¿La mayor impostora? Por 40 años sostuvo ser Anastasia Romanov, hija del último zar de Rusia, pero murió rodeada de basura

La madrugada del 17 de julio de 1918, Nicolás II bajó las escaleras con su hijo Alexei en brazos. El heredero del imperio ruso padecía hemofilia y estaba demasiado débil para caminar. Detrás descendieron Alejandra, su esposa, y sus cuatro hijas: Olga, Tatiana, María y Anastasia. La custodia les había dicho que debían prepararse para un traslado urgente. Afuera, según les explicaron, la ciudad estaba inquieta y, por seguridad, tenían que esperar en el sótano de la Casa Ipatiev. La familia que había gobernado Rusia durante más de tres siglos ya no tenía trono, palacio, ni ejército. Nicolás II había dejado de ser zar un año antes. En marzo de 1917, en medio de protestas, hambre, derrotas militares y una capital fuera de control, fue presionado para abdicar. Ahora vivía prisionero junto a los suyos en el primer piso de una casa en Ekaterimburgo. Los guardias estaban abajo. Las ventanas habían sido cubiertas y el edificio, rodeado por una cerca alta, funcionaba como una cárcel.Esa noche, los Romanov bajaron al sótano con algunas valijas, ropa y joyas cosidas en los vestidos de las mujeres, como si esas piedras preciosas todavía pudieran comprarles una salida. Una vez allí, los ubicaron contra la pared. Yakov Yurovsky, el encargado de la custodia, leyó en voz alta la orden del Comité Ejecutivo de los Urales: Nicolás Romanov y su familia debían morir.El último zar apenas alcanzó a girarse, como si no hubiera entendido, cuando empezaron los disparos. Asesinaron a Nicolás II, Alejandra, Alexei, Olga, Tatiana, María y Anastasia. También murieron los cuatro servidores que habían permanecido con ellos hasta el final: el médico Yevgeny Botkin, la doncella Anna Demidova, el cocinero Ivan Kharitonov y el ayuda de cámara Alexei Trupp. Durante un tiempo, esa fue la única versión. Nadie había sobrevivido. Los cuerpos fueron sacados de la casa, ocultados y enterrados, sin ceremonia. Sin cuerpos ni una tumba pública, el rumor encontró espacio para crecer: ¿habían muerto todos?La mujer desconocidaLa duda se volvió más fuerte dos años después y a más de dos mil kilómetros de Ekaterimburgo. El 27 de febrero de 1920, en Berlín, un policía rescató a una joven que se había arrojado desde un puente al Landwehrkanal, un canal que atravesaba la ciudad. La llevaron al Hospital Elisabeth, en Lützowstrasse. La mujer no llevaba documentos. No quiso decir su nombre y tampoco explicó de dónde venía.En los registros quedó como una desconocida. Luego de las curaciones, fue trasladada a Dalldorf, una institución psiquiátrica en las afueras de Berlín, donde permaneció internada sin que nadie la reclamara. Allí recibió un nombre provisorio: “señorita desconocida”. Tenía cicatrices en el cuerpo, hablaba alemán con un acento que algunos médicos describieron como ruso.En la institución, una mujer creyó reconocer en ella a una de las hijas de Nicolás II. Le mostraron un diario con una foto de la familia imperial. “Sé quién eres”, le habrían dicho. “Callate”, respondió la desconocida en perfecto alemán. Un rumor empezó a crecer. Si la joven no sabía quién era, otros podían imaginarlo por ella. Así empezó a circular la versión de que la desconocida rescatada del canal no era una paciente sin pasado, sino Anastasia Romanov, la hija menor del último zar, la adolescente de 17 años que el mundo creía muerta desde la masacre de la Casa Ipatiev. La sospecha no tardó en salir de la institución y la “señorita desconocida” empezó a recibir visitas. Algunos iban movidos por la curiosidad; otros, por la esperanza; y otros, por el temor de que aquella mujer pudiera alterar herencias y títulos.Desde el principio, los testimonios fueron contradictorios. Para algunos antiguos allegados de la familia imperial, la joven tenía gestos, rasgos y conocimientos que resultaban difíciles de explicar. Decían que recordaba nombres, episodios familiares, detalles de palacios y personas que habían rodeado a los Romanov. También llamaba la atención su parecido físico con las grandes duquesas y algunas marcas en el cuerpo, como deformaciones en los pies (juanetes), que sus defensores comparaban con rasgos atribuidos a Anastasia.Otros la rechazaron desde el primer momento. Decían que no podía ser Anastasia porque no hablaba ruso, o al menos se negaba a hacerlo. La verdadera hija del zar había crecido hablando el ruso y la mujer solo respondía en alemán y parecía esquivar todo lo que la acercara a Rusia. Para sus defensores, era una reacción al trauma, mientras que para varios Romanov era una prueba de la impostura. La gran duquesa Olga Aleksándrovna, hermana menor de Nicolás II y tía de Anastasia, viajó en 1925 a Berlín para verla y fue tajante: “Apenas me senté junto a esa cama en el sanatorio Mommsen, supe que estaba mirando a una extraña. Me fui de Berlín con toda esperanza apagada”, diría después, según sus biógrafos.Tres años más tarde, el rechazo familiar se volvió público. En octubre de 1928, después de la muerte de María Fiódorovna, madre