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De una simple huerta escolar a un reconocimiento mundial: cómo un colegio de Córdoba quedó entre los diez mejores del planeta
San Pedro Apóstol fue seleccionado entre los finalistas de los World’s Best School Prizes por un modelo que convierte a los estudiantes en protagonistas de proyectos de lo más variados
Una huerta pequeña ubicada frente al colegio fue el punto de partida. Con los años llegaron otras dos, un invernadero donde conviven peces con sistemas de acuaponia e hidroponia, y un gallinero ubicado estratégicamente junto al nivel inicial. Lo que comenzó como una iniciativa aislada terminó convirtiéndose en una propuesta que hoy atraviesa todas las áreas del Colegio San Pedro Apóstol, en Córdoba, y que acaba de ubicar a la institución entre las diez mejores escuelas del mundo en la categoría Acción Ambiental de los World’s Best School Prizes 2026.Para la comunidad educativa, la nominación llegó en un año especial. La institución, fundada en 1996, cumple tres décadas. Hoy tiene unos 650 estudiantes distribuidos entre el Nido Montessori —que recibe bebés desde los tres meses hasta los dos años— y los niveles inicial, primario y secundario, este último con orientación en Economía y Administración. “La sustentabilidad no surgió como un proyecto. Es parte de la cultura del colegio”, resume Valentina Cabuchi, responsable de Comunicación y Relaciones Institucionales, en diálogo con LA NACION.Según explica, la propuesta educativa busca articular la formación académica con el desarrollo humano y socioemocional. La autonomía de los estudiantes atraviesa toda la trayectoria escolar y comienza desde los primeros años de enseñanza, en los que la institución trabaja con los principios de María Montessori. Aunque la metodología Montessori no se replica de manera estricta en los demás niveles, algunos de sus ejes, como el protagonismo de los alumnos en el aprendizaje, sí permanecen. “Queremos que los chicos desarrollen pensamiento crítico, sean autónomos y que los docentes actúen como mediadores y facilitadores de esos procesos”, explica Cabuchi.Esa mirada también explica por qué la sustentabilidad no funciona como una asignatura independiente. En el San Pedro Apóstol, los proyectos de impacto ambiental atraviesan todas las áreas y se organizan bajo un modelo institucional denominado Awareness, Education and Action (Conciencia, Educación y Acción), alineado con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas. A partir de ese enfoque, los proyectos pueden surgir en cualquier materia y encontrar, dentro del propio campus, el espacio para desarrollarse.El gallinero está ubicado estratégicamente junto al nivel inicial. Allí, durante los talleres de la tarde, los más chicos conocen el ciclo de vida de las gallinas, participan de su cuidado y trabajan contenidos vinculados a la biología y la naturaleza. El invernadero, en tanto, permanece abierto para actividades de todos los niveles y se integra a distintos proyectos que van surgiendo a lo largo del ciclo lectivo. “No es que haya un momento específico para trabajar la sustentabilidad. Forma parte de la vida del colegio”, resume Cabuchi.Esa forma de trabajar también explica por qué los proyectos no suelen surgir de una planificación cerrada, sino de situaciones que aparecen en la vida cotidiana del colegio. El ejemplo que terminó convirtiéndose en la carta de presentación de la institución fue el desarrollo de biofiltros para reutilizar el agua desperdiciada en los bebederos escolares.La idea nació cuando un grupo de estudiantes advirtió que, aun después de cerrar la canilla, seguía corriendo agua durante algunos segundos. La observación derivó en una pregunta y, después, en un proyecto. Los alumnos investigaron posibles soluciones, trabajaron junto a docentes de distintas áreas y al responsable de infraestructura del colegio hasta desarrollar un prototipo construido con materiales reciclados. “No fue un trabajo de una sola materia. Los chicos detectaron un problema, investigaron y fueron encontrando una solución entre distintas asignaturas”, explica Cabuchi.Los biofiltros permiten reutilizar el agua para alimentar estanques donde conviven peces y fauna nativa. El proyecto, además, trascendió los límites de la escuela. Según cuenta Cabuchi, los estudiantes que participaron obtuvieron becas universitarias completas y, tiempo después, una universidad se puso en contacto con la institución para conocer el desarrollo y evaluar la posibilidad de replicarlo en su propio campus.