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Rehenes de un sistema deshumanizado
Uno de los sistemas de tortura más perversos del mundo moderno se perfecciona en los aeropuertos, al que las víctimas llegan después de haber pagado lo suyo y con el ánimo bien dispuesto por el comienzo de un viaje o el feliz regreso a casa. Como en los sueños, las señales de alarma llegan en los detalles, en inconvenientes menores que uno elige pasar por alto sin sospechar que son el preludio de una pesadilla. Días pasados, en el aeropuerto de Barcelona, el detalle llegó mientras despachábamos las valijas. Un supervisor se acercó y señaló el violín que, dentro de un estuche rígido, mi hija menor cargaba en la espalda. Debía ir en la bodega, dijo, porque ella ya tenía un equipaje de mano. En vano explicarle que desde hace años ella viaja con el violín encima. “Es el reglamento”, dijo, y extendió un papel que no alcancé a leer. Despachar el equipaje de mano costó 135 dólares, cuando un día antes habíamos pagado 75 por una valija más grande. “Es el sistema”, se disculpó una mujer del otro lado de la ventanilla. ¿Por qué las aerolíneas cobran así? Uno se siente estafado por ese sistema de precios caprichoso y desprovisto de lógica. Ya éramos rehenes, aunque no lo sabíamos. Asumimos esa condición cuando, después de una demora razonable, nos hicieron bajar del avión a punto de despegar por “problemas técnicos” de la nave. Todos de vuelta a la puerta de embarque. Unos 300 pasajeros esperamos allí una explicación que no llegaba. Apareció el mismo hombre que no había aceptado el violín. Había que esperar instrucciones, dijo. No era empleado de la aerolínea, deslindó, sino de la empresa en la que esta terceriza la gestión en tierra. Algunos exigieron que la aerolínea, que se jacta de su level, diera la cara e informara cuándo volaríamos. Mi mujer, para aplacar la bronca, le reprochó lo que habíamos pagado por ese último despacho, cuando al embarcar vimos cómo los carry on más grandes eran enviados sin costo a la bodega. “Es el reglamento”, respondió impertérrito el responsable no responsable.Nos informaron que viajaríamos esa tarde a las 14.40. Era la una de la mañana y había que pasar la noche. Remontamos el camino hacia el check in con equipajes de mano y mochilas. Una larga peregrinación al punto de partida, en la que tuvimos que pasar por Aduana y controles de seguridad en sentido contrario, ya que entrábamos de nuevo a España. Quien nos conducía perdió la brújula a mitad de camino. Dudó y nos hizo volver sobre nuestros pasos. Sin alternativa, lo seguimos. Me vi atrapado en un laberinto. Antes de abordar, amagan con una nueva cancelación. ¿Otro desperfecto técnico? Nadie informa nada, pero de pronto nos hacen subir al aviónEn el check in, el responsable no responsable se dispuso a conseguir hotel y transporte para los 300 pasajeros, entre los que había chicos y personas muy mayores. No había un equipo que atendiera la emergencia. Mucho menos, un responsable directo de la aerolínea. Pasó una hora, pasó otra, y los ánimos estaban cada vez más caldeados. Me acerco a la ventanilla y digo, de puro vicio: -Y para esto, ¿hay un reglamento? -Sí, hay -dice el hombre, y me extiende una hoja. “Derechos del pasajero”, leo. Parece un chiste, pero todos nos hacemos de una, porque allí están las instrucciones para reclamar a la aerolínea.Pasadas las tres de la mañana sale el primer contingente para el hotel. Al paso que vamos, decidimos pasar la noche en el aeropuerto. Atravesamos una vez más Seguridad y Aduana, y volvemos a la puerta de embarque. A las 8.30 se nos ocurre probar con el vip. Podemos entrar, y del desierto pasamos a un oasis irreal donde la gente se pasea con platos desbordantes que después no terminan. Mientras mi mujer y mi hija duermen en un sillón, yo, sin haber pegado un ojo, me dedico a observar a un señor mayor japonés que, en una mesa cercana, recoge papas fritas de paquete con una cuchara y se las lleva a la boca. Cada tanto, ceremoniosamente, le ofrece una a su esposa, que abre la suya para recibir la ofrenda. Las papas le duran toda la mañana. Me pregunto si alguna vez seré capaz de alcanzar una dignidad semejante.Por la tarde, antes de abordar, amagan con una nueva cancelación. ¿Otro desperfecto técnico? Ya vendrá alguien de la aerolínea a explicar. No llega nadie. Y nos hacen subir al avión. Es el mismo de ayer y hay temor entre el pasaje. Una simple explicación lo disiparía, pero los que gestionan el abordaje con cara de “yo no fui” no saben nada. Dejamos Barcelona a las cuatro de la tarde. Y volamos bien. Aunque en Ezeiza más de 60 pasajeros descubren que alguna de sus valijas ha quedado en España, nosotros entre ellos. Un policía del aeropuerto de Barcelona nos confió que situaciones como esta ocurren todos los días. La demora se puede disculpar. Lo imperdonable es el trato indigno por parte de empresas que se escudan en los algoritmos o en servicios tercerizados para no dar la cara y maltratar a la gente sin el menor remordimiento. Aun así, no nos arruinarán el viaje. En el vip, mientras mi mujer y mi hija dormían, yo me serví una copa de vino y me puse a leer Horas venecianas, de Henry James. Anduve de nuevo por las calles y los canales de esa ciudad imposible en la que el pasado duerme a la vuelta de una esquina olvidada de la periferia, vivo en el reflejo del agua o en la piedra de un palacio. El pasado, incluso el nuestro, es una casa llena de tesoros. Solo hay que amueblarla bien. Olvidar lo olvidable y quedarse con lo bueno.