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La casa de la pradera: la remake de La familia Ingalls evoca a la original y resulta un sensible relato para ver en familia
Los ocho episodios de su primera temporada están disponibles desde hoy, en Netflix; ya tiene confirmada una segunda
La casa de la pradera (Little House on the Prairie, Estados Unidos/2026). Creación: Rebecca Sonnenshine. Elenco: Luke Bracey, Crosby Fitzgerald, Alice Halsey, Skywalker Hughes, Warren Christie. Disponible en: Netflix. Nuestra opinión: muy buena.Era solo cuestión de tiempo antes de que la marea nostálgica de Hollywood llegara a enfocarse en un ícono televisivo como lo es La familia Ingalls. Aquella serie que se emitió entre 1974 y 1983 e incluyó nueve temporadas y cinco telefilms fue uno de los primeros ejemplos de los alcances del concepto de la aldea global, de fenómenos que trascienden fronteras, culturas y que se integran para formar parte de las vivencias de generaciones. Todo eso fue y es aquella ficción protagonizada y producida por Michael Landon inspirada en la saga literaria creada por Laura Ingalls Wilder a partir de las experiencias de su familia en las praderas de Kansas a finales del siglo XIX. Pioneros en busca de colonizar el Oeste “salvaje” que en realidad no estaba disponible ni de acuerdo con ser domado, las aventuras y desventuras de Charles, Caroline y sus hijas retrataron en los años setenta un Estados Unidos conectado con el espíritu de superación y construcción comunitaria que, para ese momento, ya era solo un recuerdo lejano, parte de aquellos buenos viejos tiempos más simples en dónde un mal día podía mejorar con un paseo por el borde del río y una carrera entre las flores. Aquella visión idílica que encantó al público durante nueve temporadas no es la que muestra La casa de la pradera, la serie de 8 episodios, disponibles desde hoy en Netflix. La adaptación que traslada más fielmente que la serie de antaño las primeras novelas de Wilder, retratan los pasos iniciales de los Ingalls en la frontera de Kansas con mayor crudeza de la que se permitía el ciclo original. La llegada de la familia a la zona que el gobierno prometía tenía tierras para repartir se parece más al escenario de peligro, especulación y desesperación de algunos westerns clásicos sobre la conquista del Oeste. Aunque la mirada de la curiosa e intrépida Laura (Alice Halsey) sigue aportando la pincelada de inocencia y fascinación que encantó tanto a los lectores como a los espectadores originales, aquí la trama también le da espacio y tiempo de desarrollo al drama de los adultos. Y a los conflictos raciales y sociales que forman parte esencial de la historia. En esta versión Charles (Luke Bracey) y Caroline (Crosby Fitzgerald), son una pareja amorosa, pero también funcionan como socios en la inusual y riesgosa epopeya que supone dejar su Wisconsin natal por las praderas de Kansas y sus promesas. El vínculo entre ellos se presenta lleno de matices, tropiezos y desacuerdos que le dan una espesura al relato que su antecesor no tenía. Pero lo que distingue mayormente a las dos versiones es cómo la actual incorpora una parte de la historia autobiográfica de Ingalls Wilder que era insostenible en términos de sensibilidad moderna. En los libros la mención de los indios, los nativos americanos dueños originarios de la tierra que los colonos codician, es despectiva y racista mientras que la nueva serie profundiza la mirada sobre la relación entre la tribu Osage y los pioneros que ya insinuaba la serie de los setenta. Entre la lucha contra los elementos, la malaria y la pobreza aparece también la tensa convivencia entre ambos grupos, que el relato se esfuerza por no pasteurizar demasiado. Los Ingalls se proponen como el puente entre la desconfianza generalizada de los colonos por los nativos y viceversa sin caer en excesos de sentimentalismos o corrección política. Y el mismo tratamiento aplica a los pasajes en los que desarrolla los estragos causados por la Guerra de Secesión. Para poner en marcha esa línea del relato aparece el señor Edwards (Warren Christie), un personaje que los conocedores de La familia Ingalls recordarán como el osco y alcohólico amigo de Charles. Ese que en esta versión conserva esos modos, pero tiene la oportunidad de desplegar sus traumas del pasado con mayor sensibilidad. De hecho, la serie se ocupa de confrontar las tragedias de todos los personajes no con el afán de medir quién sufrió más, sino para demostrar la dureza de las experiencias que todos atravesaron y los llevaron hasta dónde están. “Hay límites para la compasión”, le dice una vecina a Caroline y aunque el comentario la coloca como la villana de la primera temporada también ofrece un punto de vista válido que la trama se anima a explorar. Con algunos hallazgos y numerosas virtudes, tal vez el punto débil de La casa de la pradera sea que no es ni puede ser La familia Ingalls. Porque ni siquiera la serie de los setenta existe en un vacío para sus espectadores, sino que forma parte de su educación sentimental, más sensación que recuerdo fiel. El resultado del juego del espejo entre esta remake y la serie original es complicado de dirimir. Para quienes tengan referencias del programa de antes la búsqueda de guiños y señales de reconocimiento ocupará bastante de su atención lo que posiblemente haga más difícil que se aprecie a la serie de Netflix por sus valores intrínsecos. Le irá mejor a aquellos espectadores que no tengan puntos de comparación, a quienes en lugar de medirla en base a la nostalgia puedan disfrutar de un relato bien contado pensado para toda la familia. 4 stars