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El programa que redefinió la estética gastronómica y convirtió a la cocina en una sala de emergencias
Su puesta en escena la convirtió en un fenómeno y cambió para siempre la cultura pop gastronómica; El Oso, que acaba de llegar a su fin, siempre supo que el restaurante era una metáfora: del duelo, de la ansiedad y de los lazos familiares que no pueden romperse
Hay series que cambian la forma en que miramos un oficio. El Oso (The Bear), la creación de Christopher Storer que debutó en 2022 en FX en los Estados Unidos y a fines de junio estrenó su temporada final en Disney+, es de esas. No solo mostró cocinas; las convirtió en paisajes dramáticos, en territorios de alienación y de belleza en simultáneo, en lugares donde la excelencia y la degradación conviven con una naturalidad que ningún programa de cocina había logrado antes. Cuando la espuma por el final haya bajado, algo habrá cambiado en la cultura pop gastronómica. La pregunta antes del final no era tanto qué ocurriría con Carmy (Jeremy Allen White), Sydney (Ayo Edebiri), Richie (Ebon Moss-Bachrach) y el resto de la gente, sino qué nos hizo esta serie. Qué nos enseñó a ver. Cómo desplazó para siempre el glamour vacuo de los reality shows culinarios hacia algo más incómodo, más verdadero y, en definitiva, más interesante. Antes de El Oso, la gastronomía en pantalla tenía dos registros dominantes. Estaban los programas de competencia, en los que cocinar era un deporte de contacto con banda sonora dramática y jueces que elevaban o destruían destinos en treinta segundos. Y estaban las ficciones que usaban la gastronomía como decorado exótico, como sinónimo de lujo o de sensualidad, sin entender realmente qué ocurre del otro lado, el de los trabajadores gastronómicos. El Oso rompió con ambas tradiciones desde su primer episodio, filmado casi sin respiro, con una cámara en mano que seguía a Carmy Berzatto por la cocina de The Original Beef como si estuviera cubriendo una zona de guerra. El crítico de la National Public Radio (NPR) norteamericana John Powers lo definió con precisión cuando la primera temporada salió al aire: el programa tiene el ritmo “maníaco” de la vida misma en un restaurante. No es una metáfora: la producción consultó con cocineros reales, rodó escenas en restaurantes funcionando y diseñó cada movimiento de cámara para capturar la lógica espacial de una cocina en servicio. El griterío de “¡Sí, chef!”, los cortes veloces entre manos que fileteaban y manos que emplataban, el vapor, el aceite, los insultos que son también, paradójicamente, una forma de respeto. La cocina dejó de ser un espacio de elegancia fotogénica y se convirtió en algo parecido a una sala de emergencias. La comparación más reveladora no vino de un crítico de televisión sino del propio René Redzepi, el chef danés fundador de Noma y una de las mayores figuras de la gastronomía contemporánea, que tiene un cameo en la serie. “El Oso es lo que para mí fue The Wire cuando crecí”, dijo Redzepi en una entrevista con MovieWeb. “The Wire era la mejor serie del mundo. El Oso es The Wire de nuestro tiempo.” La frase importa porque Redzepi no es un espectador casual: es uno de los personajes reales que la serie convocó para dotarse de legitimidad, y su veredicto implica que esa legitimidad fue ganada. Opinión expertaLa estética importó hacia afuera de la pantalla. La proliferación de cocinas abiertas en restaurantes de todo el mundo no comenzó con El Oso, pero la serie le dio una justificación dramática y una resonancia cultural que ningún arquitecto de restaurantes podría haber comprado. Ver cocinar se volvió, definitivamente, un espectáculo. Y los chefs, sus protagonistas involuntarios. Dante Liporace, uno de los cocineros más reconocidos de la Argentina, lo comprueba cada noche en su restaurante Mercado de Liniers: hoy tiene comensales que se sientan en la barra y, en lugar de hablar entre ellos, lo miran cocinar. “Para mí, hoy, una cocina en el medio del servicio pasó a ser una serie en vivo”, dice. “Es bueno preguntarse qué nos hizo esta serie. Qué nos enseñó a ver. Cómo desplazó para siempre el glamour vacuo de los reality shows culinarios hacia algo más incómodo, más verdadero y, en definitiva, más interesante”Lo que hizo Storer no era nuevo en términos de ambición realista. Había un antecedente literario que casi todos los análisis de El Oso invocan: Confesiones de un chef, el libro de Anthony Bourdain publicado en 2000, que fue el primer documento popular capaz de mostrar la cocina profesional sin glamour, con sus rencillas, su caos y su adrenalina oscura. Bourdain contaba el Nueva York de los años setenta tal como era: la droga que corría por todos lados, las cocinas de Manhattan llenas de tipos que venían de ningún lado y que tenían, sin embargo, un dominio físico y técnico de su oficio que ningún diploma podía otorgar. Liporace, que estudió cocina en Europa en una época en que las cocinas de alta gama eran escuelas de humillación sistemática, considera a Bourdain “el número uno, el primero que rompe con el mito del cocinero”. Y encuentra en El Oso mucho de ese libro: sobre todo en la parte dura, en la representación de una