Nocturnos

La noche es, desde la mitología con todas sus historias y personajes hasta el ámbito cotidiano, una zona misteriosa. La del descanso y los sueños, la del jolgorio y los excesos, la oscuridad y los peligros, ambigua como un tal vez. Silenciosamente plácida y cálida como un abrazo o filosa, amenazante y fría como un cuchillo. Está en mi cronotipo, sin caer en la selenofilia –existen fanáticos para todo, pero lo mío no son los astros–, y no puedo renegar de los genes. Pero el domingo, la luna llena sobre la Plaza de Mayo se dejaba ver bien contorneada frente al Cabildo, aunque era todavía de día; descubrirla cuando aún el cielo está claro tiene un dejo de desconcierto, una sensación de incredulidad que durante un lapso infinitesimal te deja con esa ingenuidad casi infantil frente al fenómeno (“¿Es la luna? ¡Sí, es la luna… de día!”). La luna estaba ahí, afuera, grande, solitaria, y minutos más tarde multiplicada por tres, en distintas fases, aparecía también pintada sobre un lienzo colgado dentro de una sala oscura, justo a la vuelta de la misma plaza. Nocturnos se presentaba en Arthaus como una performance alrededor de un cuadro de Guillermo Kuitca exhibido en público ahora por primera vez en el país y sin embargo tan familiar –su serie de esos años lo es–. La activación de esta obra, Tres noches (1986), dentro de un auditorio vestido de negro de las paredes al suelo, corría por cuenta de la coreógrafa Diana Szeinblum. ¿Cómo se baila una pintura? Así. En fases también. De menguante a creciente. Como en apariciones. Cuando la luz manda. La atmósfera daba para la ensoñación y la somnolencia, que son cosas distintas; bajar la frecuencia, alternar atención con duermevela, contemplación con viaje. Y el timón no parecía estar exactamente en las manos de Nicolás Bacal sobre el piano sino en la antena electrónica de Ismael Pinkler, ubicado en el centro del espacio, entre los almohadones sobre los que el público reposaba.Los Nocturnos de Pinkler –como los más célebres del siglo XIX o los de comienzos del XX– tienen un poder anterior al encanto particular que uno pueda encontrarles. No importa que sean del siglo XXI: lo que a todas estas piezas instrumentales las define es su capacidad de evocar la noche que, en definitiva, es lo que les da nombre. El crítico francés Émile Vuillermoz (1878-1960), autor de una Historia de la música, supo explicar con poética precisión de qué se trata. “El nocturno –apuntaba– no es una forma musical definida. Es un estado de ánimo psicológico, un estado mental. El nocturno es la realización más completa del hombre en paz con la magia de los elementos”. Un estado, sino ideal, muy fecundo, entre otras cosas, para escribir. Con el tiempo fui advirtiendo esta coincidencia: varios cargamos los auriculares con Chopin, Satie (las gnossiennes van muy bien también para esto) o Fauré, todos ellos autores de nocturnos, sin saber exactamente por qué esa alquimia nos saca y separa de la vorágine del día. Algunas de esas composiciones son, por otra parte, muy populares, pasaron de la cajita musical al ringtone, y salieron airosas, sin lesionar su intimidad, su melancolía.Pero de vuelta a aquel momento, Bacal –artista visual que toca el piano– y Szeinblum –coreógrafa que baila un cuadro–, guiados ambos por las composiciones de Pinkler –que cruzó para esto sus nocturnos con los temas de Auditorio, nacidos de “las pruebas e intuiciones de un músico electrónico que traslada sus procedimientos, su escucha y su lógica compositiva de la computadora al piano”–, se encuentran los tres frente a esa escena que parece no haber terminado para los otros tres, que están dentro del óleo. Lo miran, dialogan, reaccionan. No hay una médium en la sala, pero una influencia flota en el aire, aparece corpórea en algún elemento, una silla. ¿Alguien invocó a Pina? La noche, que para el reloj todavía no es tal, les pertenece. Es de todos allí dentro.
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