“No hay más gente”: Eusebio Cardozo batió el récord de rinde algodonero en Formosa y hoy vive del recuerdo del almacén de ramos generales que supo tener

El galpón está cerrado. Los portones oxidados no se abren hace años, y adentro, entre las sombras, se amontonan fierros tirados y sembradoras abandonadas que ya perdieron la pintura bajo el óxido. También quedan a la intemperie del infernal calor formoseño vestigios de una producción floreciente, manifestados en más fierros pesados y oxidados y fragmentos de una camioneta abandonada que seguramente era de lujo unas 5 décadas atrás.
Ahí funcionaba, hasta no hace tanto, el almacén de ramos generales de Eusebio Cardozo, en la Colonia El Alba, en el sudeste de Formosa, a pocos kilómetros de El Colorado. A Eusebio lo encontramos justo en la puerta de ese galpón, mirando un campo que ya no produce nada.
Cardozo llegó a la zona en 1967. “Acá estoy del 67, don”, cuenta. Se hizo colono y comerciante casi al mismo tiempo: “Hice todo, porque nada, nada, tenía que conseguir la tierra nomás, y hice mi casita”. Del otro lado del mostrador de su almacén no siempre corría el efectivo. Según explica la mercadería se cambiaba directamente por algodón, en un sistema de trueque que sostenía buena parte de la economía del paraje.
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Recuerda una época que hoy parece de otro mundo. “Era época de abundancia, era desde que empecé”, dice. “Venía gente de todos lados, se traía la gente, se cosechaba.” Y describe un paisaje que ya no existe: “Esto estaba lindo, prolijito, se trabajaba, se cosechaba”. Para sostener la producción de su propia chacra tenía gente contratada, entre ellos un tal Héctor, que le trabajaba la tierra mientras él atendía el negocio.
Hace unos cinco años, sobre 15 hectáreas, Cardozo logró un rinde de algodón que todavía recuerda con orgullo: unas 50 toneladas. Según cuenta, un funcionario que visitó la zona en ese momento le aseguró que fue el mejor rendimiento registrado en toda la provincia. “Que el único productor que sacó ese rinde fui yo en toda la provincia”, repite. Fue, según su relato, la última gran cosecha antes de que todo empezara a apagarse.
Del paisaje de entonces no queda nada. “Cambió, jefe. No hay, no hay nadie”, dice sobre la actualidad de la zona, donde ya “no se produce”. Habla también del avance del monte sobre los lotes que se dejaron de trabajar: “Estos últimos tiempos ya nadie podía más trabajar, me incluyo yo”, admite.
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Pero para Cardozo el quiebre no vino de la mano de la ganadería que hoy ocupa los campos donde antes se sembraba, sino de una inundación: “Para mí era la creciente”, asegura, en referencia al desborde del río Bermejo que llegó a tapar la ruta pavimentada de la zona. “Rebalsó allá”, cuenta, y agrega que el agua “llevaba ruta, pavimento” a su paso.
El productor también apunta contra el esquema de asistencia estatal que, a su juicio, terminó por desalentar la producción. “El gobierno ayudaba con amor, ¿entendés? Para que se supere, para que haya producción, todo aquello. Y no pagaban la cuenta”, describe. Y resume con dureza el fin de esa ayuda: “Se hizo un chorizo al gobierno, ¿y qué va a hacer el gobierno? Tiene razón, tiene que cortar”.
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La caída que describe Cardozo tiene correlato en los números actuales del cultivo en la provincia: según datos del Ministerio de Producción y Ambiente de Formosa, la superficie algodonera sembrada en todo el territorio provincial ronda apenas las 17 mil hectáreas, muy lejos de los volúmenes que supo tener la actividad en las décadas que Cardozo recuerda con nostalgia.
De los productores de su generación, dice, casi no queda nadie. “La juventud se fueron toda, y los viejos murieron todos. Y el que quedó, qué sé yo, apenas andan, igual que yo.”
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Hoy Cardozo no tiene animales ni actividad en el campo. “Y ahora ni vaca tengo más”, dice. Un problema de salud lo alejó definitivamente de la producción: “Tengo problema de salud, pues. Ya el campo no… no quiero saber más nada”. Vive de la ayuda de su familia: “Tengo muchos hijos también. Ellos me ayudan”.
Se despide en la puerta del galpón cerrado, con los fierros oxidados como único testigo de lo que fue su almacén y su chacra. Ahí donde antes entraba y salía gente con algodón y mercadería, hoy solo queda el silencio de un campo que dejó de producir.
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