General
El increíble viaje de un músico todoterreno
Es conocido como el baterista histórico de Charly García, aunque podría afirmarse que tocó con todos, de Gustavo Cerati a Joaquín Sabina y los Illya Kuryaki; en su nuevo libro, Viviendo el futuro, Fernando Samalea cuenta su propio cuento de hadas del rock
Durante meses, Carlos y Mafer, dueños de un pequeño café venezolano sobre la calle Avilés, en Villa Ortuzar, se preguntaron quién podía ser el tipo que se quedaba ahí escribiendo con su laptop durante horas. Llevaba un sombrero un poco tanguero y pedía siempre lo mismo: americano doble y un avocado. De vez en cuando se le acercaba alguien, reconociéndolo: “Sama, genio, ¿en qué andás?”. Y él siempre respondía con calidez, como quien saluda a un viejo amigo. Ese hombre es conocido por ser el baterista histórico de Charly García desde mediados de los ochenta a esta parte, además de haber tocado con todos o casi todos los rockeros del continente. Se llama Fernando Samalea y lo que escribió con tanta dedicación es un libro de más de 500 páginas que cuenta sus avatares en el mundo del rock, desde compartir un camarín con Catherine Deneuve en París, durante un concierto de Benjamin Biolay, hasta acompañar a Pity Álvarez en un show surrealista y caótico en un estadio tucumano. “Sama”, como le dicen todos, llega a su casa justo a la hora de la entrevista. Se lo ve feliz y tiene sus razones: manejó tres horas hasta Temperley con un amigo para buscar una batería que tiene un valor especial para él. “La dejé en parte de pago en una casa de música de San Martín, cuando tenía 15 años, y la volví a encontrar en venta en internet. Estoy seguro de que es la misma”, se ilusiona, orgulloso, y muestra algunas cicatrices en el bombo que jura recordar de su adolescencia. Subiendo un tramo de escalera de su casa en Villa Ortúzar, se llega al verdadero teatro de operaciones del músico: un último piso en donde guarda sus libros, una batería electrónica y el preciado bandoneón, con el que tocó en mil shows en Sudamérica, los Estados Unidos y Europa. Sama reparte sus noches entre esta casa y la de su pareja, la compositora Michelle Bliman, que vive en Caballito. De chico le gustaba dibujar caricaturas y tenía un espíritu que bailaba entre el mundo real y la fantasía. Soñaba con publicar una novela y le encantaba leer las aventuras de Julio Verne y Emilio Salgari con Sandokan. Nació en Caballito, pero pasó su infancia en Saavedra. Sus padres, cuenta, no eran artistas, pero estaban muy ligados al arte. “Incluso con sus limitaciones económicas, me mostraron el teatro, el cine, el Centro Cultural San Martín, Beckett… Comprábamos entradas con descuento y así logré tener el mundo del espectáculo más o menos al alcance”, recuerda. A los 13 años fue a su primer concierto (Crucis en el Luna Park) y quedó fascinado. Su trayectoria como músico es impresionante: como baterista realmente tocó con todos, desde Clap, Metrópoli, La Portuaria e Illya Kuryaki & The Valderramas hasta Gustavo Cerati, Andrés Calamaro, Calle 13, Benjamin Biolay (Francia) y Joaquín Sabina (la lista es inmensa). Y, por supuesto, se lo reconoce como “el batero de Charly”, con quien arrancó a los 20 años en una formación conocida como Las Ligas (Samalea, Christian Basso, Richard Coleman, Andrés Calamaro y el recientemente fallecido Daniel Melingo). Sama participó en discos clave de García, como Parte de la religión, Cómo conseguir chicas, Filosofía barata y zapatos de goma, La hija de la lágrima y el Unplugged, entre otros. Tras una etapa más intermitente, en los 2000, volvió a acompañarlo en su renacimiento más reciente con Random, La lógica del escorpión y en presentaciones esporádicas en los épicos cumpleaños del bigote bicolor. Por eso muchos lo consideran el baterista histórico: no estuvo solo en un disco o una gira; atravesó varias encarnaciones de Charly durante casi cuatro décadas. Soñar con ParísComo escritor, Samalea publicó cuatro volúmenes autobiográficos: Qué es un long play (2015), Mientras otros duermen (2017), Nunca es demasiado (2019) y el reciente Viviendo el futuro, así como el libro de fotografías y textos Memorias en cámara rápida 1990-2010 (2021). Obtuvo un Premio Gardel con su álbum instrumental Primicia y fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura de Buenos Aires en 2023. También se define como “motociclista de carreteras, bartender ad honorem, fotógrafo aficionado y amante del ocio creativo”. Pero si hay algo que siempre enamoró a Samalea fue la idea de viajar, de llevar una vida aventurera, como en los relatos de los libros que leía de Salgari y Verne. “Me intrigaba lo exótico y lo que estuviese más allá del mundo que conocía. Por supuesto, soñaba con conocer París, por los libros que había leído sobre los artistas de Montparnasse o las películas de la Nouvelle Vague, aunque sabía que en mi familia no teníamos muchas posibilidades económicas de viajar; entonces me inventé ese universo ensoñado y, al fin de cuentas, la música terminó llevándome por el mundo. A los 20, cuando empecé a ensayar con Charly, todo se abrió”, cuenta. —¿Qué edad tenías cuando conociste por primera vez el