir qué es lo legítimo. Esto ayuda a explicar cómo se vive la política en la Argentina: el desacuerdo no gira solo en torno a cuánto Estado o cuánta redistribución dentro de un marco compartido, sino sobre quién tiene autoridad para fijar el orden total.Las premisas ideológicas que estructuran esa disputa ayudan a comprender su dinámica. El liberalismo argentino suele concebir la política como un sistema de reglas capaces de ordenar la realidad social. El populismo, en cambio, tiende a privilegiar la realización directa de la justicia social incluso si ello tensiona las condiciones económicas e institucionales que la sostienen. Ambas perspectivas expresan tensiones reales, pero en la práctica tienden a absolutizar su propio punto de partida.El resultado es un efecto corrosivo: la deslegitimación sistemática del adversario. El oponente no aparece como un actor con el que se alterna en el poder, sino como un obstáculo moral que debe ser desplazado. Cada ciclo político se vive como refundacional y cada derrota como intolerable.Nunca terminó de consolidarse un marco común plenamente aceptado por todosEn términos comparativos, la disputa argentina podría haber adoptado la forma de una dialéctica política más clásica, como la que se observa en Chile y Uruguay. Sin embargo, por las razones geográficas e históricas mencionadas, nunca terminó de consolidarse un marco común plenamente aceptado por todos, que le otorgara continuidad.En esa falta de piso, cada actor se ve empujado a radicalizar su propia premisa y a excluir por completo la contraria. Reconocer la legitimidad del otro suele interpretarse como una claudicación. Paradójicamente, al absolutizar sus premisas y rechazar arreglos imperfectos, cada lado termina bloqueando las condiciones que permitirían alcanzar incluso los objetivos que dice defender. Por eso las tradiciones que intentaron introducir mediaciones –el radicalismo posterior a Yrigoyen o las corrientes reformistas del peronismo– nunca lograron consolidarse como ejes estables del sistema político.La irrupción de Javier Milei puede leerse, en este marco, no solo como un episodio de ruptura, sino también como un posible cambio en la lógica de la política argentina. Su discurso es marcadamente confrontativo, pero no se dirige primordialmente contra un partido adversario, sino contra lo que define como una forma agotada de disputa permanente por la legitimidad, condensada en la idea de “casta”: dirigentes que se mantienen en el poder sin producir resultados duraderos.La novedad que su liderazgo sugiere –más allá de sus resultados– es la posibilidad de combinar elementos que en la historia argentina tendieron a separarse: la encarnación personal del liderazgo, característica de la tradición populista, con la centralidad de reglas e instituciones asociada al liberalismo. La práctica política muestra la importancia de que ambas dimensiones –reglas y encarnación– estén en juego. Sin reglas, la encarnación se vuelve ruido. Sin encarnación, las reglas pierden representación social.Si esa combinación lograra proyectarse más allá de una figura individual y ser asumida por diversas fuerzas políticas, podría abrirse una etapa distinta. En ese caso, la política argentina tal vez se acerque más a una dinámica conocida en muchas democracias: una competencia intensa y arraigada, sostenida por reglas comunes. La política argentina dejaría entonces de ser una batalla por la totalidad para convertirse en una competencia intensa y arraigada sostenida por reglas comunes.