Economía
“Nosotros estamos vivos”: quedó viuda con dos hijos pequeños, apostó por 40 colmenas y hoy produce una de las mejores mieles del país
Mónica Alonso convirtió el dolor en un proyecto de vida; por años viajó sola en colectivo de Entre Ríos a Santiago del Estero para cuidar sus abejas y ahora, junto a sus hijos, está por segunda vez en Caminos y Sabores con su marca Miel Nativa
Todavía hoy, cuando recuerda aquella mañana que cambió su vida para siempre, Mónica Alonso siente el mismo nudo en la garganta. Su marido había compartido con ella unos mates, como cualquier otro día. Media hora después estaba internado en terapia intensiva, sin posibilidad de recuperarse. El futuro que ambos habían imaginado desapareció en cuestión de minutos. Durante semanas no pudo reaccionar. Hasta que una sencilla pregunta de sus hijos, de apenas 7 y 13 años, la obligó a volver a levantarse. “Mamá, ¿qué vamos a hacer? Porque nosotros estamos vivos”, le dijeron sentados alrededor de la mesa. Aquella frase marcó un antes y un después. Frente a ellos había apenas 40 colmenas casi abandonadas y ninguna certeza. Pero también estaba el sueño que esta mujer, ahora viuda, llevaba guardado desde la infancia, cuando una tarea aparentemente insignificante despertó una pasión que jamás volvería a abandonar.“Atraso récord”: finalizó la cosecha de soja y las ventas de los productores tienen un bajo ritmo“Era muy entrometida y con 8 años andaba desoperculando [tarea donde se remueven las capas de cera de los paneles de las abejas] con un tenedorcito. Mis tíos me daban un cajoncito para subirme y alcanzar la batea donde se desoperculaba. La cosa es que eso me enamoró para siempre”, recuerda a LA NACION.Hoy, a los 51 años, la creadora de Miel Nativa produce nueve variedades de miel en distintas provincias argentinas junto a sus hijos, Leandro y Araí Aldana, y su yerno Julián. Pero, detrás de ese presente hay más de dos décadas de sacrificios, pérdidas, viajes interminables y una obstinación que nunca se quebró.La veterinaria que encontró en los viajes su verdadera pasión: contar la Argentina a través de sus platosNació y creció en Las Tunas, un paraje rural ubicado sobre la ruta provincial 18, en Entre Ríos. Su familia era muy humilde. Su padre tenía una carnicería sobre la ruta y desde chica aprendió el valor del trabajo.La historia de la apicultora Mónica AlonsoCon apenas 12 años dejó el campo para estudiar la secundaria en un pueblo vecino, Viale, y luego se trasladó sola a Paraná. Sin recursos para sostener una carrera universitaria, tuvo que elegir entre estudiar o trabajar. “Las dos cosas no se podían. No tenía quién pudiera mantenerme el estudio, así que decidí trabajar”, cuenta.Durante años se desempeñó en distintos empleos, pero sentía que algo le faltaba. “Me sentía asfixiada porque una persona nacida y criada en el campo necesita ese contacto con la naturaleza”, relata.Fue entonces cuando, junto a su marido, comenzaron casi como un pasatiempo con unas pocas colmenas cerca de Paraná: “Le dije que por qué no pensábamos en poner unas colmenitas. Fue así que logramos tener unas 40 pero como un tema secundario, solo porque a mí me apasionaba”.El destino cambió de golpe hace 19 años. Tras la muerte repentina de su marido, quedó sola al frente de la familia y de aquellas 40 colmenas: “Los primeros tres o cuatro meses fue muy shockeante. Ese día estábamos tomando mate a las 8 de la mañana y a las 8.30 estaba en terapia intensiva irreversible. Ahí te das cuenta lo que es la vida; en un segundo cambia todo”.Pero la reacción llegó gracias a sus hijos. Cuando les explicó que prácticamente no tenían otra alternativa económica, ellos no dudaron. “¿A vos te gusta esto?”, le preguntaron. “Les dije que me encantaría seguir con las colmenas pero que iba a ser duro porque no teníamos medios de vida. Me respondieron que me hacían la gamba y que me iban a acompañar. Tan chiquititos y me dieron ese empujón”, cuenta.Con esa fuerza comenzó una nueva etapa. Escuchó que en Santiago del Estero la floración era mucho más extensa que en Entre Ríos y decidió apostar todo. Primero viajó sola para buscar un lugar donde instalar las colmenas. Después convenció a un conocido para trasladarlas. “Le pedí que me lleve mis 40 colmenas a Santiago y me respondió irónicamente si estaba bien porque no iban a llegar ni a cruzar el túnel. Pero tanto insistí que