de Nicolás II, los doce parientes vivos más cercanos del último zar, reunidos en Copenhague, firmaron una declaración denunciando que la historia no era más que “un cuento de hadas”. Dejar que esa versión siguiera creciendo, advertían, era manchar la memoria de los Romanov asesinados.El caso tomó una nueva dimensión cuando Gleb Botkin, el hijo del médico asesinado junto a los Romanov, aseguró que la joven era la hija perdida del zar. A la par, ella empezó a construir su propia versión. Según su relato, no todos habían muerto en el sótano de la Casa Ipatiev. Después de los disparos, un soldado de apellido Tschaikovsky la habría encontrado con vida entre los cuerpos de su familia y la habría rescatado a escondidas y ayudado a huir. También decía que se habían enamorado y que, tras la muerte de ese hombre, su vida se había hundido hasta terminar en Berlín, frente a las aguas heladas del canal.La aparición de la supuesta Anastasia dividió a los círculos imperiales. Si aquella mujer era realmente la hija menor del zar, podía reclamar un lugar en la familia imperial, derechos dinásticos y una eventual parte de los bienes atribuidos a los Romanov.Antes de ser Anna AndersonAl comienzo, en los registros de los hospitales se la registró como “señorita desconocida”. Luego, cuando empezó a usar el apellido del supuesto soldado que, según su relato, la había salvado de la matanza, fue Tschaikovsky. Pero el nombre por el que pasaría a la historia apareció después, cuando viajó a Estados Unidos, durante su estadía en Nueva York.A fines de los años veinte, su historia ya había cruzado el Atlántico y en los Estados Unidos vivían exiliados rusos, simpatizantes de la causa Romanov, y personas dispuestas a escuchar a la mujer que decía ser la hija menor del último zar. También empezaban a moverse posibles reclamos sobre la identidad, los derechos y la supuesta fortuna imperial. En ese contexto, en 1928, viajó a Nueva York. Durante esa estadía fue registrada como Anna Anderson, un alias que terminó acompañándola hasta el final de sus días.La pelea por su nombre llegó después a la Justicia. En 1938, sus abogados iniciaron en Alemania una demanda para que fuera reconocida como la gran duquesa Anastasia Nikolaevna y pudiera reclamar derechos vinculados a la familia imperial. Del otro lado estaban parientes reconocidos de los Romanov, que sostenían que aquella mujer no era Anastasia sino Franziska Schanzkowska, una obrera polaca con antecedentes de problemas de salud mental que había desaparecido en Berlín.El proceso se volvió interminable. La Segunda Guerra Mundial, las apelaciones, los peritajes y los testimonios enfrentados hicieron que el caso se extendiera durante décadas y fuera citado como uno de los juicios más largos de la historia alemana. Durante años, el caso avanzó a fuerza de fotos ampliadas, recuerdos contradictorios, pericias caligráficas y físicas.El caso también creció por el interés público. Para la prensa, la historia de una princesa perdida era mucho más atractiva que la de una posible impostora. Günter von Berenberg-Gossler, abogado de los opositores de Anderson, dijo que “la prensa siempre estuvo más interesada en contar su versión que la perspectiva menos glamorosa de la parte contraria”.Recién en 1970, el Tribunal Federal de Justicia de Alemania Occidental rechazó su apelación. La sentencia no dijo que Anna Anderson fuera Franziska Schanzkowska, pero sí concluyó que no había logrado probar que era Anastasia Romanov. Para la ley, no era la hija del zar. Pero para el público, la duda todavía era demasiado fuerte como para desaparecer.Una princesa sin palacioDespués de décadas de idas y vueltas entre Alemania y Estados Unidos, Anna Anderson volvió a instalarse en Virginia en 1968. Tenía una visa de visitante por seis meses y su situación migratoria era frágil. Entonces, antes de que su visa venciera, apareció John Eacott “Jack” Manahan, un profesor de historia, genealogista y millonario de Charlottesville, fascinado por la realeza y por el misterio Romanov. Y se casó con ella.Se casaron el 23 de diciembre de 1968 en Charlottesville. Él tenía 49 años y ella, 67. Gleb Botkin, uno de sus defensores más fieles, fue el testigo. Manahan también entró en el juego del mito y solía presentarse como el “yerno del zar”.La pareja se volvió conocida en Charlottesville por su excentricidad. Vivían en una casa de University Circle y también tenían una granja cerca de Scottsville. Aunque Manahan tenía dinero, la vida de ambos estuvo lejos de cualquier ideal de nobleza. Dormían en habitaciones separadas, acumulaban objetos, convivían con muchos perros y gatos y la casa empezó a llenarse de basura. La supuesta hija del último zar terminó sus años en una vivienda deteriorada, entre animales y desorden.Algunos relatos sobre sus años en Charlottesville y las condiciones en la que vivía el matrimonio, le atribuyen a Manahan una respuesta brutal: “Ya sabés cómo son los rusos, solo son felices cuando son miserables”. La frase, cierta o no, resume los últimos años de la
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