universo musical de Charly? —Tenía 13 años y fue cuando descubrí a La Máquina de Hacer Pájaros. En paralelo, ya desde los 11 o 12 años sentía una gran curiosidad por el rock inglés, sobre todo los discos más elaborados, que traían carátulas con dibujos de Roger Dean, por esa cosa más fantasiosa y mitológica del rock británico: Yes, King Crimson, Led Zeppelin o Emerson, Lake & Palmer. Pronto surgió la new wave: Talking Heads, The Police, Blondi, y luego Duran Duran, Tears for fears, Prince, Madonna, Culture Club y Thomas Dolby. Ahí sentí que debía plegarme al movimiento multicolor y futurista, en donde “el menos era más”. Me fanaticé con los discos solistas de Peter Gabriel y el halo tribal del baterista Jerry Marotta. —¿En qué estabas cuando volvió la democracia? —Estaba intentando con las primeras bandas. Por entonces conocí a Fabi Cantilo, que irradiaba su aura de estrella, aun siendo poco conocida. Tuvimos un grupo llamado Smoking, junto con Alejandro Lacasa. Después ella se sumó a la gira de Clics modernos y fue hermoso verla triunfar y ser protagonista en la atmósfera de Charly, con las puestas maravillosas de Renata Schussheim. Deslumbraban esos espectáculos musicales, tanto en las presentaciones de Yendo de la cama al living como en las de Clics modernos o Piano Bar, que tenían mucho del teatro de vanguardia, a la manera europea de Caviar y Jean-François Casanovas. —Fue una liberación total después de la dictadura… —Es que fue increíble pasar de esa sociedad controlada, de uniformes y patrulleros, a un estado de libertinaje total: aparecieron el Parakultural, Cemento, el poeta Fernando Noy, Batato Barea, las Gambas al Ajillo, la Organización Negra… prevaleció la fiesta postdemocracia que conocemos, digamos. Y todo se alineó: Charly grabó en Nueva York, se mostró a través de Polaroids con la cara pintada de blanco y una nariz de cono, produjo a Los Twist y encima triunfaron Los Abuelos de la Nada, con su espíritu festivo, así como Virus y tantos más. Nos plegamos a ese despelote sin precedentes con alegría, entre neones, luces estroboscópicas y videoclips. En mi caso, fue sumar cosas nuevas, porque me hice “moderno” sin dejar de escuchar lo de antes: el rock sinfónico, las orquestas de Benny Goodman y Glenn Miller, el minimalismo de Erik Satie, los conciertos de Chopin o Piazzolla, por qué no. “Nos plegamos a ese despelote sin precedentes con alegría, entre neones, luces estroboscópicas y videoclips. En mi caso, fue sumar cosas nuevas, porque me hice ‘moderno’ sin dejar de escuchar lo de antes”—¿Te acordás cuándo fue tu click con la batería? —Ya a mis seis años me fascinaban lo rítmico y el pulso de la vida: podía encontrarlo en el sonido del lavarropas de la casa de mi abuela, en las vías del tren que todavía tenían campanadas, y en todo lo mecánico. Si bien en mi familia no había músicos, las baterías comenzaron a llamarme mucho la atención. Escudriñaba en métricas raras de álbumes de Genesis, con Phil Collins, y también me encantaban Mahavishnu Orchestra y el baterista Bill Bruford. Percibía algo profundo en el ritmo, como de danza sioux. A los diez conocí a Jorge Orlando, un baterista de jazz que vivía enfrente de casa y él supo mostrarme los métodos y rudimentos. En paralelo, estudié un poco de piano, pero la batería siempre estaba ahí. A los doce, mis padres me llevaron a ver el Octeto Electrónico, de Astor Piazzolla, en el Teatro La Botonera de Mar del Plata, durante unas vacaciones veraniegas, y el baterista Zurdo Roizner -con su look espectacular de dandy, pipa incluida-, me regaló un palillo a la salida. Fue un antes y un después. “¡Esto es lo mío!”, supe. Un flaneur muy especial En el París de comienzos del siglo XIX, en el universo creativo de Charles Baudelaire, nació la idea del flaneur, que en español se podría traducir como el “paseante” o el que “pierde el tiempo placenteramente”, aquel que camina la ciudad sin rumbo fijo, que capta la belleza fugaz en su vagabundeo urbano. Samalea tiene mucho de flaneur, porque si no tiene aventuras (y tiene muchas), se las inventa en una baldosa. “Hoy le decía a mi amigo Gori, que me acompañó a Temperley a buscar la batería, que a mis trece o catorce me tomaba el tren a Lomas de Zamora o a cualquier otra estación suburbana, y me imaginaba estar caminando por Brooklyn o Harlem, dándole una connotación un poquito mitológica y jugando a ser ‘el poeta de la Generación Beat’. Simplemente disfrutaba de ese tiempo para observar lo que fuese, era como un investigador”, evoca. Iba siempre con su mochila, un cuaderno para escribir, uno o dos libros, la revista Pelo o la Rock Superstar. “El encanto del sin sentido” o “turismo suburbano”, le dice Samalea a aquellos paseos. Y se nota que todavía los disfruta mucho. —¿Escribir fue una forma de volver a ser aquel flaneur? —Escribir libros es una tarea psicológicamente sanadora para mí. Fue hermoso volver a vivirlo todo, como en una obra de teatro, regresar a los lugares, bucear en la memoria y recrear conversaciones, estéticas o detalles técnicos de grabaciones, viajes, conciertos, camarines o aventuras riesgosas, dignas de Simbad el marino. Puse mucha dedicación para