“Lo que buscamos es que los chicos dejen de ser espectadores de los problemas ambientales y descubran que pueden diseñar soluciones reales. Cuando eso ocurre, también se convierten en multiplicadores de esas prácticas en sus familias y en su entorno”, sostiene.Creación de esponjas vegetalesLa misma dinámica se repite en otros proyectos. Uno de ellos reunió contenidos de Biología e Inglés a partir del cultivo de lufas, una planta trepadora que, además de regular naturalmente la temperatura del invernadero, luego se transforma en esponjas vegetales reutilizables. Algunas se utilizan en el comedor escolar y otras llegan a las casas de los propios estudiantes. “Muchas veces un proyecto empieza en una materia y termina involucrando a otras. El colegio está preparado para que esas ideas crezcan porque cada espacio fue pensado como un laboratorio vivo”, resume. Fue precisamente esa manera de trabajar la que la institución decidió presentar este año ante T4 Education, la organización que impulsa los World’s Best School Prizes. No era la primera vez que lo intentaban. La representante legal del colegio seguía desde hacía años esos premios y ya se había postulado en dos oportunidades, aunque en otras categorías. Esta vez eligieron Acción Ambiental.La presentación comenzó en febrero con un formulario en el que debían demostrar que la sustentabilidad no respondía a una iniciativa aislada, sino que formaba parte de la cultura institucional. Semanas después llegaron las entrevistas para profundizar el proyecto y, hacia fines de mayo, la noticia que no podían compartir.“Nos avisaron que habíamos quedado entre los diez finalistas y nos pidieron mantener absoluta confidencialidad hasta el anuncio oficial. Fue una ansiedad enorme porque no podíamos contárselo a nadie”, recuerda Cabuchi.El 25 de junio, cuando terminó el embargo de información, el colegio reunió a estudiantes, docentes y familias para comunicar la noticia. Antes de revelar que habían sido seleccionados entre las diez mejores escuelas del mundo en Acción Ambiental, explicaron cómo funcionaban los premios y repasaron junto a la comunidad muchas de las iniciativas que forman parte de la vida cotidiana del colegio. “Les decíamos: ¿Se acuerdan de los paneles solares? ¿De la huerta? ¿Del invernadero?. Queríamos que entendieran que ellos también eran parte de ese reconocimiento”, cuenta.La reacción, asegura, fue inmediata. “Hubo mucha emoción y después empezaron a llegar mensajes de familias que nos decían que estaban orgullosas de que ese fuera el colegio de sus hijos. Fue un reconocimiento muy lindo, pero también una enorme responsabilidad”.Ser la primera institución cordobesa en alcanzar esa instancia, agrega, también implica una oportunidad para que otras escuelas conozcan experiencias que puedan adaptar a sus propios contextos. “Ojalá esto inspire a otros. La sustentabilidad es un tema que atraviesa a toda la sociedad y nosotros creemos que la escuela también tiene que ser parte de esa conversación”.Los resultados acompañan ese recorrido. Según informó la institución, el 100% de los estudiantes participa de actividades de reforestación y la planta solar del colegio genera el 71,98% de la energía que consume el establecimiento. Desde junio de 2025 ha producido 101.833 kWh de energía limpia y ha evitado la emisión de 101.500 kilogramos de dióxido de carbono, una cifra equivalente a la plantación de 5601 árboles. A eso se suma una reducción del 90% en el uso de plásticos descartables en el comedor principal y del 70% en el kiosco escolar. Los sistemas de hidroponia y acuaponia, además, permiten disminuir un 90% el consumo de agua respecto de la agricultura tradicional.Pero detrás de esos indicadores hay una forma de trabajar que, según Cabuchi, se fue construyendo durante años. La sustentabilidad no aparece como una asignatura independiente ni como un proyecto puntual, sino como un eje que atraviesa la vida cotidiana del colegio y que busca que los estudiantes participen activamente en la búsqueda de soluciones para problemas concretos.“Cuando los chicos detectan una situación, investigan, prueban alternativas y desarrollan una propuesta, entienden que pueden generar un cambio real. Ahí el aprendizaje deja de quedar solamente en el aula”, señala.