Lo vio sentado en una esquina, pensó que estaba perdido y descubrió a un perro reactivo que requería paciencia: “Si me seguís, te puedo ayudar”

Sentado en la vereda, en la esquina de Juana Azurduy y la Avenida Cabildo, en pleno barrio de Núñez, miraba el movimiento porteño con una tranquilidad digna de un libro infantil. “Vamos a ver qué pasa, si me sigue, tal vez lo pueda ayudar”, pensó Soledad Ortiz de Rosas mientras lo observaba con la paciencia de quien sabe cómo acercarse a un animal en situación de calle. Lo llamó, cruzaron la avenida juntos y, sin saberlo, esa tarde de 2012, Chicho -como lo bautizó- dio el primer paso de una travesía que lo llevaría a cruzar el océano. “Lo tuve unos días conmigo mientras lo publicaba por distintos medios con la esperanza de encontrar a su familia. Nadie apareció”. Quiso adoptar un golden pero el destino lo cruzó con una perra especial: “No avisó sobre la gravedad de su dolor”Hacía poco que Soledad se había mudado sola. Pensó entonces que, aunque el perro pasara varias horas en el departamento mientras ella trabajaba, sería mucho mejor que estar solo en la calle. Así fue como decidió adoptarlo. La adaptación, eso sí, tuvo sus altibajos: el cambio de alimentación le provocó una descompostura memorable que dejó huellas por todo el departamento, incluida la cama. Fue un bautismo de fuego.Un rubio con “mal carácter” Soledad pronto descubrió que el pasado de Chicho era un misterio. Parecía estar familiarizado con los viajes en auto, pero su conducta en la calle delataba los códigos de la supervivencia urbana.Chicho era rubio, y sus marcadas e intensas reacciones ante ciertos uniformes y oficios hicieron que los amigos de la familia le pusieran un apodo cargado de humor negro: Chichén. Es que Chicho pasaba de la calma absoluta a lanzarse con ladridos y tarascones contra cartoneros, carteros, soderos, basureros, obreros, bicicletas y trenes. Varios entrenadores intentaron encauzarlo, pero solo lograron mitigar la intensidad. Uno de los mayores logros fue que dejara de perseguir bicicletas, una herramienta que resultaría vital para el futuro.“Lo que tienen en común los cartoneros, carteros, basureros, repartidores, obreros, bicicletas o el tren es que aparecen de forma impredecible, hacen ruido, tienen movimientos particulares, cargan objetos grandes, gorras o buffs o modifican mucho su silueta. Para un perro con una alta sensibilidad emocional, esos estímulos pueden percibirse como potencialmente amenazantes”, explica Baltazar Nuozzi, médico veterinario por la Universidad Nacional de La Plata y etólogo Clínico CFVET Diplomado en Gestión del Aprendizaje y Conducta Canina UCASAL.“El origen de esta conducta -agrega- es multifactorial: predisposición genética, experiencias tempranas insuficientes o negativas durante el período de socialización, aprendizaje a lo largo de la vida y, muchas veces, dolor o enfermedades que modifican el estado emocional”.Pocos meses después del rescate, Soledad conoció a quien hoy es su marido, un ciudadano alemán que vivía en el norte de su país. Durante un año y medio de noviazgo a la distancia y viajes transatlánticos, Chicho quedó al cuidado de la madre de Soledad y de una vecina compasiva que lo paseaba junto a su propia perra, Canela. Pero el destino final de la familia que la pareja y Chicho habían formado, estaba en Europa. Tras el casamiento, llegó el momento de la mudanza. El viaje se planificó con precisión: Chicho voló en la bodega dentro de la transportadora más grande disponible para que pudiera girar sobre su propio eje. Aterrizó en Frankfurt para luego seguir en auto hasta Hamburgo, eso le evitaría el estrés de una conexión aérea.Ciudadano europeo de primera claseAlemania recibió a la familia con sus normas estrictas y un nuevo abanico de desafíos para la reactividad de Chicho: ahora se sumaban a su lista negra los monopatines eléctricos, los skaters, los patos, los gansos y las vacas. Además, Chicho sufría de una aguda ansiedad por separación que lo hacía llorar y ladrar durante horas cuando se quedaba solo, una complicación que la familia pudo sortear gracias a la enorme paciencia de sus vecinos alemanes.En el Viejo Continente continuó la búsqueda de respuestas. “Un entrenador sugirió revisar sus hormonas y el diagnóstico clínico trajo algo de luz: Chicho tenía hipotiroidismo. El tratamiento ayudó, pero yo leí y estudié todo lo que pude: devoré libros sobre conducta canina y rediseñé cada paseo para anticiparnos a los estímulos”.El hipotiroidismo, una enfermedad crónica que “se presenta en animales gerontes y principalmente en razas como labradores, boberman, boxer, setter irlandés. Los síntomas incluyen pelaje opaco (a veces con seborrea seca) con alopecia o zonas donde falta el pelo detrás de las orejas, piel gruesa, tendencia al sobrepeso y debilidad muscular”, detalla Patricia Paredes, Médica Veterinaria del equipo de Natural Life (M.P 7387).