profesión que exige y desgasta. La diferencia, matiza, es que la serie lo hace con un pie estético que Bourdain nunca tuvo ni buscó. El Oso hereda esa brutalidad pero la envuelve en una producción impecable: la mugre es fotogénica, el agotamiento tiene buena iluminación, los aprendices maltratados usan delantales que parecen de editorial de moda. Si hay un legado estético que la serie deja con claridad es haber redefinido qué es cool dentro de la gastronomía en pantalla. Antes del estreno de la primera temporada, el chef mediático tenía un perfil preciso: carismático, competitivo, patriarcal, con el uniforme inmaculado del reality show. Era Gordon Ramsay gritando con elegancia consciente de la cámara. Era el jurado de MasterChef que decidía destinos con condescendencia benevolente. Carmy Berzatto es otra cosa. Es un tipo roto, callado, con ojeras permanentes y una relación con la excelencia que roza la enfermedad. Su coolness no viene del carisma sino de la intensidad. Sus referentes en pantalla son los grandes chefs contemplativos: Thomas Keller, con quien tiene un memorable intercambio sobre cómo bridar un pollo; Daniel Boulud, que aparece en flashbacks como mentor severo y formativo; el propio Redzepi, que en la serie filosofa frente a un pizarrón sobre el vínculo entre el cocinero y la naturaleza. Ninguno de ellos es el chef de reality. Son artesanos obsesivos que viven para el oficio y pagan un precio por eso. Lo que la serie instaló como nuevo referente de cool culinario no es la soberbia del chef estrella sino la obsesión callada del artesano. Liporace señala que la serie muestra a Keller con mucha calma, explicando qué sentir con la comida, mientras que a Redzepi lo presenta más filosófico, casi abstracto. Y lo que Carmy toma de ambos no es la serenidad sino el caos: la parte oscura de esa intensidad, el costo personal de ser el mejor, el sándwich de carne de Chicago de su hermano muerto como peso que lo empuja y lo aplasta al mismo tiempo. El fenómeno tuvo consecuencias culturales medibles. Redzepi contó en esa misma entrevista con MovieWeb que jóvenes de veintidós años llegan al Noma, en Copenhague, no a comer, sino a pararse frente al edificio a buscar las locaciones donde se rodó la serie. “No les importa para nada que sea un restaurante”, dijo sobre uno de esos visitantes. “Solo quieren seguir los pasos de El Oso” La serie convirtió una cocina de alta gama en un sitio de peregrinaje pop. Pero El Oso no es solo una ficción sobre cocinar. Es una serie sobre la relación entre el trabajo y la identidad, entre la vocación y la autodestrucción. Y en eso es donde se pone más incómoda, y más honesta. Alto precioDesde la primera temporada, la serie no esquivó la carga psicológica del oficio. El suicidio de Mikey (Jon Bernthal, Punisher en el universo Marvel), el hermano mayor, es el motor narrativo original y también una declaración de intenciones: aquí vamos a hablar del precio que se paga por sostener ciertos mundos. Los personajes cargan traumas como llevan sus cuchillos: siempre encima, siempre listos para cortar. La serie tampoco escatima en el costado adictivo de la profesión: los personajes que abusan de sustancias no son la excepción dramática sino un reflejo de estadísticas reales sobre los índices de consumo problemático en la industria gastronómica. Liporace plantea una objeción similar, pero desde adentro del oficio. No le parece fiel que un chef sea, por definición, un tipo con la cabeza llena de conflictos que lo paralizan. Señala que la presión existe, nadie lo niega, pero que ese dramatismo pertenece a cualquier profesión exigente: le pasa al cocinero, al médico, al camionero. “Sos cocinero, elegiste esa profesión”, dice. “Si vas a estar todo el día con cara de angustia, con los ojos caídos, no estás preparado para esto.” El episodio en el que la madre de Carmy mete el auto adentro de la casa mientras todos están cenando le parece el límite de lo tolerable: ya es demasiado serie, cero realista. La crítica es justa y al mismo tiempo ilumina algo importante sobre el proyecto de Storer. El Oso no pretende ser un documental. Usa la cocina como lenguaje para hablar de algo más amplio: la herencia familiar, la culpa, el duelo, la clase social en los Estados Unidos contemporáneos. La cocina es el territorio donde todos esos temas se concentran y estallan porque es un espacio donde el error no se puede esconder, donde la jerarquía es explícita y donde el tiempo siempre se acaba. Que eso sea exagerado respecto de la realidad cotidiana de un restaurante profesional es, probablemente, cierto. Que sea dramáticamente verdadero es otra cosa. “La cocina es el territorio donde todos esos temas se concentran y estallan porque es un espacio donde el error no se puede esconder, donde la jerarquía es explícita y donde el tiempo siempre se acaba”.Hay una dimensión de El Oso que Liporace rescata sin reservas, y que es quizás la más subversiva de la serie: su representación despiadada de la economía de la alta cocina. “La alta cocina es lo menos rentable que existe”, afirma. “El restaurante está lleno y aún así no le cierran los números.” Lo que más le interesa de la serie no son los platos ni las técnicas, sino la