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Nunca subestimes el corazón de un campeón
Las comparaciones con Italia ‘90 y al análisis de un equipo que siempre encuentra respuestas para ganar
Italia ’90 es el ultimo antecedente de Argentina viniendo a defender el titulo de campeón mundial. Para los que la vivimos plenamente, esa Copa será inolvidable. Si eras adolescente en esa época, hoy en tus más 50 los recuerdos afloran en cantidad y en precisión como si ese torneo se hubiera jugado ayer con la banda de sonido de “Un estate italiana” by Gianna Nannini y Edoardo Bennato. Aunque ya hayan pasado 36 años, las dramáticas clasificaciones ante Cabo Verde y Egipto en este 2026 atrasan nuestro reloj. Nos retrotraen a esas sensaciones de drama, alivio y supervivencia que atravesaron nuestras vidas en aquellos días de junio/julio de 1990 y nos han quedado para siempre en nuestra memoria. La secuencia es idéntica: sufrimiento, desahogo, alegría y el “ahora vamos por uno más”. Nunca subestimes el corazón de un campeón, como dijo el entrenador Rudy Tomjanovich cuando sus Houston Rockets repetían el titulo de campeón de la NBA en 1995 tras una temporada regular apenas buena y sin ventaja de localía en ninguna serie de playoffs. Consumada la barrida ante los Orlando Magic de Shaq y Penny Hardaway en la final, agarró el micrófono de la cadena NBC y lanzó esa frase maravillosa que también retrata a este seleccionado argentino. Este equipo odia perder. Messi odia perder y supo transmitirles ese sentimiento a sus compañeros. No es lo mismo amar ganar que odiar perder. El amor a ganar puede generar cierta complacencia y aburguesamiento. El odio a perder mantiene el tanque lleno de combustible. Esa certeza de que hoy no será el día, de que no se puede caer frente a ese rival y en ese contexto. Después de sus peores 75 minutos del Mundial, a Messi le saltó ese alerta competitiva única en el planeta. Sintió ese llamado de su fibra íntima. Se fue a jugar de 7, se alejó del radar egipcio y el resto es historia. La comparación con Italia ’90 empieza con el intento de defensa del título y se basa en esa compartida sensación de supervivencia en esta instancia del Mundial. Aquel seleccionado de Carlos Bilardo llegó a Trigoria con apenas 7 de los 22 campeones en México. El ciclo previo había sido muy flojo con dos frustrantes Copas América y muchas derrotas en amistosos. Sufrió desde la fase de grupos, se clasificó como uno de los mejores terceros y debió enfrentarse a tres campeones del mundo en esos cuatro duelos de mano a mano: Brasil en octavos, Italia en semifinales y Alemania en la final. Solo en cuartos, la última Yugoslavia de los mundiales con cracks como Prosinecki y Savicecic no llenaba el formulario. Diego hizo el milagro de jugar con un tobillo a la miseria y tuvo apariciones clave: el centro a Monzón para el gol a Rumania, el penal de la serie ante Italia y la inmortal apilada a los brasileños para el gol de Caniggia, de los más gritados de mi vida. Este equipo de Scaloni llegó con el núcleo exitoso de Qatar 2022. Repitieron 17 de los 26 tras un ciclo de ampliación y renovación. Había ganado antes del Mundial (Copa América y Finalíssima) y volvieron a ganar después (Copa America 2024). En el último titulo, ya había aflorado ese oficio competitivo para sacar adelante partidos adversos, esa capacidad para ajustar en función de las virtudes del rival y esa sabiduría para registrar la necesidad de dosificar el ritmo. Segundo gol de ArgentinaProbablemente este equipo nunca brille como en Qatar. Aquel torneo se jugó en noviembre y diciembre con apenas tres meses de temporada, Los jugadores estaban en su pico de rendimiento físico y sin el agotamiento mental tras 50/60 partidos. La comparación vale para todos. Argentina pasó la fase de grupos en velocidad crucero. Recién empezó a sufrir durante los duelos de mano a mano. Cabo Verde desde el juego, Egipto desde el resultado. El equipo se mostró vulnerable. Los rivales le llegaron poco y le marcaron mucho. Emiliano Martinez se destacó en un par de atajadas contra los caboverdianos pero sabe que aún no ha mostrado ese aura de invulnerabilidad que ofreció durante las conquistas anteriores. Lo expresó post Egipto con su claridad conceptual marca registrada. “Sé que mi momento va a llegar”, dijo en esa entrevista. El querido Vasco Goycochea puede dar fe de que ese momento llega como en Italia ’90. Leandro Paredes aportó equilibrio, muchísimos pases al compañero (116 de 119 y no todos fáciles) y un quite imperial ante Marmoush un minuto antes del gol de Enzo Fernández. Su función de 5 clásico suelta a Alexis y a Enzo y les ofrece el contexto para que ofrezcan su mejor versión. El equipo necesita un upgrade de Rodrigo De Paul. RDP ha jugado por el centro en estos tres años y medio. En sus clubes y también en la selección. El equipo le demanda otro rol, más complementario. Defender delante de Molina y pisar más las áreas en ambas transiciones. Luego de la fase de grupos, Scaloni ha definido su rotación. Palacios, Lo Celso, Simeone, Paz, Barco, López y Senesi no han jugado minuto alguno de los 210 ante Cabo Verde y Egipto. Almada perdió terreno tras su flojo partido en dieciseisavos y no vio acción en octavos. Nico González es el jugador número 12. Ha entrado siempre y bien con soluciones en ataque y en defensa. Montiel, Otamendi y Medina son los recambios en la última línea. Julián y Lautaro compiten por un lugar y conviven muy bien cuando les toca jugar juntos. El inolvidable 3-2 ante Egipto los retrata: Alvarez le quita la pelota limpiamente a Salah dentro del área argentina y lo habilita con excelente cambio de frente sugerido por Messi. Martínez rearma la jugada tras no poder cortar hacia adentro y mete un pase sensacional a la cabeza de Enzo que transforma ese centro en poesía en movimiento. El Mundial de Lionel Messi es legendario. Influyente en el juego y en las jugadas. Es inevitable e inagotable. Su esencia es la misma de siempre: un chico que juega a la pelota como ninguna otra persona en la historia de este deporte. Odia perder y siempre sigue intentando más allá de las adversidades. Los campeones que odian perder tienen ese oficio para sobrevivir. El hecho de haber estado antes ahí les da un punto de tranquilidad adicional cuando el resto entra en pánico. Les permite afrontar esas situaciones de inminente eliminación con templanza. Para ellos siempre hay tiempo y huelen sangre si el rival les ofrece una mínima posibilidad. Nunca se rinden. También pierden. Nadie gana siempre. El adversario sabe que deberá rematarlo porque el partido no termina hasta que termina. Regresamos a Kansas City, donde empezó esta historia. Viene Suiza con su orden. Pasar los cuartos garantiza completar el álbum de ocho partidos. “Entre los cuatro”, gritó Carlos Bilardo tras la primera hazaña de Goyco en los penales contra los yugoslavos. Luego en semis jugó su mejor partido del Mundial ante la local y favorita Italia. El alma no alcanza para ganar batallas. Con su admirada y envidiada competitividad. Argentina gana por su fútbol. Que haya uno más.