“El hipotiroidismo puede asociarse a cambios conductuales como irritabilidad, menor tolerancia al estrés, ansiedad e incluso aumento de conductas agresivas o reactivas en algunos individuos. No significa que haya sido la causa única, pero seguramente fue un factor que pudo haber disminuido aún más su capacidad para regular sus emociones”, aclara Nuozzi.Al final, más que un perro “agresivo”, “probablemente era un perro que vivía en un estado de alerta permanente, interpretando muchos estímulos cotidianos como una amenaza. Ese cambio de mirada es clave para entender este tipo de casos. No se trata de etiquetar a los perros ni controlar la conducta, sino de entender que la evaluación de la salud emocional y social es tanto o más importante que la física. Como profesionales, necesitamos entender a los animales sin juzgarlos y, entre todos, intentar mejorar su bienestar”, explica el etólogo.Curiosamente, Chicho logró su pasaporte comunitario de inmediato. Soledad, en cambio, tuvo que sortear el examen de nivel inicial de alemán para poder casarse, residir tres años en el país, alcanzar el nivel intermedio y presentar una montaña de documentación antes de obtener la ciudadanía. El perro encontrado en Núñez se había convertido en un ciudadano europeo mucho antes que ella. Su esposo, que jamás había convivido con otros animales, lo adoptó en su corazón sin reservas y pagó cada una de las complejas batallas médicas que vendrían después.“No era un perro fácil”Los años trajeron achaques en la cadera y la columna de Chicho. En una oportunidad, los dolores le provocaban alaridos desgarradores. Un tratamiento analgésico prolongado, administrado sin la debida protección gástrica. “Casi le cuesta la vida debido a una hemorragia interna mientras nosotros estábamos de viaje. Mis suegros lo llevaron en brazos a un hospital veterinario donde lograron estabilizarlo, pero el cuadro reveló una lesión grave en las vértebras cervicales”, recuerda con tristeza Soledad.La cirugía era delicada y el panorama, desalentador. Sin embargo, el día en que debían decidir si lo operaban, Chicho se sentó por sus propios medios en la camilla. Ese pequeño milagro cambió el rumbo: pasó dos meses internado en una jaula para evitar movimientos bruscos del cuello y encaró más de un año de fisioterapia. Durante ese tiempo, Soledad se aseguró, además, de subirlo y bajarlo en brazos por las escaleras del edificio durante meses para proteger su espalda.A la par de su recuperación, la vida familiar florecía. Nació el hijo de la pareja y llegaron las mudanzas a casas con jardín. Chicho, el perro que desparramaba tanto pelo que “hubiese alcanzado para tejer una alfombra”, conoció la nieve, el mar y la naturaleza alemana. En el interior del hogar, lejos de los carteros y los camiones de basura, Chicho era un ser profundamente cariñoso y pacífico. Se echaba relajado, viajaba feliz en el auto y seguía de cerca a cada integrante de la familia para recibir una caricia o un trozo de comida. Si alguien salía, él se apostaba detrás de la puerta a esperar el regreso.Chicho vivió once años con la familia que lo salvó y alcanzó una edad avanzada de aproximadamente quince años. Pasó de las baldosas de Núñez a una vida de cuidados de elite: alimentación casera balanceada con carnes y frutas, homeopatía y sesiones de kinesiología. Cuando al final su columna dijo basta y las patas ya no pudieron sostenerlo, con mucho dolor, Soledad lo despidió acariciándolo y ofreciéndole sus golosinas favoritas mientras le administraban la inyección que lo dejaría descansar, finalmente, en paz.“Chicho no era un perro fácil. Requería tiempo, paciencia y mucha dedicación. Estoy convencida de que muchas personas lo habrían abandonado; nosotros elegimos adaptarnos a él”, reflexiona Soledad hoy. Al final del camino, el perro que parecía salido de un cuento infantil terminó escribiendo su propia gran novela: la de un rebelde con causa que cruzó el mapa para demostrar que el amor verdadero no busca la perfección, sino simplemente aceptar las diferencias.Compartí una historiaSi tenés una historia de adopción, rescate, rehabilitación o ayudaste a algún animal en situación de riesgo y querés contar su historia, escribinos a bestiariolanacion@gmail.com
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