finalmente me llevó”, dice.OportunidadNo conocía prácticamente a nadie, pero sabía que había una oportunidad. Así comenzaron casi dos décadas de viajes interminables. Salía de Paraná en colectivo a las siete de la tarde y llegaba cerca de las cuatro de la madrugada al pequeño pueblo de Garza, en Santiago del Estero. Desde la terminal caminaba varias cuadras hasta una casa cuyas llaves le prestaba una vecina. Luego conseguía una camioneta prestada o alquilada y pasaba todo el día sola en el monte trabajando con las colmenas. Las noches eran las más difíciles. “Muchas noches me pasé llorando porque mis hijos quedaban solos”, dice. Hubo momentos en que sintió que todo el esfuerzo no alcanzaba. “En estos 19 años quedé prácticamente sin colmenas tres o cuatro veces. Pero volví a empezar una y otra vez”, relata. Incluso cuando quienes más la querían le pedían que abandonara: “Mi hija me decía: ‘Mamá, basta de ir al norte’. Pero yo sabía que el norte me iba a dar lo que buscaba, lo que tanto soñaba”.Pasó un tiempo y comprendió que con producir no alcanzaba. Los tambores de 200 kilos se vendían baratos y apenas cubrían los costos. Entonces decidió cambiar el modelo de negocio. “Tengo que vender envasado”, se dijo. Fue así que transportaba su miel en tachos de 20 kilos dentro del colectivo de Garza hasta Paraná. Allí llenaba los frascos uno por uno y después salía caminando por los comercios: “Envasaba potecitos de medio kilo y de un kilo. Salíamos caminando por todas las calles y hasta que no vendía todo no volvía a casa”. Cada nuevo cliente era una conquista: “La alegría cuando una verdulería me decía ‘bajame todo’ era enorme”.Hace 10 años decidió rebautizar la empresa. El nombre Miel Nativa nació como un homenaje al monte santiagueño que, según dice, le cambió la vida: “El monte nativo me dio todo lo que hoy es mi emprendimiento”. Sabe que no fue un camino sencillo: “He sufrido mucho en esos montes. Son 50 grados de temperatura, donde a veces una cae de rodillas por cansancio y calor, pero con la satisfacción de decir acá estoy con mis colmenas”.Hoy sus apiarios están distribuidos entre Santiago del Estero, Tucumán, Santa Fe y Entre Ríos. Produce alrededor de entre 10.000 y 15.000 kilos de miel por año y ofrece distintas variedades, entre ellas azahar de limón, mistol, atamisqui, girasol, melilotus, pradera entrerriana, monte entrerriano, eucaliptus, acacia y algarrobo.Cada una refleja un paisaje distinto del país. Sobre la miel de azahar de limón de Tucumán dice con orgullo: “Es hiper premium, muy suave, espectacular”. Del monte santiagueño destaca que en una misma colmena pueden obtenerse dos mieles completamente diferentes según la floración. Aun así, sigue soñando. Quiere producir miel de lavanda y también trabajar algún día con las yungas salteñas: “Solo le pido a Dios mucha salud”.ReconocimientoEl reconocimiento llegó el año pasado durante la feria Caminos y Sabores, cuando obtuvo el premio a la mejor miel. En ese instante, toda la película volvió a pasar por su cabeza: “Se me vino el recuerdo de todos los años de sufrimiento cuando nombraron a Miel Nativa como la mejor miel”.Pensó en los viajes nocturnos en colectivo, en la vieja camioneta que compró después y que “se caía a pedazos”, en las veces que debía detenerse cada pocos kilómetros porque levantaba temperatura, en las noches de llanto y en las incontables veces que volvió a empezar. En esta nueva edición de la feria, que se hace hasta el domingo en BA Ferial, en Costa Salguero, vuelve a decir presente.Nunca volvió a formar pareja, se dedicó a sus hijos y a sus colmenas. Hoy asegura que ya alcanzó aquello que buscó durante tantos años: “Tenemos las colmenas que necesitamos para ser felices y creciendo a la medida que podemos”.Sin embargo, todavía encuentra obstáculos: “Es todo a pulmón, todavía no puedo cambiar el vehículo porque en las entidades bancarias me dicen que no soy confiable. Pareciera que la que lucha y trabaja no es confiable”.Pese a todo, cuando mira hacia atrás no habla de pérdidas ni de sacrificios. Prefiere quedarse con aquella escena que le cambió la vida para siempre: dos chicos muy pequeños que, en medio del dolor más profundo, le recordaron que todavía había un futuro por construir. Desde entonces, cada colmena, cada viaje al monte y cada frasco de miel llevan impresa esa promesa de una madre que decidió cumplir junto a sus hijos.